Las etiquetas de vinos de celebridades no son ninguna rareza. La categoría creció tanto en las últimas dos décadas que la industria la mira con un cansancio que ya ni disimula. El arreglo es simple: un nombre famoso, una bodega contratada, una etiqueta diseñada por un comité y una botella que se vende por reconocimiento más que por mérito. "La mayoría es una porquería", dice Alecia Moore —dueña de Two Wolves Wine— mientras nos sentamos juntas a catar sus vinos. "Es solo una forma de manotear plata".
Lo dice sin ironía. Después de todo, está hablando de su propia categoría, y sabe exactamente qué es lo que la diferencia. "Me preocupaba que la gente pensara que era una payasa", dice. "Solo otra famosa que quería estampar su nombre en una botella, contratar a Michel Rolland, sacar un vino de US$ 200 y listo". Hace una pausa. "Realmente me arremangué".
Y eso es decir poco. Moore —más conocida como P!nk, ganadora de tres premios Grammy y una de las artistas con más ventas de su generación— compró un viñedo orgánico en el valle de Santa Ynez, California, en 2013, sin haberlo visto nunca, mientras estaba de gira por Australia. Su primera cosecha fue en 2014. Durante años, no se lo dijo a casi nadie.
Estudiaba sobre vinos en el backstage de sus giras y compró un viñedo sin verlo
Moore no creció tomando vino: "Antes pensaba que el vino era un castigo en las cenas de las fiestas, porque era malísimo". El cambio llegó a sus 20 años, cuando un nuevo equipo de managers —hombres que amaban el buen vino y tenían presupuesto para costearlo— empezó a llevarla a restaurantes serios en sus días libres durante las giras.
Se escapaban de los estadios y de los gimnasios de los hoteles para visitar bodegas. "Cuando viajás como viajo yo", cuenta, "¿cómo es Budapest? El sauna del gimnasio del hotel estaba roto y el lugar del show se veía igual al de Bucarest". Visitar bodegas en el camino se convirtió en su forma de salir de ese bucle.
Château Beaucastel la dejó impactada. "Te frena la conversación", dice. "Te quedás tipo: esperá, ¿qué es esto?". Se inscribió en los cursos del Wine and Spirit Educational Trust y después en la extensión de la UCLA.
"¡Buenas noches, Sydney!", gritaba desde el escenario, y después salía corriendo al backstage, abría su computadora, preparaba sus copas de vino y se ponía a estudiar.
"Dejé la secundaria", dice, "pero creo que la educación se desperdicia en los jóvenes. Necesitamos encontrar partes de nosotros mismos antes de poder profundizar de verdad". Ella encontró la suya.
Su trabajo nocturno le permitía una inmersión global en el mundo del vino durante el día. Visitó a Peter Gago en Penfolds Wine, bajó a las cavas y escuchó la historia del "Grange" secreto. Pasó tiempo con el difunto Charly Foucault en Clos Rougeard, en el valle del Loira, cuyo Cabernet Franc se convirtió en uno de sus vinos de referencia. Fue a la cava sin saber nada, con un traductor. Foucault fingió no hablar inglés durante dos horas enteras mientras ella le hacía todas las preguntas que se le ocurrían. Hasta que hizo la pregunta correcta. "De repente saltó hablando un inglés fluido", se ríe. "Y yo estaba como: no te lo puedo creer. Todo este tiempo me estuvo evaluando". Le preguntó si podía quedarse con sus barricas de Cheval Blanc de un solo uso. Él dijo que no. "Yo dije: genial. Comamos".
Ella y su marido, Carey Hart, habían estado viajando en moto a Santa Ynez por 20 años —catando vinos por toda la calle, tímidos al principio de la cuadra y de fiesta al final.
¿Por qué el condado de Santa Bárbara? "Me encantaba la mentalidad de granjero y la naturaleza humilde de estar en una región vitivinícola que no mucha gente conoce". Estaba de gira en Australia cuando encontró la propiedad por internet. Mandó a Carey de vuelta para que fuera a verla. La compró sin haber puesto un pie ahí. "Resulta que las casualidades no existen", me dice. "Ahora soy la custodia de uno de los pedazos de tierra más mágicos del mundo".
P!nk estaba aterrada de que el mundo del vino nunca la tomara en serio
Moore nunca tuvo la intención de comercializar su vino. Lo hacía en un garaje refrigerado, empezando con un solo contenedor "macro bin", porque le encantaba y quería aprender. La enóloga Alison Thomson se sumó como socia y coenóloga después de lo que Moore describe como una entrevista encubierta en una cena.
"Ella no sabía que era una entrevista", dice Moore. "Solo pensaba que yo era la persona más curiosa que había conocido". Thomson sintió la conexión de inmediato. "Apenas empezamos a trabajar juntas, se sintió como estar en casa", cuenta.
Después de años de hacer vino juntas en secreto, Thomson la forzó a dar el paso. "Ella me obligó", dice Moore. "Nunca iba a lanzar el vino. Nos quedamos sin espacio. Yo decía: donalo a eventos escolares". A Moore la frenaba el miedo. "Tenía una necesidad profunda de ser aceptada por la comunidad del vino, y no sé por qué. No soy una persona que necesite ser aceptada, nunca. Pero con el vino, realmente quería que me dieran una oportunidad justa. Quería hacer el trabajo para que me pudieran evaluar con justicia". Algo más íntimo sale a la luz: "Tengo la piel muy dura, pero esa piel dura solo está cubriendo un centro muy blandito. Soy muy sensible, de verdad".
