Qué ver: El documental de la IA, buscando respuestas en plena carrera
El ganador del Oscar Daniel Roher explora uno de los grandes temas de este tiempo en un documental que lleva como subtítulo "Cómo me convertí en un apocaliptimista". Desde Harari hasta Sam Altman, una gran cantidad de figuras dan testimonio y opiniones sobre un tema que genera tanta incertidumbre como deslumbramiento mesiánico.

A los pocos minutos de empezar, la voz en off nos cuenta que "Daniel solo quería una bicicleta para su mente, pero se encontró con que había un cohete en pleno viaje". Se refiere al uso de la tecnología que pretende el director Daniel Roher, quien se muestra terriblemente confundido y preocupado por la irrupción pública de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana y decide hacer un documental al respecto. Está por tener su primer hijo y quiere saber a qué mundo llegará y si habrá una humanidad entre la que crecer. 

El realizador de "El Doctor de la IA: o cómo me convertí en un optimista" se apoya sobre su propia figura e incertidumbres y con eso va construyendo su historia. Algún espectador desprevenido podría preguntarse qué importa que a este director le preocupe el tema, si lo interesante es la IA. Es que Roher, canadiense de nacimiento, no es un documentalista cualquiera, sino un realizador cuidadoso de su ética y sus convicciones profesionales, que ganó un Oscar por Navalny (HBO), película que indagaba en la figura del fallecido opositor ruso Alexander Navalny. 

En la línea de lo que hizo Morgan Spurlock en Super Size Me, aquí el realizador importa como hilo conductor del tema de su película. Se expone menos que Spurlock, ya que emplea las técnicas de entrevistas del veterano Errol Morris (The pigeon tunnel, Las nieblas de la guerra, Los crímenes de Charles Manson, etcétera) que le permiten un diálogo directo y bastante íntimo con sus invitados. 

La primera pregunta que formula en la pieza, que puede verse en Netflix, es qué es la inteligencia artificial. Así empiezan a desfilar los invitados, con respuestas muy variadas. Deborah Raji, investigadora en la Universidad  de Berkeley, asegura que no hay una respuesta. Jason Matheny, presidente de Rand, empresa que estudia riesgos y posibilidades de la IA, la define como una aplicación de la ciencia computacional para resolver problemas cognitivos. Ajeya Cotra, quien trabaja como consejera de riesgos relacionados con esta tecnología, afirma que es un término genérico e intencionado que en realidad no representa nada específico.

Por vaga que parezca esta última respuesta, tiene sus aciertos debido a la cantidad de implicancias y ramificaciones del tema. Lo que Roher sigue indagando acerca de los distintos aspectos y de la mano de otros entrevistados refiere a un proceso muy vasto y complejo que no es tan fácilmente definible como un agente de IA o un modelo de lenguaje. Por ejemplo, la misma Ajeya Cotra explica cómo los sistemas tipo ChatGPT en realidad no están programados por humanos, mientras que Dan Hendrycks, director ejecutivo del Centro para la Seguridad de IA, la describe como algo que se cría. 

El Doctor de la IA: o cómo me convertí en un optimista. Foto: Difusión. - Foto: Difusión.

Por su parte, para desmitificar y quitarle misterio, Sanmi Koyejo, profesor de ciencias computacionales en Stanford, dice que bajo la superficie la inteligencia artificial lo que hay son matemáticas, nada más.

Hay numerosos temas  que son conocidos y han sido largamente debatidos, como los peligros desde el punto de vista de la salud mental o el consumo de energía de los centros de datos. Dado el título, El documental de la IA, es lógico que repase esas cuestiones y que también indague en la historia (en ese sentido, es un acierto la inclusión de un testimonio del escritor y futurólogo Arthur C. Clarke). 

Todo parece muy amenazante y sombrío. Abundan ejemplos sobre eso, como el de un experimento de Anthropic realizado en una simulación de ambiente laboral en el que uno de sus agentes reaccionó a la posibilidad de ser desactivado y se defendió espontáneamente con un intento de chantaje. 

De las figuras agoreras que aparecen en la película, la más respetada es la de Yuval Noah Harari. Desde su punto de vista, el mayor peligro de la IA radica en creer que es infalible, ya que ella se equivocará inevitablemente, y agrega que creará un mundo muchísimo más complejo que el actual.

Del otro lado están los puntos de vista integrados (o sea, los opuestos a los apocalípticos, como decía Umberto Eco). Así, un entrevistado le responde con toda seguridad al director que su hijo llegará a un mundo en el que no precisará preocuparse por trabajar y podrá dedicarse por completo a hacer poesía, si es lo que quiere. 

Del mismo modo, otros testimonios remiten a ideas milagrosas, casi religiosas. Desde el lado de los defensores acérrimos, los maravillados ante esta tecnología (y acá no contamos a los CEOs de empresas grandes) la IA parece algo casi religioso, como un dios que está llegando para salvar a la humanidad. 

El Doctor de la IA: o cómo me convertí en un optimista. Foto: Difusión. - Foto: Difusión.

Si cabe tomar con pinzas a los apocalípticos ("Es el último error que cometerá la humanidad", dice uno de ellos), mucho más corresponde desconfiar de los maravillados por la tecnología. En una carrera tan vertiginosa como esta, es difícil decidir de qué lado se está. Lo más difícil es que alguien responda por qué es necesario tomar partido y ponerse de inmediato en un bando o en el otro.

Aparte de esos testimonios, están los de Darío Amodei, de Anthropic, Sam Altman, de OpenAI, Koray Kavukcuoglu, de Google Deepmind y Jensen Huang, de Nvidia. Elon Musk y Mark Zuckerberg fueron invitados pero finalmente no participaron.

Por lógica, este grupo de personas que son las que impulsan esta concentración de poder y dinero, hablan de cambios positivos para la humanidad. Las técnicas de reportaje de Roher logra sacar alguna que otra respuesta más o menos sincera sobre las incertidumbres que se abren con respecto al mercado laboral y a las implicancias de ciberseguridad; aunque ellos son figuras impenetrables.

Un acierto de Roher (y su codirector Charlie Tyrell) está en la parte estética. Como contrapunto, para ir cortando la película en capítulos, usan libretas dibujadas e ilustradas a mano y emplean animaciones cuadro a cuadro hechas con maquetas de cartón. 

Esto, sumado al diálogo con su esposa y el asunto del nacimiento de su hijo, presentan un balance humano y necesario frente a este tema sin necesidad de decirlo explícitamente. 

Se le podría achacar que los testimonios son muy breves. Pero es cierto que se trata de muchas fuentes y puntos de vista para tratar un tema que está en proceso, uno que promete un apocalipsis ante el que se puede ser parcialmente optimista. O, como le explica un entrevistado, se puede ser "apocaliptimista".