Qué ver: The New Yorker y Cover-Up, documentales para la era del periodismo desfigurado
Coinciden en Netflix dos filmes que enfocan de muy distinto modo las prácticas periodísticas y a las personas que hay en ellas. Una festeja el centenario de un medio emblemático y la otra logra retratar a un periodista discreto que ha movido montañas.

Lejos de ser un espacio de enseñanza, que un periodista o un conjunto de periodistas hablen sobre otro y sus formas de trabajo lleva a controversias o incomodidades. Se trata de pares que se elogian o critican entre sí desde espacios públicos y zonas de influencia; algo que puede generar, cuando menos, suspicacias. Es lo que sucede en los recientes documentales The New Yorker cumple 100 años y Cover-Up: un periodista en las trincheras.

Despejemos las suspicacias, entonces.

En el primer caso, en el que el título ya se muestra como celebratorio, los entrevistados parecen encantados con el documental. En el segundo, el protagonista, Seymour Hersh, que es el periodista en las trincheras, casi siempre está incómodo de mostrarse en cámaras. En el contraste de esas dos posturas ante los documentalistas es donde aparece lo interesante de ambas historias.

El prestigio del New Yorker

El título del documental sobre el New Yorker lo dice todo. La previa de las celebraciones por el centenario sirve como excusa para meterse en la redacción, conocer a quienes trabajan ahí, estar en algunas reuniones de equipos y repasar momentos históricos que cimentaron el prestigio de la publicación. 

El director y productor es Marshall Curry, un documentalista que en sus trabajos previos cubrió temas de todo tipo, desde política y guerra, hasta ambientalismo. Para el documental en cuestión, registró con su cámara los testimonios y las acciones de quienes hacen el New Yorker, pero su personaje es la revista en sí misma y su capacidad de perdurar durante un siglo

Conocemos a su director, David Remnick, que en cierto momento se abre y cuenta sobre su vida fuera de lo profesional; también a Françoise Mouly, su directora de arte, encargada de pensar y seleccionar las célebres portadas ilustradas que lo caracterizan (ser portadista del New Yorker es un logro muy codiciado entre ilustradores) e incluso nos acercan a aquella persona que tiene la tediosa tarea de revisar cada día más de 800 propuestas de chistes gráficos que les llegan por mail. @@FIGURE@@

En el New Yorker han escrito Truman Capote, Milan Kundera, J. D. Salinger, John Updike y Zadie Smith entre muchos otros. Una de sus ediciones más removedoras fue la que se dedicó enteramente al reportaje Hiroshima, de John Hersey, luego convertido en libro. En ese caso, el periodista había sido el único que decidió esquivar los festejos triunfalistas por las bombas atómicas a Japón y viajar para conocer de primera mano a los sobrevivientes de la atrocidad. Y lo que contó sacudió a la sociedad del momento.

La combinación de reportajes extensos, prácticas periodísticas rigurosas (salvo en el caso de Capote, si se quiere) literatura, entrevistas, crítica de arte, ilustración y humor gráfico han sido distintivos de la revista. Ella misma es un sello de distinción de la propia Nueva York, un objeto de consumo que prestigió a sus lectores durante casi todo un siglo

La discreción de un periodista en la línea de fuego

El documental Cover-up, intenta difundir los méritos del periodista Seymour Hersh. La realizadora Laura Poitras explica que demoró 20 años en convencerlo de hablar sobre su trabajo, hasta que finalmente lo logra en este extenso reportaje.

Periodista independiente que trabajó para numerosos medios, Hersh se hizo conocer en 1968 cuando expuso la llamada “masacre de My Lai”. A partir de un comentario que escuchó al paso, utilizó algunos contactos que tenía en el Pentágono para llegar a destapar la matanza y vejación de civiles en un pueblo de Vietnam, comandada por un militar estadounidense. Esta revelación sacudió a la sociedad estadounidense y fue uno de los grandes episodios que empezaron a cambiar la percepción popular sobre su presencia armada en el país asiático.

Hersh empieza el documental diciendo que no se siente cómodo al sentarse frente a una cámara para hablar sobre su trabajo. Lo reafirma hacia el final. Prefiere que su trabajo hable por sí solo. @@FIGURE@@

Hay una cierta ética profesional que se hace explícita en esa forma de actuar, a pesar de que sus propios temas de investigación lo convirtieron en una figura que tuvo que exponerse en televisión y en eventos públicos. Entre otras historias, Hersh destapó en 2004 (a través de un reportaje en el New Yorker), las torturas que los militares estadounidenses infligían en la cárcel de Abu Ghraib, Irak, bajo el amparo de la CIA. 

Hersh bien podría ser mostrado como un héroe, una figura que armada de sus convicciones se ha enfrentado a grandes poderes y ha revelado su peor cara. Sin embargo, elige presentarse de manera sencilla, sin romanticismos, como un profesional que se mueve por sus convicciones.  

Un oficio en plena convulsión

Si bien ambos documentales apuntan a distintas metas, una publicitaria, la otra de rescate y reconocimiento a un profesional, tienen puntos en común. Se trata de un elogio a la profesión en sus prácticas más básicas y fundamentales: el periodista en la calle o en el lugar de los hechos, armado con una libreta de notas. 

El vértigo, la competencia y la despersonalización que trajeron las redes sociales queda fuera de análisis, porque lo que importa es hablar del contacto de persona a persona, los vínculos y las historias que surgen desde allí. 

Esa reivindicación no es menor en estos tiempos, cuando aparecen paradigmas que nos hacen olvidar esa base o esencia del trabajo periodístico. Una esencia que cultivan tanto celebridades internacionales como Ryszard Kapuscinski y Leila Guerriero, del mismo modo que incontables periodistas desconocidos a los que nadie festeja. 

Es cierto que no hay oficio o profesión con la capacidad de autocelebrar sus virtudes como el periodismo. Ya sea que en un país o momento histórico el periodismo esté denostado, bastardeado o que en otra circunstancia sea respetado culturalmente, es la única actividad que tiene los medios para hablar públicamente sobre su importancia para la sociedad y la democracia. Y eso pone a la profesión en una posición de ventaja comunicacional que no tienen otras, igualmente importantes. Por eso cuando un periodista habla sobre otro en público, queda en una posición atípica que puede despertar suspicacias.  @@FIGURE@@

Ambos documentales, que se pueden ver en Netflix, reivindican la importancia de la profesión en nuestra sociedad. Queda en manos del espectador decidir si prefiere la reivindicación glamorosa y publicitaria de The New Yorker cumple 100 años, la discreta de Cover-up o complementar la panorámica con ambas. 

En este contexto cuando la prensa sufre tantas mutaciones y se desfigura a través de reels en redes, en que un medio prestigioso e histórico como el Wall Street Journal es semi desmantelado, reivindicar el oficio y las personas que lo practican se hace necesario.