La comunidad del vino la recibió bien. "Literalmente, cada una de las personas me abrió las puertas de par en par, sin juzgarme —quizás con prejuicios, pero se los sacaron rápido". Al año de empezar, frenó la moto en un viaje por Santa Ynez y se puso a llorar desconsoladamente al costado de la ruta. Carey tardó 30 minutos en darse cuenta de que no venía atrás. "Estaba como: no sé qué estoy haciendo. Nadie me va a tomar en serio nunca". Él le dijo que le diera un año más. Ella lo hizo.
Orgánico certificado desde el primer día —y tiene un motivo
Compró un viñedo con certificación orgánica, una base que fue profundizando constantemente. Moore es franca sobre por qué esto importa. "Escuchás historias de terror de un trabajador del viñedo que se cortó con pesticidas en la pierna y ahora es un amputado. Historias reales". Ella vive en esa tierra con sus hijos. Lo que está en juego no es abstracto.
Thomson, que estudió ecología restaurativa antes de dedicarse al vino, piensa en la finca como un sistema. "¿Cómo hacemos para que este sea el sistema más saludable en nuestro viñedo, pero que también tenga un efecto positivo en la zona circundante?". Cultivos de cobertura para sostener insectos benéficos. Plantas nativas. Cajas para búhos y pájaros azules. La salud del suelo como un proyecto a largo plazo. "Ahí es donde empieza todo", dice. "Asegurarnos de que nuestro suelo esté sano: buen drenaje, buenos nutrientes". Señala que están en un área natural relativamente aislada, con una de las densidades de aves más altas del condado. "Es un área natural realmente hermosa. Le das amor al viñedo y él te lo devuelve enseguida".
Moore tiene los ojos bien abiertos sobre lo que la palabra "sustentable" pasó a significar —y lo que no. "Una vez escuché a un enólogo decir: 'Somos sustentables. Pago mi hipoteca'". Hace una pausa. "Me quedé como: guau. Sos un idiota".
Solo el 14% de las mujeres enólogas lo logran. Ella armó un equipo entero con ellas.
Moore armó el equipo de Two Wolves con cinco mujeres, y las razones son menos ideológicas que personales. "En la UC Davis, el 50% de la clase de enología son mujeres. Solo el 14% llega a ser enóloga. Uno de los primeros comentarios que le hicieron a Alison en una bodega fue: 'Pero vos no podés levantar un barril'. Después tenés a una mujer con hijos; esa es 'incontratable'. Intocable. 'Va a tener un bebé. No va a estar acá todo el tiempo. No voy a poder usar y abusar de esta persona'".
Antes de Two Wolves, Moore nunca había tenido una mentora mujer. “No había mujeres realmente a mi alrededor. Estaba rodeada de hombres, que son maravillosos, pero este fue el primer proyecto en el que trabajé con una mujer a cargo. E inmediatamente se sintió como estar en casa”. Los almuerzos de los viernes son obligatorios. "Cuando nos juntamos, es una hermandad. Es absolutamente hermoso. Quiero poder venir a la bodega y quejarme de mi pareja, y que todas en la sala hagan lo mismo. Necesitamos ese espacio".
Thomson, por su parte, reflexiona sobre lo que el proyecto le dio y que no pudo encontrar en otro lado. "Hubo un tiempo en que pensé que iba a tener que dejar la industria del vino porque no veía esa compatibilidad; no veía a nadie que tuviera hijos chicos y estuviera trabajando en la cosecha. Alecia me mostró que eso era posible. Ella permite ese espacio para la familia".
La historia Cherokee detrás del nombre de la bodega
El nombre de la bodega viene de una historia de aprendizaje que Moore llevó consigo la mayor parte de su vida. La cuenta con el cuidado de alguien que la pensó por mucho tiempo. "Es una historia que pertenece a diferentes tribus", dice. "Siempre supe que era una leyenda Cherokee". Nota que Two Wolves está asentada en tierras Chumash.
La historia, tal como ella la cuenta: Una abuela le explica a su nieta que dentro de cada persona viven dos lobos, en guerra. Uno es la codicia, la envidia, la ira, los celos, el egoísmo, el miedo. El otro es la curiosidad, la compasión, la generosidad, el amor. La nieta pregunta qué lobo gana. La abuela responde: El que alimentes.
"Se trata de equilibrio", dice Moore. "Tenemos todo eso adentro, pero ¿a qué estamos alimentando hoy? Un día puede ser mejor que el siguiente". Mira a Thomson, sonriendo. "Ella es mi loba compañera", dice Moore. "Estoy tratando de traerla al lado oscuro".
No se propuso construir una marca de legado. Se propuso aprender. Los vinos —cultivados en 25 acres con certificación orgánica en el condado de Santa Bárbara, elaborados por un equipo de cinco mujeres en cantidades pequeñas— son el subproducto de una década de trabajo serio, difícil y alegre. El valle de Santa Ynez tiene la mayor concentración de mujeres enólogas de cualquier región vitivinícola del mundo, per cápita. Moore no sabía eso cuando llegó, de rodillas en enero con una tijera de podar en la mano. Ahora lo sabe. Se ganó el derecho de saberlo.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.