Durante años, la Casa Real noruega fue considerada una de las monarquías más discretas de Europa. Alejada del nivel de exposición, escándalos y conflictos internos que rodearon a otras familias reales, construyó buena parte de su imagen alrededor de la estabilidad que representaron Harald V y la reina Sonja.
Haakon llega ahora al trono en un escenario completamente distinto. Los vínculos de Mette-Marit con Jeffrey Epstein, la condena judicial de Marius Borg Høiby y las polémicas alrededor de otros integrantes de la familia pusieron a la corona bajo una exposición poco habitual durante las últimas décadas.
Pero la historia del nuevo rey y de la mujer que hoy se convierte en reina empezó mucho antes de esos escándalos. Y, de alguna manera, repitió una historia que Haakon había visto desarrollarse dentro de su propia familia.

Una historia de amor que incomodó a la monarquía
Haakon Magnus nació el 20 de julio de 1973 y se convirtió en príncipe heredero cuando su padre llegó al trono, en 1991. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad de California, Berkeley, pasó por la Marina noruega y más tarde cursó estudios de desarrollo en la London School of Economics. Durante años reconoció que necesitó tiempo para aceptar que buena parte de su vida estaba determinada desde el momento de su nacimiento.
Su vida personal empezó a ocupar las portadas cuando conoció a Mette-Marit Tjessem Høiby, una joven de Kristiansand completamente alejada del perfil tradicional asociado a una futura reina. Era madre soltera, tenía un hijo pequeño llamado Marius y había atravesado una juventud que ella misma definiría después como turbulenta. Se habían conocido en un festival de música en 1999.
El problema no era simplemente que no perteneciera a la nobleza. La propia madre de Haakon, Sonja, tampoco provenía de una familia aristocrática. Lo que generaba preocupación era la historia personal de Mette-Marit, algunas de sus relaciones anteriores y una vida que no respondía precisamente al “modelo” que todavía se esperaba de la futura esposa de un heredero.
La pareja decidió convivir antes de casarse y tampoco escondió la relación, una decisión que alimentó todavía más el debate. Haakon dejó en claro que no estaba dispuesto a renunciar a ella por las presiones alrededor de la corona y terminó convirtiendo su vida privada en una cuestión de Estado.
El compromiso fue anunciado oficialmente el 1 de diciembre de 2000 y, el 25 de agosto del año siguiente, ambos se casaron en la Catedral de Oslo ante más de 800 invitados. Marius, que entonces tenía cuatro años, participó de la ceremonia como paje y quedó incorporado desde ese momento a la vida cotidiana de la familia del futuro rey.

Pocos días antes del casamiento, Mette-Marit decidió enfrentar públicamente las preguntas sobre su pasado. Reconoció errores de juventud y expresó su arrepentimiento por algunos de los ambientes que había frecuentado. Aquella aparición terminó siendo decisiva para una mujer que necesitaba convencer no sólo a la familia real, sino también a buena parte de los noruegos de que podía asumir el papel que estaba a punto de recibir.
La historia que Haakon había visto en su propia casa
Hay un detalle que ayuda a entender por qué Harald terminó respaldando la elección de su hijo: él mismo había protagonizado décadas antes una historia que había puesto a prueba las reglas de la monarquía. En su caso, el conflicto había comenzado mucho antes y en una Noruega bastante menos flexible frente a la vida privada de la familia real.
Harald conoció a Sonja Haraldsen en 1959. Ella no pertenecía a ninguna familia real ni a la nobleza europea y, en aquellos años, que el heredero al trono quisiera casarse con una mujer común representaba una ruptura mucho mayor con la tradición.
Tuvieron que esperar nueve años. La posibilidad del matrimonio generó un fuerte debate en Noruega e incluso hubo quienes llegaron a pronosticar que podía poner en peligro el futuro de la monarquía. Después de consultar al Gobierno y a los líderes del Parlamento, el rey Olav V terminó dando su consentimiento en marzo de 1968. Harald y Sonja se casaron cinco meses después en la Catedral de Oslo.
Más de tres décadas después, Harald veía a su hijo enfrentarse a una versión moderna de su propia historia. Ya no se discutía solamente el origen social de la mujer elegida, sino también su pasado y la posibilidad de que pudiera adaptarse a una institución todavía cargada de tradiciones.
Haakon decidió seguir adelante y la familia terminó acompañándolo. Con el paso de los años, Mette-Marit consiguió construir una imagen pública mucho más estable y la pareja tuvo dos hijos: Ingrid Alexandra, nacida en 2004, y Sverre Magnus, un año más tarde. Marius continuó creciendo junto a ellos, aunque nunca recibió un título real ni fue incorporado a la línea de sucesión.
De princesa aceptada a una reina bajo presión
La imagen construida durante más de dos décadas volvió a quedar bajo cuestionamiento cuando salieron a la luz los contactos entre Mette-Marit y Jeffrey Epstein. El episodio resultó especialmente delicado porque ya no se trataba de hechos anteriores a su ingreso a la familia real, sino de decisiones tomadas cuando llevaba varios años como princesa heredera.
Los documentos difundidos en Estados Unidos mostraron intercambios entre la entonces princesa heredera y el financista estadounidense después de que Epstein ya hubiera sido condenado en 2008 por delitos sexuales vinculados con una menor. Mette-Marit reconoció que había cometido un grave error de juicio y pidió disculpas por aquella relación.
La diferencia con las controversias que habían rodeado su llegada a la familia real era importante. Aquellos episodios pertenecían a una vida anterior a la corona, mientras que los contactos con Epstein ocurrieron cuando ya formaba parte de la institución y ocupaba uno de los lugares de mayor exposición pública del país.
Haakon volvió a respaldar públicamente a su esposa, aunque también reconoció la gravedad de la situación. El caso llegó en uno de los momentos más complicados para la familia y coincidió con otro problema todavía más serio: el proceso judicial contra Marius.
Marius, el niño que entró al palacio y terminó condenado
Marius Borg Høiby tenía cuatro años cuando su madre se casó con Haakon. Durante años fue una figura conocida para los noruegos, pero siempre se mantuvo fuera de la estructura formal de la Casa Real y nunca tuvo obligaciones oficiales ni un lugar en la línea de sucesión.

