Britney Spears tomó una decisión que marca un antes y un después en su carrera: cedió los derechos de su catálogo musical a la editorial Primary Wave, una de las compañías más grandes en gestión de propiedad intelectual del mundo de la música. La operación, que se cerró el 30 de diciembre, se mantiene bajo confidencialidad, pero fuentes cercanas al entorno de la artista la calificaron como “histórica”.
Aunque el número exacto no trascendió, en la industria ya circula una comparación directa con la venta del catálogo de Justin Bieber, que alcanzó los US$ 200 millones. Según Forbes España, el valor estimado de la transacción rondó los 168 millones de euros (alrededor de US$ 199,7 millones al 11 de febrero).
Si el monto es similar, la exponente del pop se convertiría en una de las pocas mujeres en concretar un acuerdo de esa escala, algo que subraya el valor económico que todavía genera su discografía.
El trato se concretó con la firma de Spears y su representante, Cade Hudson, según consta en la documentación presentada ante la justicia. Con esto, la editorial adquirió los derechos de reproducción, sincronización y uso de gran parte del material que definió el sonido del pop durante más de dos décadas.
Quienes están cerca de la cantante afirman que ella tomó la decisión con tranquilidad y sin presiones. Dicen que la motivación principal fue ordenar su patrimonio y poder disfrutar con mayor libertad de su vida actual, más estable y alejada de conflictos legales. El cierre de la operación, según esas fuentes, lo celebró en la intimidad con sus hijos.
Britney convirtió su discografía en capital
El acuerdo va más allá del negocio musical. En la práctica, se trata de una venta de activos. Cada reproducción en plataformas como Spotify o Apple Music, cada uso de sus canciones en una publicidad o en una escena de una serie, cada relanzamiento de un disco, genera dinero. Y ese dinero ya no irá a Britney, sino a Primary Wave.
Es lo que buscan este tipo de empresas: catálogos probados, que ya demostraron que pueden sostener ingresos durante años. La lógica es simple: comprar canciones que no dependen de un futuro éxito, porque su rentabilidad ya quedó demostrada.
Para la artista, vender ese material significa transformar en efectivo un bien intangible. Una manera de diversificar su economía sin tener que volver a grabar discos ni subirse a un escenario. Muchos artistas de distintas generaciones eligieron ese camino en los últimos años.
En el caso de Spears, el atractivo del catálogo es evidente. Hits como Baby One More Time; Oops!… I Did It Again; Toxic; Womanize; Circus; Gimme More siguen acumulando millones de reproducciones todos los años. Son canciones que pasaron la barrera del tiempo y todavía generan interés en el público. Para los compradores, cada tema funciona como una miniempresa que entrega retornos constantes con costos bajos. @@FIGURE@@
El crecimiento de este tipo de operaciones generó un mercado propio. Firmas como Primary Wave y varios fondos de inversión comenzaron a competir por quedarse con repertorios que ya hicieron historia. En lugar de apostar por artistas nuevos, apuestan por lo seguro: canciones que ya se probaron en la radio, en las plataformas y en las licencias comerciales.
En esta clase de ventas, la cifra es solo una parte de la historia. Lo que queda claro es que el negocio de la música se mueve con otras reglas. El artista ya no solo canta o compone. También gestiona activos. Y en esa lógica, cada disco se convierte en un número más dentro de un balance contable.
El caso de Britney Spears lo demuestra: su música, que acompañó a millones durante años, hoy es también un bien transable, con valor financiero y peso en el mercado. Un legado artístico que ahora también circula como instrumento de inversión.