Virginia Garda Directora de Recursos Humanos de L’Oréal
Pocas veces vi un cambio tan profundo como el que estamos atravesando. Podemos remontarnos a aquellos libros de historia que explicaban la revolución industrial como el gran fenómeno del trabajo. Hoy, sin embargo, atravesamos una revolución aún más potente y me da la sensación de que estamos discutiendo los problemas equivocados en el mundo laboral y en las organizaciones.
Quisiera poner delante un concepto cargado de contenido: la productividad. Durante años trabajamos para mejorarla en las organizaciones; al ser más productivos obtenemos mejores resultados y mayor rendimiento en los negocios. Buscamos herramientas, métodos, medirla, estructurarla, etc.
Entonces, un día llegó la inteligencia artificial y, en muchos aspectos, lo consiguió.
Hoy cualquier profesional puede analizar información en minutos, redactar un informe en segundos y preparar una presentación en una fracción del tiempo que necesitaba hace apenas dos años. Nunca fue tan fácil producir, y me da la sensación de que es difícil imaginar lo que aún está por venir, porque llega con una velocidad impactante.
Quien no la usó aún, quien no se ayuda de la IA para hacer sus tareas más fáciles, ¡no sabe lo que se pierde! Pero el objetivo de esta columna es otro: es hablar de productividad.
Para eso dejo esta afirmación: Nunca fue tan fácil producir y, paradójicamente, nunca fue tan difícil sentir que es suficiente. La IA no solo aceleró el trabajo; también elevó las expectativas. Si antes una tarea llevaba cuatro horas y hoy demanda una, la pregunta que muchas organizaciones parecen hacerse es: qué otras tres tareas pueden agregarse.
La eficiencia pasó de ser una ventaja competitiva a convertirse en un nuevo piso. Ese cambio merece una reflexión más profunda. Si todos tenemos acceso a la misma tecnología y podemos producir más, entonces la productividad se convierte en un commodity.
La ventaja competitiva empieza a estar en lo que nos hace más humanos: es el criterio para tomar decisiones cuando la información sobra; la capacidad de formular las preguntas que ninguna herramienta puede hacer por nosotros; conectar ideas, desafiar supuestos, construir confianza, inspirar equipos; contener cuando la presión se vuelve muy fuerte, dar tranquilidad cuando la velocidad aprieta y, ahí, encontrar sentido.
Sin embargo, en muchas organizaciones todavía intentamos cuantificar la productividad, con la discusión de presencialidad, buscando entender cómo medir, premiar y reconocer principalmente aquello que la inteligencia artificial hace cada vez mejor que nosotros: producir más rápido. Sé que es más visible reconocer a quien entrega más y más rápido. Pero quizás llegó el momento de revisar lo que entendemos por desempeño.
¿Estamos reconociendo a aquellos que generan pensamiento estratégico o solo a quienes entregan más? ¿Valoramos a quienes desarrollan personas, construyen cultura y habilitan conversaciones difíciles, aunque eso no aparezca en un KPI? ¿Estamos creando organizaciones donde la velocidad reemplazó a la reflexión? Como líderes, corremos el riesgo silencioso de que la obsesión por optimizar cada minuto termine erosionando aquello que hace extraordinario al trabajo humano.
La creatividad necesita tiempo. La innovación, conversaciones. El aprendizaje, pausa. La confianza, presencia. Ninguna de esas variables escala con un prompt. Por eso tampoco creo que el bienestar deba plantearse como el contrapeso de la productividad. El verdadero bienestar consiste en trabajar de una manera que permita sostener el alto desempeño sin vaciar a las personas en el intento. Quizá el próximo gran indicador de las organizaciones no sea cuánto producen sus equipos, sino cómo piensan. Qué calidad tienen sus decisiones. Cuánta curiosidad conservan. Qué tan capaces son de aprender, desaprender y volver a crear valor en un contexto donde la tecnología cambia más rápido que cualquier cosa.
La inteligencia artificial ya democratizó la productividad. Ahora el desafío es mucho más complejo y tiene que ver con desarrollar aquello que todavía no puede automatizarse. Porque el futuro del trabajo no pertenecerá a quienes hagan más cosas en menos tiempo, sino a quienes sean capaces de pensar mejor que el promedio. Y ese, al menos por ahora, sigue siendo un desafío profundamente humano.
*Este artículo fue publicado originalmente en la edición impresa de Forbes Uruguay de Agosto de 2026. Para suscribirte y recibirla bimestralmente en tu casa, clic acá.