Cuando el año se detiene
Cada diciembre nos ofrece un momento de pausa para reflexionar sobre nuestras decisiones y aprendizajes del año que se va. Esta introspección no solo nos ayuda a evaluar el pasado, sino que también nos permite definir el rumbo para el futuro que queremos construir.

Isabelle Chaquiriand Decana de la Facultad de Ciencias Empresariales de la UCU y CEO de Atma

Hay un momento de silencio, casi ritual, en cada diciembre. Es ese instante en el que el calendario se acaba y bajamos la velocidad. Cerramos la computadora y —por un breve instante— surge la posibilidad de una pausa. No es solo administrativa, es existencial. Un año se va. Otro comienza. Es un cruce invisible entre pasado y futuro. 

Los resultados de un año pueden ser favorables o complejos, pero las decisiones que tomamos en su transcurso —a quién escuchamos, qué límites cruzamos, qué batallas elegimos dar, en qué sueños perseveramos— dicen mucho más sobre el rumbo que construimos. 

El fin de año no es solo una evaluación, es la oportunidad de juntar los puntos para ver la coherencia de nuestra narrativa y cada decisión es un capítulo. Nos damos cuenta de que, al final, se trata de decidir mejor, no más rápido. Todos los años están llenos de decisiones, más o menos relevantes, con sus aciertos y desaciertos. No podemos volver atrás, pero sí podemos elegir hacia dónde seguir. Y cuando llegás a determinada etapa de la vida, valorás cada vez más estos momentos de pausa para reflexionar. 

No se trata de castigarnos por de cisiones que quizás hubiéramos tomado de otra manera, sino de aprender. Porque lo más poderoso está hacia ade lante y no atrás. Pero tampoco se trata de barrer debajo de la alfombra y seguir. 

En ese ejercicio de reflexión radica la diferencia entre conocimiento y sabiduría. Porque en es tas pausas es que tenemos la posibilidad de transformar la experiencia en aprendizaje y, con el tiempo, convertir ese aprendizaje en sabiduría. Satya Nadella dijo alguna vez que las organizaciones deben elegir entre “saberlo todo” o “aprenderlo todo”. 

Lo mismo pasa con las personas. Por eso la importancia de preguntarnos ¿qué aprendimos realmente?, ¿qué nos animamos a ver? 

Cuestionarnos, no con dureza, sino con dignidad. Mirar hacia atrás no para castigarnos, sino para comprendernos. Porque el balance más transformador no es el financiero, es el emocional y estratégico. El liderazgo inspirador comienza ahí, en un acto íntimo de honestidad. En estas pausas es que tenemos la oportunidad de preguntarnos “y ahora ¿cómo quiero que siga esta historia?”. 

Mirar para adelante y ver caminos posibles, ramas que todavía no descartamos. Opciones que se nos pre sentaron o que aún tenemos la posibilidad de crear. A veces el camino no está claro desde el principio, a veces aparece sobre la marcha. Otras surgen imprevistos. Pero la grandeza está en la capacidad de mantener la mirada firme, incluso cuando todo alrededor parece moverse demasiado rápido. 

Como en las películas, nadie va al cine cuando sabe exactamente qué es lo que va a pasar. Incluso cuando vimos Titanic, sabíamos el final, pero lo que realmente importaba no era tanto el desenlace (sabemos, al fin y al cabo, que todos nos vamos a morir algún día), sino cómo se desarrollaba la historia. Porque, en la vida como en el cine, no siempre hay certezas ni una hoja de ruta clara. 

Lo fundamental es tener buenos faros. Así como una empresa sin propósito carece de horizonte, las personas también. ¿Qué expresión de nosotros quedó reflejada en lo que hicimos este año? ¿Y qué nos alejó de nuestra mejor versión? 

La sabiduría es aprender a estar cómodos en esa ambigüedad, porque allí radica la oportunidad de escribir el guion de nuestra propia película. Un año nunca es definitivo, ni en la victoria ni en el tropiezo. Lo relevante no es la foto del momento, sino la historia que construimos a lo largo del tiempo. 

La visión no es predecir el futuro, es decidir desde qué lugar encaramos el recorrido. Porque la verdadera tarea de estas pausas no es cerrar un año, es abrir un horizonte. Y cuando miremos hacia atrás, seguramente veamos un camino que no fue perfecto. Pero lo importante, es que sea uno que haya valido la pena recorrer.

*Este artículo fue publicado originalmente en la edición impresa de Forbes Uruguay de Diciembre de 2025. Para suscribirte y recibirla bimestralmente en tu casa, clic acá.