El espacio de trabajo se pensó siempre desde una mirada más bien utilitaria o como una línea más del balance entre los costos de la empresa. Pero la ciencia muestra que hay mucho más entre esas paredes y escritorios: desde un tubo de luz que fatiga la visión hasta la falta de ventilación o el ruido constante que disparan el cortisol, la llamada hormona del estrés.
Hoy los líderes de negocios entienden que el espacio físico dejó de ser una cuestión estética o de segundo orden y, en cambio, puede marcar la estabilidad de una compañía.
“Un colaborador puede ser diez veces más productivo en una hora de enfoque real que en cuatro horas sentado en un escritorio bajo luz blanca y con ruido constante. El cerebro humano no está diseñado para estar ‘enchufado’ ocho horas”, dijo a Forbes la interiorista y especialista en neuroarquitectura Adriana Esmoris, que trabaja en el impacto que tienen los espacios de trabajo en la salud física y mental de las personas.
Desde la ciencia se ponen números a una realidad que —como tantas otras— también quedó marcada por el paso de la pandemia. Porque así como el teletrabajo se hizo masivo en su momento, hoy las empresas buscan que sus colaboradores vuelvan a las oficinas y para lograrlo deben ofrecer un bienestar que antes no estaba. O al menos, no en el centro.
El consenso entre los especialistas es que la desinformación sobre el impacto del espacio laboral cuesta dinero. Una empresa que pierde talentos por estrés crónico o que enfrenta altas tasas de certificación médica paga un precio mucho más alto que el de adaptar sus instalaciones, dijo Esmoris.
La moda y el ruido
En las últimas décadas se impuso el diseño abierto, donde las distintas unidades de una empresa comparten oficina. Tabiques y no paredes, espacios integrados y no oficinas cerradas marcan la actividad diaria y, muchas veces, aunque sea moda —contrariamente al dicho popular— sí incomoda.
“El diseño de espacios de trabajo basado puramente en tendencias suele ignorar lo que el cerebro humano necesita”, apuntó Esmoris y marcó un punto clave que se suele ocasionar en ese tipo de oficinas abiertas: “El exceso de ruido y de estímulos visuales”. Esto “genera un impacto que, aunque no lo percibamos de inmediato, se traduce en una sobrecarga que el trabajador se lleva a su casa”, explicó.
“Un sistema nervioso regulado y relajado” es necesario para el bienestar mental y para alcanzar el mejor desempeño de un colaborador en una empresa, dijo. Desde la primera línea hasta el C-level de mayor rango. Y para esto, existen tres pilares que la neuroarquitectura considera como la base:
- Luz natural: proporciona serotonina y regula el estrés. En cuanto a la iluminación artificial, Esmoris advirtió sobre la fatiga mental que genera la luz blanca frente a la calidez necesaria para el confort.
- Materiales naturales y formas orgánicas: el uso de madera, piedra y plantas calma el sistema nervioso. Incluso la geometría importa: las formas orgánicas y los muebles de líneas curvas transmiten una sensación de seguridad al cerebro.
- El color como estímulo: los colores pueden marcar el estado de ánimo de una persona. Las paletas claras y orgánicas ayudan a que la luz se distribuya mejor, regulando el sistema nervioso.
Si hablamos de espacios abiertos, los cowork son el ejemplo claro de lugar compartido. Bruno Pedreira, arquitecto y gerente de innovación de Sinergia -empresa especializada en oficinas y espacios flexibles-, reconoció que el ruido que se genera en ese tipo de espacios muchas veces no colabora con quienes deben pensar en soluciones creativas o con cargos de decisión que requieren concentración elevada. Sin embargo, marcó que “hay un cambio cultural gigantesco” y también soluciones.
“El 100% de las empresas se preocupan por eso (el ruido), pero el problema que hay detrás es de inversión. Incluso, las empresas hace un tiempo que están cuestionándose si la oficina es algo que debería existir; entonces, es muy difícil que digan ‘voy a invertir más en generar los espacios que sean psicológicamente seguros y acústicamente apropiados para las tareas que tienen que hacer mis colaboradores’”, argumentó.
Como arquitecto, Pedreira lo tiene claro: “Hacer espacios encapsulados, en vez de esos grandes open, implica más área (y mayor inversión) por una cuestión geométrica. ¿Cómo lo resolvemos nosotros? Diseñamos con un enfoque llamado activity based working, trabajo basado en actividades”.
