Nelson Fernández Salvidio Periodista, docente y escritor
Desde 1946 Argentina vota entre un candidato peronista y otro de centro o liberal; desde 1989 Brasil elige entre un candidato liberal y uno de izquierda. Y desde 1999, Uruguay vota entre un postulante frenteamplista y uno de la alianza blanco-colorado. De la misma manera que Argentina elegirá el próximo año entre "Milei II" o peronismo (con un probable abanderado como Axel Kicillof), Uruguay elegirá dos años después entre un candidato del Frente Amplio y otro de la "coalición republicana" (Lacalle Pou casi seguramente). Eso es tan así como que Brasil tuvo que elegir entre Lula y Bolsonaro.
En todos los casos, la resolución de las urnas se da entre "continuidad o cambio": seguir con liberalismo en Argentina o volver a una vía peronista; seguir con la versión de izquierda del PT en Brasil o cambiar por un nuevo Bolsonaro; seguir en Uruguay con el frenteamplismo o cambiar por un nuevo abanderado de blancos-colorados.
Ocurre que hay muchas alternativas en las hojas de votación, pero las urnas determinan la competencia entre dos y solo dos. Es como la comparación entre ir a un restaurante y recibir la carta de menú de varios platos o estar en un avión cuando la azafata llega con una mesa de bandejas y pregunta: "¿pasta o pollo?".
Aunque la carta tenga muchas opciones, partidos, sectores, listas y referencias de todo el espectro ideológico, se reduce a un enfrentamiento binario entre dos alternativas, como lo desarrollo en mi reciente libro "Mano a Mano" sobre bipartidismo en el Río de la Plata.
El bipartidismo o el bibloquismo entre coaliciones o alianzas no es novedad, sino que se arrastra desde el origen de la política y de los partidos o bandos. Pero hay un fenómeno nuevo que es el de la polarización radicalizada, en la que dirigentes y adherentes sienten que el resultado electoral no implica solo una alternancia política en el poder, sino una definición trágica. Ese factor de tragedia estuvo presente a lo largo de la historia electoral, pero ahora se potencia con la retroalimentación de redes que replican en tiempo real el enojo, antes que ese enojo pueda moderarse.
En muchos países el cambio de gobierno no implica un viraje dramático en las políticas públicas, aunque los electores más metidos lo sienten así. La política no es una comedia para divertirse o entretenerse, pero tampoco es una tragedia como para atravesarla con llantos desesperados y gritos desencajados. Además, cuando una opción gana, de centro izquierda, centro derecha o incluso de versiones más extremas de esas calificaciones ideológicas, la victoria es con respaldo de algo más de 50% pero no necesariamente mucho más, por lo que hay otra mitad, o casi mitad, que se ha expresado en sentido contrario.
Las mediciones de opinión pública muestran que el electorado uruguayo ha tenido un corrimiento a la derecha en los últimos meses, pero eso debe verse con cuidado: 39% de centro, 34% de centroderecha y derecha (sumados), y 26% de centroizquierda e izquierda (también sumadas).
El resultado implica que ni la derecha ni la izquierda, a la hora de ganar una elección, tienen un "mandato" para políticas puras y duras de su corriente ideológica, sino que deben matizarlas. Eso supone que los votantes que se asumen en una y otra opción, se sientan un poco defraudados cuando su partido gana y ven que no se aplican las ideas por las que votaron.
Es como que la pasta viene con salsa de tuco de pollo, y el pollo viene con guarnición de pasta. Es un dato relevante para cada líder partidario en el trabajo de elaboración de propuestas y en la comunicación de las mismas, porque hacer promesas que no se puedan cumplir anticipa disgusto asegurado de sus votantes. Hacerlo bien es el arte de la buena política.
*Este artículo fue publicado en la edición impresa de Forbes Uruguay de Octubre de 2026. Para suscribirte y recibirla bimestralmente en tu casa, clic acá.