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Reunión creativa arquitectos. Foto: Copilot.
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Cambiar el espacio puede facilitar nuevas dinámicas de trabajo, pero no puede imponerlas. Las prácticas profesionales, los estilos de liderazgo y las culturas organizacionales pesan mucho más que el diseño de un edificio.

23 Marzo de 2026 10.45

Cuando un sistema educativo quiere demostrar que está cambiando, suele empezar por lo más visible: construir un edificio nuevo o modernizar el que ya tiene.

La escena es conocida. Espacios abiertos, paredes móviles, mobiliario flexible, más luz, más tecnología. La arquitectura se vuelve una declaración de principios. Incluso antes de que comiencen las clases, el mensaje parece claro: algo distinto está ocurriendo aquí.

Pero los edificios cambian mucho más rápido que las instituciones.

Pocos meses después aparece una escena familiar. Dentro de esos mismos edificios, muchas veces las prácticas siguen siendo las mismas. Las paredes móviles permanecen cerradas. Los espacios abiertos se reorganizan como aulas convencionales. El edificio es nuevo, pero el funcionamiento cotidiano apenas cambia.

El problema no es el edificio en sí. El problema es creer que innovar consiste en construir algo nuevo.

En los últimos años, los llamados Ambientes de Aprendizaje Innovadores se han expandido en distintos sistemas educativos. La idea es convincente: si el mundo necesita colaboración, autonomía y pensamiento crítico, el aula tradicional cerrada parece pertenecer a otra época. El espacio debería adaptarse a nuevas formas de aprender.

La ecuación parece simple: nuevo espacio, nueva pedagogía.

Pero la realidad rara vez funciona así.

Las instituciones tienen hábitos. También tienen reglas no escritas. Con el tiempo desarrollan maneras de trabajar que difícilmente cambian solo porque cambia el entorno físico. Cuando la infraestructura se transforma, pero la cultura profesional permanece igual, el espacio termina adaptándose a las prácticas existentes.

Este fenómeno no es exclusivo de la educación. En el mundo empresarial ocurre algo muy similar. Muchas organizaciones rediseñan sus oficinas con la intención de fomentar colaboración y creatividad, pero meses después los equipos siguen trabajando de manera aislada y los silos organizacionales permanecen intactos.

Cambiar el espacio puede facilitar nuevas dinámicas de trabajo, pero no puede imponerlas. Las prácticas profesionales, los estilos de liderazgo y las culturas organizacionales pesan mucho más que el diseño de un edificio.

Las cosas empiezan a cambiar cuando el diseño deja de ser una decisión exclusivamente técnica y se convierte en un proceso compartido.

Cuando quienes van a habitar el espacio participan desde el inicio, la conversación cambia. Antes de discutir planos o metros cuadrados aparecen preguntas sobre prácticas concretas: cómo se trabaja hoy, qué dificultades existen y qué tipo de interacción se quiere promover.

Pero esa participación no debería terminar cuando el proyecto se define. Durante el diseño y la construcción, mantener abiertos esos canales de diálogo permite ajustar decisiones y alinear el espacio con la manera en que las personas realmente trabajan.

Y tampoco termina cuando el edificio se inaugura.

Los edificios empiezan a revelar su verdadero funcionamiento cuando comienzan a ser habitados. Escuchar a quienes los usan en el día a día permite entender qué funciona, qué no y qué adaptaciones son necesarias.

Investigaciones desarrolladas en la Facultad de Arquitectura de la Universidad ORT Uruguay sobre la relación entre espacio, cultura institucional y práctica profesional apuntan a una conclusión clara: la arquitectura puede contribuir a procesos de transformación, pero solo cuando está alineada con liderazgo, aprendizaje organizacional y desarrollo profesional.

Invertir en metros cuadrados es visible. Involucrar a las personas es más lento. Exige tiempo, escucha y decisiones a veces difíciles.

Construir puede ser el inicio, pero la innovación empieza cuando quienes habitan los espacios forman parte del cambio.

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