Punta del Este consolidó su posición como el epicentro náutico del Atlántico Sur, pero el éxito trae un desafío logístico. El puerto de la ciudad uruguaya -al que muchas veces se lo compara con los destinos más exclusivos de Europa- está operando por encima de su capacidad máxima. Con más de 500 embarcaciones amarradas y una lista de espera que supera los 200 buques, el enclave esteño enfrenta una saturación.
Desde diciembre, la disponibilidad de amarras es nula. Según fuentes del sector, la situación mutó de ser un problema estacional veraniego a una realidad anual: hoy existen embarcaciones permanentes durante todo el año, impulsadas en parte por el aumento de residentes fiscales extranjeros que eligen Uruguay como base operativa.
“El puerto quedó chico para la demanda que hay. Es un éxito la gente que quiere llegar, pero está por colapsar de embarcaciones deportivas”, explica Juan Etcheverrito, comodoro del Yacht Club Punta del Este. La presión es tal que, de no ser por la falta de infraestructura, la ciudad podría recibir el doble de barcos de los que alberga actualmente.
A pesar de que hace una década el puerto ostentaba las tarifas más altas de la región, una rebaja del 50% en los precios aplicada durante la administración anterior dinamizó la llegada de nuevos navegantes. Sin embargo, los valores siguen reflejando el carácter premium del destino.
La tarifa promedio es de aproximadamente US$ 4 por metro de eslora por día (US$ 145/día para un barco de 14,5 m de eslora), aunque esto puede variar según demanda y ajustes. Aunque Pink Shadow, el megayate de Hans Georg Näder valuado en US$ 60 millones, paga un costo mensual de unos US$ 20.000. Durante el trimestre de diciembre a febrero, las tarifas suben más de un 50% aproximadamente respecto a los valores de invierno.
La relevancia de Punta del Este no es solo recreativa, sino también deportiva y diplomática. El puerto es el único en el Atlántico Sur que alberga una regata de Rolex ("Rolex Circuito Atlántico Sur") e involucra embarcaciones clásicas, vintage y modernas de Argentina, Uruguay y Brasil. A esto se suma la Clipper Race, la regata que da la vuelta al mundo y que identifica a Punta del Este como un puerto estratégico a nivel global.
Esta visibilidad atrae a un perfil de propietario que mezcla el ocio con los negocios; si bien predominan los argentinos, el mix incluye brasileños y una creciente flota de banderas estadounidenses y europeas. “A la gente le gusta venir porque es una actividad veraniega y social importante, hay seguridad y está limpio, impecable”, dice Etcheverrito, quien admite la presencia de numerosos empresarios y figuras públicas, aunque resguarda sus identidades.
La Bahía de Maldonado ofrece aguas protegidas y paisajes idílicos como la Isla Gorriti y Punta Ballena. Sin embargo, cuando los vientos viran al oeste o sudoeste, la vulnerabilidad del puerto queda en evidencia.
La comunidad náutica coincide en que la infraestructura es el desafío principal: se requieren obras de expansión para absorber una demanda que hoy debe conformarse con quedar fondeada fuera del puerto, a merced de las inclemencias climáticas.
Administrado por la Dirección Nacional de Hidrografía, con el apoyo social y deportivo del Yacht Club, el puerto de Punta del Este se encuentra en una encrucijada: o expande su capacidad para consolidar su título de la “Mónaco de América Latina”, o seguirá viendo cómo cientos de potenciales inversores y turistas de alto patrimonio permanecen en lista de espera.