Todo cambió cuando comenzó a acumular investigaciones judiciales y terminó sentado frente a un tribunal. El caso dejó de ser un problema privado para convertirse en una de las mayores crisis de imagen que atravesó la familia real en los últimos años.
En junio de este año, después de un proceso de siete semanas, el Tribunal de Distrito de Oslo lo declaró culpable de dos cargos de violación, violencia doméstica y otros delitos. Fue condenado a cuatro años de prisión y resultó culpable en 34 de los 40 cargos que habían llegado a juicio. También fue absuelto de otras dos acusaciones de violación. Tanto la defensa como la fiscalía apelaron la sentencia.
El impacto sobre la monarquía fue inevitable. Marius no pertenece jurídicamente a la Casa Real ni forma parte de la línea sucesoria, pero creció como hijo de la mujer que hoy es reina y dentro del hogar del entonces príncipe heredero.
Al mismo tiempo, Mette-Marit atravesó otro frente mucho más personal. Diagnosticada desde 2018 con fibrosis pulmonar, este año debió someterse a un trasplante de pulmón después de un fuerte deterioro de su estado de salud, en medio de una etapa especialmente compleja para toda la familia.
Una hermana, un chamán y otra ruptura con la tradición
Los problemas de imagen de la familia tampoco se limitaron al matrimonio de Haakon. Su hermana mayor, Märtha Louise, protagonizó durante años sus propias controversias y terminó alejándose de buena parte de las funciones oficiales de la Casa Real.

En 2024 se casó con el estadounidense Durek Verrett, que se define como chamán y construyó su carrera alrededor de prácticas espirituales y afirmaciones que generaron numerosas críticas. La relación, sus actividades comerciales y la utilización pública de los vínculos con la realeza alimentaron durante años una discusión dentro de Noruega sobre los límites entre la vida privada de los miembros de la familia y el uso de sus títulos.
Para una institución acostumbrada a una exposición mucho más controlada, los conflictos fueron acumulándose prácticamente al mismo tiempo. La imagen de estabilidad que había acompañado buena parte del reinado de Harald empezó así a convivir con una familia mucho más observada y discutida en la esfera pública.
La heredera que puede hacer historia después de más de 600 años
La llegada de Haakon VIII al trono también cambia definitivamente el lugar de su hija. Ingrid Alexandra, de 22 años, se convierte ahora en princesa heredera y queda primera en la línea de sucesión, por delante de su hermano menor Sverre Magnus.

Su posición es consecuencia de una reforma constitucional aprobada el 29 de mayo de 1990, que estableció que el hijo mayor tendría prioridad para heredar el trono independientemente de su sexo. La modificación no se aplicó plenamente a quienes habían nacido antes de la reforma, por lo que Haakon conservó la precedencia sobre su hermana Märtha Louise. Ingrid Alexandra, en cambio, quedó por delante de su hermano desde su nacimiento.
Si algún día sucede a su padre, protagonizará un hecho que Noruega no vive desde la Edad Media. Será la primera mujer en ocupar el trono en más de 600 años y marcará una ruptura histórica en una línea sucesoria dominada durante siglos por hombres.
El antecedente se remonta a Margarita I, que gobernó Noruega durante la Unión de Kalmar y murió en 1412. El propio Harald destacó años atrás que el nacimiento de Ingrid Alexandra había abierto una nueva etapa, porque Noruega no tenía una princesa destinada a suceder en el trono desde aquellos tiempos.
Ese futuro funciona también como contraste con el momento en el que comienza el nuevo reinado. Mientras la familia atraviesa uno de sus períodos de mayor exposición, Ingrid Alexandra representa la continuidad de una monarquía que intenta adaptarse a una sociedad muy distinta de aquella en la que Harald y Sonja tuvieron que esperar nueve años para poder casarse.
Haakon llega al trono después de haber pasado buena parte de su vida intentando conciliar una institución centenaria con decisiones personales que no siempre encajaron dentro de sus tradiciones. La mujer por la que defendió su derecho a elegir hace 25 años es hoy reina; el hijo que ella llevó consigo a aquella nueva vida quedó condenado en uno de los casos judiciales más graves vinculados con el entorno de la familia real; y la hija de ambos se prepara para convertirse algún día en la primera mujer en ocupar el trono noruego en más de seis siglos.
Haakon VIII no sólo tendrá que suceder a uno de los reyes más respetados de Noruega, sino también intentar recuperar parte de la estabilidad que durante décadas convirtió a su familia en una excepción dentro de las casas reales europeas.