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Captura Rai

La "Mostra" de Venecia abrió con Danny Boyle y el origen de la era del magnate de los medios Rupert Murdoch

Juan Romero

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La 83ª edición del Festival de Cine de Venecia comenzó con la presentación de "Ink", la película de Danny Boyle sobre la transformación del tabloide amarillo The Sun bajo Rupert Murdoch. Con Guy Pearce y Jack O’Connell, el poder mediático, sensacionalismo y la crisis de la verdad.

4 Septiembre de 2026 17.00

El Lido de Venecia vuelve a convertirse en el centro de gravedad del cine mundial. Desde este miércoles y hasta el 12 de septiembre, la 83ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia reunirá a directores, actores, productores, distribuidores y figuras de la industria en una muestra que, como cada año, funciona a la vez como vitrina cultural, negocio global y termómetro de prestigio.

Entre las llegadas más esperadas se cuentan Selena Gomez y Benny Blanco, además de una agenda de estrenos que combina cine de autor, grandes nombres y películas diseñadas para entrar rápidamente en la carrera por los premios. Pero el primer gran gesto de la programación no llega desde la alfombra roja sino desde Fleet Street: Venecia inauguró su competencia oficial con Ink, la nueva película de Danny Boyle sobre el ascenso de Rupert Murdoch y la conversión de The Sun en una de las máquinas mediáticas más influyentes —y polémicas— del Reino Unido.

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Guy Pearce enfrentando a las cámaras en la red carpet de Venecia.

La elección no parece casual. En un momento en que la inteligencia artificial, las redes sociales y la concentración de medios volvieron a instalar la discusión sobre la verdad, Boyle dirige una película que se remonta al origen de una fórmula de poder que todavía define buena parte del ecosistema informativo: transformar las noticias en espectáculo, la indignación en audiencia y la audiencia en influencia.

El negocio detrás de la tinta

Ink adapta la obra teatral de James Graham, estrenada en 2017 y luego reconocida con una nominación al Tony. La historia sigue los primeros años de la adquisición de The Sun por Rupert Murdoch y su transformación, hacia fines de la década de 1960 y durante los años 70, en el tabloide británico de mayor circulación e impacto cultural.

Guy Pearce interpreta a Murdoch, mientras que Jack O’Connell encarna a Larry Lamb, el editor a quien el magnate australiano encomendó una misión precisa: convertir un diario debilitado en una marca masiva. Claire Foy completa el elenco central. La película se proyectó en competencia en la Sala Grande del Palazzo del Cinema y marca la primera participación de Boyle en Venecia.

Boyle, responsable de títulos como Trainspotting, Slumdog Millionaire y 28 Years Later, explicó que se interesó en la obra de Graham porque lo llevó a pensar “dónde estamos ahora, cómo llegamos hasta acá y también sobre el futuro de la prensa y el futuro de la verdad”.

La premisa resulta atractiva. Murdoch y Lamb no aparecen como simples figuras históricas, sino como protagonistas de una transformación empresarial: la de un medio que desafió a la llamada prensa seria, entendió que el escándalo podía convertirse en producto y convirtió el conflicto cotidiano en una herramienta de distribución masiva.

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En ese sentido, Ink dialoga con el presente de una manera directa. Si el ciclo de Murdoch y The Sun anticipó la lógica de capturar atención a cualquier precio, las plataformas digitales y las redes sociales multiplicaron luego esa ecuación con una eficiencia industrial. La diferencia es que el tabloide necesitaba imprentas, papel, camiones y kioscos; hoy basta con una pantalla, un algoritmo y la capacidad de provocar una reacción.

La crítica a una explicación demasiado cómoda

La película despliega el estilo característico de Boyle: montaje acelerado, música intensa, cámaras inquietas y una puesta en escena que convierte las oficinas de un diario en un campo de batalla. O’Connell y Pearce organizan el centro de ese conflicto, entre rabias, venganzas, remordimientos y una ambición común por desestabilizar a quienes consideraban guardianes de una idea elitista de la verdad.

La crítica española destacó que, durante buena parte de su desarrollo, Ink funciona como una película “deportiva” sobre el ascenso de un grupo de perdedores que consigue desplazar a los privilegiados. El problema aparece cuando Boyle intenta elevar ese relato a una explicación general sobre la degradación contemporánea del debate público.

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La película plantea que la permisividad con el sensacionalismo de los tabloides abrió el camino hacia las redes sociales, la circulación de falsedades y la intervención de compañías tecnológicas sobre los medios tradicionales. Sin embargo, el análisis crítico señala que el film no siempre logra construir con solvencia esa conexión histórica. La ambición de narrar la genealogía de una crisis informativa termina, por momentos, en una explicación superficial.

La objeción central se concentra en la representación de Murdoch. El film busca una lectura psicológica de su figura y vincula parte de su conducta con heridas personales y conflictos íntimos. Esa decisión, según la crítica, debilita el retrato de un empresario cuya influencia sobre los medios, la política y la opinión pública excede cualquier trauma individual.

La paradoja es evidente: una película que pretende mostrar cómo se construyó un sistema de poder mediático termina, en algunos tramos, reduciendo el problema a una rivalidad personal entre Murdoch y Lamb. La transformación de The Sun fue, en realidad, mucho más amplia: representó el nacimiento de una lógica de negocios donde la noticia dejó de competir solo por credibilidad y empezó a competir por impacto, circulación y capacidad de instalar agenda.

Venecia, el escenario ideal

El Festival de Venecia suele funcionar como plataforma de lanzamiento para películas que aspiran a recorrer un largo camino durante la temporada de premios. En el caso de Ink, Netflix apostó por una estrategia amplia: después de su premiere mundial, la película pasará por los festivales de Toronto y Londres antes de llegar a los cines estadounidenses el 11 de diciembre y al streaming el 8 de enero de 2027. Tiene una duración de 1 hora y 56 minutos.

La presencia de una película sobre Murdoch en la apertura también tiene una lectura empresarial. El festival no solo presenta películas: ordena conversaciones. En tiempos de plataformas, audiencias fragmentadas, inteligencia artificial generativa y una industria que todavía redefine sus modelos de rentabilidad, Ink propone volver a una pregunta incómoda: qué sucede cuando la información se administra exclusivamente según las reglas del entretenimiento.

La respuesta de Boyle, al menos en su película, no alcanza a resolver del todo el dilema. Pero el punto de partida resulta difícil de ignorar. La crisis de la verdad no comenzó con la inteligencia artificial, aunque la IA haya vuelto el problema más veloz, más barato y más masivo. Tampoco nació con las redes sociales. Antes hubo editores, magnates, portadas y estrategias comerciales que descubrieron que la indignación podía vender.

Venecia abre así con una película sobre el pasado de los medios, pero con una discusión que pertenece por completo al presente: quién define la verdad, quién monetiza la atención y qué precio paga una sociedad cuando esas dos preguntas empiezan a tener la misma respuesta.

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