Hasta el estreno de Homo argentum, el año pasado, el último récord de recaudación en boleterías por parte de una película argentina correspondía a Muchachos, un documental sobre cómo la gente había vivido la anterior copa del mundo en Qatar. Algo más de un millón de espectadores en salas refrendaron la idea de que aquel triunfo deportivo también había sido un desahogo para el país, como señalaban varias reseñas. La casaca de Dios, recién estrenada en Netflix, retoma ese cruce desde la ficción
La historia tiene como protagonista a Jorge Marrale, un veterano que ya padece señales de deterioro cognitivo y que está obsesionado con recuperar la remera que Maradona le regaló al capitán de la selección inglesa tras la victoria en 1986. Él había sido testigo del momento ya que trabajaba como utilero para la selección y vuelve al recuerdo una y otra vez, como si fuera un hecho que lo marcó.
Su arco argumental ficticio está marcado por dos hechos reales que toma el guion. Uno está en la anécdota de que, previo al partido con Inglaterra, la selección argentina debió comprar camisetas de mala calidad y coserles el escudo de apuro. Otro es la subasta en 2022 de la remera que usó Maradona.
Ambos hechos afectan y mueven en distintas formas al veterano, también marcado por la muerte de su hijo en Malvinas. Desde el punto de vista argumental, tanto las heridas insalvables como los orgullos triunfales del país están presentes de principio a fin a través de su historia.
El contrapunto del personaje de Marrale será su hija, interpretada por Natalia Oreiro. Ella, que ya es una mujer adulta, sigue sufriendo por su relación con él y no puede evitar mostrarse irritada ante sus reacciones o echarle en cara las actitudes que tuvo décadas antes. No importa que el padre esté enfrentando las limitaciones de la vejez, las emociones de la hija explotan como muchas veces sucede en la realidad.
A contrapelo de la épica y del drama que son evocados, la historia es más bien intimista. La trama se apoya en los intentos que hace Marrale por lograr dar con esa remera, que está ahora en manos de un árabe. Hay cruces de comedia con otros de drama para trazar (como podría decir algún viejo crítico) una pintura familiar y social que toca muchos temas sensibles. De eso que comúnmente se denomina argentinidad.
La constante búsqueda por la resolución de un drama y la relación de padres e hijos como espejo del vínculo entre Estado y ciudadanos podría ser parte de una lectura más social de esta historia.
También se le puede quitar un poco de trascendencia y disfrutarla como una comedia dramática costumbrista en la que Oreiro se luce con una elaborada caracterización que le permite recertificar su capacidad como actriz. Y eso vale a pesar de que este es un papel menor, en comparación con otros que a encarnado.
Si hay algo admirable en su carrera ha sido la manera en que se alejó con intención y trabajo de los estereotipos en los que podría haber quedado encerrada tras sus años en las telenovelas y en la música pop.
Hay una sorpresa en la historia, digamos que una vuelta de tuerca que pone en primer plano el cruce entre traumas nacionales. Por supuesto, no conviene que se diga. Hay también un pequeño homenaje a El padrino, muy pequeño pero apreciable, que lo sabrá detectar quien tenga memoria visual. Tampoco se puede decir nada sobre él, ya que tiene que ver con las sorpresas que guarda la historia.
Si bien no es una película cuya trama dependa de las vueltas de tuerca, su guion está escrito con oficio por Marcos Carnevale, director de Elsa y Fred y realizador de televisión con mucho oficio. Con él también escribe el actor Fernán Mirás, quien por tercera vez dirige un largometraje. En tiempos del mundial de fútbol y de sociedades agitadas y divididas por el pasado y presente, una película como esta dice mucho más de lo que aparenta. O, cuando menos, intenta hacerlo. Luego, quien la vea, resolverá qué elige tomar de lo que vio, el disfrute, la reflexión o ambas cosas.