Este framework, que se desarrolla en el mundo desde la década de los 70 y que hoy vive su apogeo, implica que las personas no tienen necesariamente un lugar fijo y disponen de “un buffet de espacios para los distintos momentos del día”.
“Capaz que alguien llega, quiere revisar el mail tranquilo y no lo puede hacer en un espacio abierto, con bullicio, y opta por ir a la cafetería. Luego va a su escritorio y, más tarde, para una reunión privada va a una de las salas cerradas que puede reservar”, dijo Pedreira.
Históricamente, el costo de oficinas estuvo en el top cinco de las líneas de egresos más importantes para las empresas, por lo que este nuevo paradigma permite un ahorro que, además, impacta en el bienestar de sus empleados, indicó. Como ejemplo de este punto, el arquitecto habló de la cocina: “En muchas empresas el comedor o cocina suele terminar descuidado, allá en el fondo. Muchas veces dan más ganas de comer en el escritorio y eso es lo primero que pega en la salud mental de la gente”.
En el formato de cowork, el espacio de comedor es compartido y ahí es donde más se ve el cambio cultural, porque “en el fondo de todo esto hay un sentido de comunidad gigante, que es otra de las cosas de las que a veces no se habla, pero es uno de los grandes catalizadores del bienestar de la gente”, afirmó.
La cultura organizacional
El psicólogo Javier Labarthe, que se especializa en psicología del trabajo y las organizaciones, dijo a Forbes Uruguay que “el contexto físico del lugar de trabajo tiene un impacto grande en la persona y en su bienestar” y marcó la importancia de que se comience a desarrollar en Uruguay el área de “psicología ambiental”. Este enfoque es clave hoy, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) reporta un aumento del 25% en problemas de salud mental tras la pandemia.
“Hay investigaciones que dicen que el 80% del bienestar laboral tiene que ver con las relaciones sociales que tenemos en el trabajo”, expresó el profesional y apuntó que incluso hay casos en que “el ambiente social es más importante que el ambiente físico” y es el que hace que alguien no renuncie.
De todos modos, reconoció que “la arquitectura tiene una influencia en el bienestar de las personas y en el ambiente social”. Su abordaje se realiza sobre las relaciones entre los trabajadores, ya sea con líderes como con compañeros, pero también estudia la cultura organizacional, o sea las normas y valores que caracterizan a una empresa y su funcionamiento. En ese sentido, marcó: “Los muebles los podés comprar, pero la cultura no la cambiás porque tengas la oficina más linda”.
En definitiva, un espacio “lindo” no hace a un espacio sano de trabajo y la cultura de la empresa es la que marcará a quienes trabajen ahí. “Si es un lugar competitivo, si prioriza el bienestar de las personas, el aporte a la organización, la autonomía o si es verticalista y no permite la participación”, enumeró entre las posibles formas de funcionar.
“Muchas veces a las empresas les parece que, haciendo inversiones en lo estético, van a mejorar la productividad y no necesariamente. Vos podés sacar todos los tabiques, pero si la cultura organizacional es vertical y la gente no puede ni opinar y el director sigue dirigiendo como cuando tenía los escritorios viejos, nada cambia”, resumió.
El desafío del trabajo remoto o híbrido
La conversación sobre el espacio de trabajo no puede dejar fuera a quienes hacen su labor desde su casa. Pedreira dijo que lo suelen tratar de “filósofo” cuando dice esto, pero defiende que “hoy las empresas deberían considerar como parte de su espacio de trabajo todo aquel en que sus colaboradores habiten”. Para él, las empresas tienen que estar atentas a si un colaborador trabaja desde el sillón, en la cama o en un bar.
“El hecho de que las empresas decidan ser full remotas es una decisión cultural que quien más la paga es el colaborador. Y si bien todos los análisis dicen que la gente prefiere trabajar desde su casa, las mismas empresas que dan esas métricas te dicen que esas personas son las que más reportan soledad, estrés y burnout”, agregó. “Si mando a la gente a su casa, lo dejo sin atención, sin la charla de café, sin ver a las personas y nuestro cerebro no está programado para eso”, sostuvo.