“No hay garantías de éxito. Podés hacer todo bien y que te vaya mal, es lamentablemente así el mundo de la innovación”, dijo Sergio Fogel, cofundador de dLocal, al referirse a los retos que enfrentan los emprendedores en el momento en el que empiezan un proyecto.
Para él, el desafío está en encontrar nichos que sean de interés general, pero lo bastante específicos como para no toparse con demasiada competencia. En la biotecnología, sector del que hoy es inversor activo, existen terrenos sin explorar y otros ampliamente estudiados.
Como ejemplo, recomendó evitar meterse en tratamientos para la obesidad, un terreno “overcrowded” donde los grandes laboratorios ya invierten fortunas, pero aconsejó que a la vez tengan suficiente interés comercial como para justificar el desarrollo.
Ahí marcó la diferencia central de su exposición: los ciclos de inversión que funcionan en software no aplican a biotecnología. Mientras una startup tecnológica puede escalar de ronda en ronda mostrando tracción comercial concreta, hay empresas biotecnológicas que llegan a cotizar en bolsa sin haber completado sus ensayos clínicos, incluso en fase dos.
Fogel contó que le tocó invertir en una compañía que parecía muy prometedora y que, al conocerse los resultados de fase tres, no dieron los números esperados: la empresa cerró. “Eso hoy es impensable en una empresa de tecnología, que llegue a la bolsa sin tener una facturación mínima”, comparó.
También señaló un cambio de fondo en la industria. Las grandes farmacéuticas, por el costo y el riesgo de desarrollar una nueva molécula dejaron de invertir en investigación propia y adoptaron una lógica de esperar, mirar cómo evolucionan las biotechs chicas y comprar o licenciar lo que funciona después. En otras palabras, tercerizan el riesgo.
En ese sentido consideró que más allá de la tecnología con la que arranca una empresa, lo que define el éxito es la capacidad del equipo de pivotear y adaptarse: casi ninguna compañía tecnológica exitosa terminó haciendo exactamente lo que planeaba al inicio.
El venture capital que busca lo que “parece una locura”
Las declaraciones de Fogel surgieron en el marco de un evento que Cubo Itaú organizó para conectar al ecosistema de salud, ciencias de la vida y DeepTech con inversores y corporaciones. Lo acompañaron Ignacio Peña, fundador y managing partner de AIR Capital, y María Pía Garat, CEO de la biotech uruguaya Eolo Pharma.
Peña aportó la mirada del inversor temprano. Contó que empezó a invertir junto a un grupo de amigos hace 15 años, sin cobrar carry y que de esas primeras 24 apuestas salieron cuatro unicornios; la más exitosa se vendió por US$ 6.500 millones. De esa experiencia nació AIR Capital, el fondo que fundó hace cinco años y que ya invirtió en 50 startups tempranas en diez países.
Su tesis: busca problemas grandes y poco trabajados, con una solución que parezca viable y un equipo que tenga sentido para resolverla. “Buscamos algo que sea claramente una locura, pero una locura linda que valga la pena apoyar”, resumió.
La irrupción de la IA, con matices por especialidad
Fogel fue el más cauto respecto de la inteligencia artificial. Espera que se aplique del lado regulatorio para agilizar procesos, pero advirtió sobre el riesgo de saturación en el mercado laboral —empresas que antes recibían 20 postulaciones y hoy reciben 500, gracias a herramientas que automatizan la búsqueda de empleo—.
Para la biotecnología, sin embargo, fue claro: “La IA no es una amenaza, es un potenciador”.
Peña fue más entusiasta y ubicó el mayor impacto inmediato en América Latina en la etapa de ideación y levantamiento de capital: emprendedores que usan modelos de IA para mapear oportunidades, dimensionar mercados, armar y testear el pitch, y hasta identificar inversores.
Mencionó el caso de Martín Varsavsky, que usó IA para preparar un pitch y levantó capital más rápido que nunca. También citó una startup israelí de organoides con nanosensores que genera datos antes inexistentes sobre lo que ocurre a nivel celular, y otra que, gracias a agentes de IA, mantiene su equipo en apenas 20 personas sin planes de contratar más.
Garat, desde la experiencia de Eolo Pharma, aportó el costado más operativo. La aprobación de fármacos como Ozempic, dijo, no perjudicó a su compañía sino que validó el mercado: el fármaco que desarrollan, MBD1, tiene un mecanismo distinto, ya que en lugar de inhibir el apetito promueve el gasto energético, como si el cuerpo estuviera haciendo ejercicio incluso mientras la persona duerme.
Contó que mantienen conversaciones constantes con farmacéuticas y con inversores —algunos con asiento en el directorio y experiencia clínica en Harvard— para ajustar el desarrollo a lo que el mercado exigirá en cinco o seis años, sobre todo en preservación de masa muscular.
Sobre la IA, coincidió en que acelera el diseño de ensayos clínicos, la selección de pacientes y el diseño de fármacos a nivel molecular, con reducciones de costos de entre 30% y 40%. Pero fue clara en un límite: la duración biológica de un ensayo en humanos no se acorta por más inteligencia artificial que se use.