Backrooms es una película de terror psicológico que costó US$ 10 millones, presupuesto habitual para el género y que, en cuestión de una semana facturó casi US$ 130 millones en funciones en todo el mundo. Fue concebida y dirigida por un realizador de 20 años, un poco menos de lo que tenía Steven Spielberg cuando hizo su primera película.
Si bien el dinero generado no habla de la calidad, interés u originalidad, refleja un fenómeno cultural y generacional. En este caso, además, es parte de una obra que vale la pena y que pone sobre la mesa varios temas.
La historia trata sobre el dueño (Chiwetel Ejiofor) de una enorme tienda de muebles casi en quiebra, que encuentra en el sótano una especie de portal a una serie infinita de cuartos y pasillos que no tienen lógica. Obsesionado por este hallazgo como forma de cubrir su alcoholismo y fracaso matrimonial, empieza a explorar este espacio y trata de convencer a su psicóloga (Renate Reinsve, protagonista de Valor sentimental).
Esa es, apenas, una parte de la trama. Lo que sucede dentro de los backrooms se vuelve cada vez más siniestro y atrapante. Y el camino que condujo a esta película también lo es.
¿Qué son los backrooms? Un creepypasta. ¿Qué es un creepypasta? Un concepto de terror (que no una historia) nacido en foros de internet en este siglo. Creepy, siniestro o aterrador. Pasta, de paste, o pegar como parte del proceso de copy-paste.
Por lo general, los creepypastas no tienen autor o autora reconocible porque funcionan como mitos de los que se habla en foros, canales de YouTube y redes sociales. La mayoría han nacido y crecido en el foro 4chan. Slenderman, quien tuvo su película, es uno de los creepypastas más famosos.
Los backrooms son parte de lo mismo, originados en una foto que apareció por primera vez aquella web en 2011. Esa imagen mostraba un espacio que parecía una oficina vacía, sin más referencias. Se la señalaba como un espacio liminal, que para las generaciones más jóvenes son lugares vacíos y abandonados que resultan inquietantes. Se podría decir que es una versión siglo XXI de lo que antiguamente representaban los hospitales abandonados.
La foto desató debates y originó más fotos similares. Entre sus varias consecuencias estuvo la iniciativa de un adolescente llamado Kane Parsons, quien hace pocos años empezó a crear videos caseros de terror ambientados en backrooms.
Atentos a su éxito viral y a su capacidad para filmar, los productores James Wan (director y productor de El conjuro y todos sus derivados) y Shawn Levy (Stranger things entre muchas otras), lo contrataron y en cuestión de dos años lograron que hiciera un largometraje sobre el mismo tema.
La mirada y el equipo armado en torno al director demostraron estar en lo cierto, porque su éxito ha superado el impacto de casi todo lo estrenado en lo que va del año.
Los conceptos que maneja Backrooms no son precisamente originales, pero no es necesario que lo sean. La historia es relativamente simple y la puesta en escena es magnética. En parte, esto se debe a los diseños de producción con escenarios siniestros y amplios que recuerdan a viejos videojuegos como el Wolfenstein, películas como El resplandor y una serie más reciente como Severance.
Hay un trasfondo psicológico en esta historia y una vuelta original hacia una manera aterradora de mostrar los recuerdos de los personajes, que son gran parte de los hallazgos de la película. Si bien se puede decir que funciona como historia de horror sin tener que argumentar mucho más, corresponde destacar que una parte de su acierto está en reflejar una sensibilidad generacional.
Una sensibilidad forjada en redes, a golpes de imágenes sueltas o historias sin autor. Una sensibilidad que sabe que hay una historia detrás (en este caso la del género de terror y sus recursos), pero que tiene sus propios canales para expresarse y descubrir obras ajenas.
Es una sensibilidad generacional que, por otra parte, va a contrapelo de lo que indican los prejuicios. La generación criada en la velocidad de TikTok y reels de Instagram es capaz de crear una película de ritmo pausado y con desarrollo conceptual como esta. El caso de Kane Parsons no es el único, ya que hay otros realizadores nuevos descubiertos en YouTube.
Mucho se habla sobre el cine de terror de hoy como el único espacio en el que se puede encontrar arte y originalidad. Hay autores y obras muy buenas o geniales, pero decir que ahí está la cantera del arte cinematográfico de hoy es desconocer el resto de lo que se produce y estrena. Renegar del terror, a su vez, es prescindir de un género en el que hay autores y temas a atender. Backrooms es uno de los ejemplos más notorios.