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Pasaje de "Falstaff" de Giuseppe Verdi en el Met Opera.
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Pasaje de "Falstaff" de Giuseppe Verdi en el Met Opera.
Foto: Ken Howard/Ópera Metropolitan
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Ahora la IA desnuda al que incurre en eludir o cambiar la verdad, y aunque sean mentirillas, el riesgo al descubierto es de alto costo.

27 Julio de 2026 13.20

El cierre de la ópera “Falstaff” de Giuseppe Verdi transmite con alegría la lección de haber dejado atrás enconos, aceptar las cosas como son y asumir los errores cometidos; es una ópera sobre la mentira, pero su desenlace bullicioso termina siendo un gesto de generosidad hacia el mentiroso. 

La vida no es así. 

Verdi tomó el argumento de la comedia de Shakespeare publicada en 1602 con el título “The Merry Wives of Windsor” (Las alegres comadres de Windsor) que trata sobre el intento de Sir John Falstaff por coquetear con dos mujeres casadas, Alice Ford y Meg Page, a las que envía una carta con idéntico texto. 

Ellas descubren la jugada de Falstaff, cotejan las misivas, planifican una venganza y la ejecutan. Falstaff acaba humillado y las mujeres se burlan de él. El final de la obra de Verdi tiene una escena que se diferencia de la de Shakespeare, por el coro de todos los protagonistas, cantando: “Tutto nel mondo è burla (…) L’un l’altro ogni mortal. Ma ride ben chi ride, a risata final”. O sea: “Todo en el mundo es una burla (…) Cada mortal se burla del otro. Pero ríe mejor quien ríe al final”. 

El argumento, que según algunas versiones fue sugerido al escritor por la reina Isabel I de Inglaterra, refiere a un debate eterno sobre la verdad y la mentira, sobre los riesgos de engañar con promesas y de aparentar con actitudes no correspondidas. Sin considerar lo moral, que es un tema en sí mismo, están las consecuencias de la mentira o del ocultamiento de la verdad, lo que vale para líderes políticos en campañas electorales y también para los que ejercen el poder, incluso desde el puesto de oposición. Se trata de pensar el efecto de los actos y asumir que lo que se diga o se haga, tiene siempre consecuencias y hay que evaluarlas previamente. 

Un gobierno requiere credibilidad y no puede hipotecarla; debe cuidar esa relación con la gente, porque sus anuncios, sus pedidos de paciencia y sus mensajes, pasan un filtro de confianza popular. La oposición debe mirar con atención y no incurrir en lo mismo. 

Los gobernantes necesitan transmitir confianza tanto para mantener entusiasmo en la gente, como para conseguir crédito e inversiones. Las expresiones y los modos de transmitir -o sea la gestión de comunicación- es fundamental, pero la clave está siempre en los hechos. 

Si esto fue siempre así, ¿qué es lo nuevo entonces? 

Lo nuevo es que todo está más expuesto que nunca, por el riesgo de observatorio permanente, de archivos con vida propia y de comparaciones de dichos y actitudes en el tiempo, como jamás pudo realizarse. Primero fue el fenómeno de los sitios web y las plataformas de audio y video. Luego, el avance de la inteligencia artificial. 

Todo está registrado y es cuestión de segundos cruzar datos para descubrir contradicciones o barbaridades. Aquellos que subestiman la capacidad de los otros de descubrir datos falsos, manipulados, tergiversados o inventados, consideran que pueden incurrir en un desvío de la verdad, sin que les cueste caso. 

Es un grave error. También sobrestiman su habilidad para sortear problemas cuando los ponen en evidencia: creen que pueden manejar eso y se dan cuenta, cuando están en medio del enredo, que no es así. Hoy la exigencia de credibilidad es más dura y no se admiten “mentiritas piadosas”.

*Este artículo fue publicado originalmente en la edición impresa de Forbes Uruguay de Junio de 2026. Para suscribirte y recibirla bimestralmente en tu casa, clic acá.

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