Sabrina Bianchi Secretaria docente de la Escuela de Postgrados y Actualización en Comunicación y Diseño de Universidad ORT Uruguay
Desde niña me sentí poco seducida por las ciencias exactas. Si 2 + 2 es 4 y siempre lo será, ¿cuál era la gracia?, ¿qué transformación podía imaginar?, ¿qué aportaba yo?
Quizás por eso estudié Comunicación, en contra de mis padres. Buscaba incidir en esa interacción humana que provoca pensamiento y emoción, capaz de impulsar una evolución social trascendental. La vida me llevó luego a la educación, una forma de comunicación que siempre es con muchos “otros” y cuyos resultados escalan hacia el futuro.
A los pocos años noté que el sistema educativo me había secuestrado. Potenció mi aversión a los números, los renglones y las normas. Y cuando los necesité —porque no importa lo que estudies, siempre usarás Excel—, el rescate fue caro, aunque no imposible.
Todas las disciplinas tienen sus 2 + 2 necesarios de aprender para luego cuestionar y hackear allí donde aparecen las fisuras.
Durante mucho tiempo creímos que educar era ordenar: poner saberes en casilleros y personas en su carril. Aprender era avanzar prolijamente, sin demasiado desvío. Funcionó mientras el mundo era más lento y las respuestas y las carreras duraban décadas.
La práctica trajo cuestionamientos y teorías: del conductismo al constructivismo y, en el fondo, al debate sobre las estructuras de poder. Pero algo se quebró definitivamente cuando la inteligencia artificial generativa empezó a responder antes de que termináramos de preguntar.
Nació una tensión nueva; no tecnológica, sino filosófica. Si las máquinas pueden producir arte, diagnósticos y soluciones en segundos ¿qué forma tiene el aprendizaje del futuro? Las primeras respuestas fueron defensivas: prohibir, regular. Pero la más profunda fue otra: volver a la creatividad como núcleo de la educación. No como adorno, sino como acto de rebeldía.
Crear hoy es resistencia.
La creatividad no es solo inventar cosas nuevas. Es pensar cuando no hay camino ni datos, conectar lo irreconciliable, como ocurrió cuando una pandemia inesperada nos obligó a reimaginarnos humana y profesionalmente. Es desobedecer lo automático. Por eso, educar creativamente es un gesto político en el mejor sentido, una defensa activa de la condición humana del pensamiento.
La IA es extraordinaria produciendo posibilidades, pero no siente el peso de decidir cuáles importan. No duda ni se contradice por ética, emoción o empatía. Allí aparece el lugar irrenunciable de la educación humana: aprender a habitar la complejidad, no a eliminarla.
La creatividad no es un talento mágico ni un privilegio de pocos; es una capacidad entrenable, como leer, argumentar o decidir. Implica ejercitar la curiosidad, conectar saberes y animarse a producir nuevos sentidos.
La neurociencia confirma, además, que es salud: el cerebro se transforma cuando enfrenta desafíos nuevos, lenguajes distintos y problemas abiertos. Cuando la educación habilita el error y el cruce de miradas, la creatividad deja de ser individual para volverse colectiva.
Una educación centrada en la creatividad no busca estudiantes más rápidos, sino más conscientes. No persigue respuestas perfectas, sino preguntas relevantes. No forma individuos eficientes, sino capaces de convivir sin certezas y sin delegar su criterio, incluso para decidir en qué usarán el tiempo que la IA les libera, con impacto en sus vidas y en las de otros.
Las consecuencias son profundas. La primera es emocional: cuando aprender deja de ser solo conocer y pasa a ser inventar, algo se reenciende. El deseo; ese “zas, zas” del Chavo que nos atraviesa cuando somos protagonistas. En un mundo de infinitas versiones generadas por IA, la emoción se vuelve la marca de lo irrepetible.
La segunda es democrática. La creatividad no pertenece a una élite iluminada, es una capacidad distribuida y situada. Cuando la educación la pone en el centro, amplía voces y fortalece el criterio ciudadano. Educar para obedecer sistemas —aunque sean inteligentes— empobrece la vida pública; educar para crear sentido la fortalece.
Hoy aprender creativamente es un acto de rebeldía tranquila. No grita, pero insiste. No destruye, pero rediseña. La educación que viene será incómoda, más humana e híbrida, de números y de letras. Y más justa, porque entenderá que pensar distinto no es un problema a corregir, sino un valor a cuidar.
Por eso, cuando diseñamos postgrados que impulsen transformaciones trascendentes en los profesionales en la era de la IA, decidimos innovar, además de invitarlos a todos: ordenados y caóticos, de ciencia y de arte, siempre dispuestos al desafío y al riesgo. Aprender —y especialmente desaprender— a veces duele, pero transforma.
En la era de la IA, educar creativamente no es una opción pedagógica: es una postura filosófica. Y, quizás, una de las formas más lúcidas de rebelión que nos quedan.