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Foto: Pexels.

Cómo los jóvenes transforman la ansiedad por el cambio climático en proyectos de impacto

Bill Frist

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Distintas investigaciones muestran que otorgarles poder de decisión puede aliviar el malestar ante el futuro del planeta. Algunas experiencias revelan qué ocurre cuando esa preocupación encuentra un cauce colectivo.

11 Octubre de 2026 20.00

En Estados Unidos, la preocupación por el cambio climático se convirtió en una fuente creciente de ansiedad entre adolescentes y jóvenes, con efectos en el sueño, la concentración y el rendimiento escolar. Sin embargo, distintas investigaciones indican que darles participación real en proyectos ambientales puede ayudarlos a recuperar la sensación de control y transformar ese malestar en acciones concretas.

Grace Olson, estudiante de la Universidad de Sewanee y activista por la sustentabilidad, resumió ese sentimiento durante un encuentro organizado en Tennessee en 2025. "Es una carga adicional para los jóvenes. Es algo más que tenemos que tener en cuenta", afirmó. Su preocupación tiene un origen personal, ya que cuando un derrame ocurrido en una planta de energía de Kingston contaminó cursos de agua, volvió inhabitables numerosas propiedades y cubrió unas 120 hectáreas con cenizas de carbón tóxicas.

Su historia refleja una presión más amplia que atraviesa a esta generación. A las consecuencias de la pandemia se suman el avance de la inteligencia artificial, los cambios en el mercado laboral y el aumento de los fenómenos meteorológicos extremos. Frente a esa incertidumbre, muchos jóvenes comenzaron a organizarse y promover iniciativas que también pueden fortalecer su bienestar emocional.

La ansiedad climática y sus efectos

La Encuesta Nacional de Salud Infantil de Estados Unidos reveló que los diagnósticos de ansiedad entre adolescentes de 12 a 17 años aumentaron del 10% al 16,1% entre 2016 y 2023. Durante el mismo período, los casos de depresión crecieron del 5,8% al 8,4%.

La preocupación por el futuro ambiental es uno de los factores que aparecen con frecuencia en las conversaciones con las generaciones más jóvenes. Investigadores y profesionales de la educación comenzaron a estudiar conceptos como la ansiedad climática, el malestar ecológico y el duelo por la degradación del medio ambiente.

Academia de Naturaleza de Tennessee más pequeña
En Estados Unidos, los diagnósticos de ansiedad adolescente aumentaron del 10% al 16,1% entre 2016 y 2023. (Foto: Bill Frist)

Un estudio internacional publicado en The Lancet encontró que la mayoría de los jóvenes consultados en diez países se mostraba muy o extremadamente preocupada por el cambio climático. Casi la mitad aseguró que ese temor afectaba su vida cotidiana.

La exposición prolongada a imágenes de tormentas, incendios y otros desastres naturales puede reforzar la sensación de que los problemas son demasiado grandes y están fuera del control individual. Las discusiones polarizadas en redes sociales también dificultan la búsqueda de respuestas compartidas. Ese malestar puede alterar el sueño y la concentración, con consecuencias en el desempeño académico. También puede reducir la motivación y condicionar la manera en que los jóvenes imaginan su futuro.

Una investigación reciente concluyó que cerca de uno de cada cinco jóvenes adultos duda sobre la posibilidad de tener hijos debido a la incertidumbre sobre el futuro del planeta. Para muchos, esa preocupación se combina con una sensación de injusticia generacional y con la idea de que las personas mayores no actuaron lo suficientemente rápido.

Frente a estos riesgos, la capacidad de acción puede servir como un elemento protector. Se trata de la capacidad de acción, entendida como la percepción de que las propias decisiones pueden producir cambios concretos.

Actuar para recuperar la sensación de control

Los estudios sobre salud mental infantil y adolescente muestran un patrón consistente. La ansiedad aumenta cuando los jóvenes se sienten impotentes, mientras que su bienestar mejora cuando perciben que sus acciones tienen consecuencias.

Un grupo de voluntarios sonriendo participar en una limpieza ambiental en el bosque, sosteniendo sacos de basura recolectada.
La ansiedad se intensifica cuando los jóvenes sienten que no tienen control sobre aquello que los preocupa. (Foto: Pexels)

Las investigaciones sobre la ansiedad climática identifican tres formas frecuentes de afrontar ese malestar:

  1. La primera está centrada en el problema y lleva a los estudiantes a actuar, aunque puede provocar agotamiento si sienten que ningún esfuerzo individual será suficiente.
  2. La segunda se centra en evitar las emociones negativas. En esos casos, los jóvenes se distancian del tema para reducir la angustia, pero también pueden abandonar cualquier iniciativa vinculada al medio ambiente.
  3. La tercera se basa en encontrar un sentido. Los estudiantes intervienen en aquello que está a su alcance y confían en que otras personas trabajarán en el resto. Este enfoque les permite mantener la preocupación sin perder la esperanza ni la motivación.

Los adultos desempeñan un papel importante en la consolidación de estos patrones. Validar las emociones es el primer paso, pero también hace falta ofrecer responsabilidades concretas que permitan convertir esos sentimientos en experiencias de participación.

Un estudio experimental realizado con personas de entre 15 y 25 años mostró que quienes recibieron mensajes que reafirmaban su capacidad de acción recurrieron con mayor frecuencia a estrategias centradas en la búsqueda de sentido. En cambio, los mensajes que minimizaban esa capacidad no produjeron la misma reducción de la ansiedad.

En la práctica, esto implica permitir que los estudiantes lideren iniciativas de sustentabilidad, planten huertas o participen en la definición de las prioridades ambientales de sus escuelas. Cuando el esfuerzo produce resultados visibles, aumenta la confianza y se fortalece la resiliencia.

La acción colectiva también ayuda a comprender que nadie tiene que enfrentar el problema por su cuenta. Un estudio de Yale observó que los estudiantes involucrados en acciones colectivas, como integrar organizaciones o educar a otros, reportaron menos ansiedad climática que quienes se limitaron a actividades individuales como reciclar o ahorrar energía.

Una joven jardinera con una regadera sentada en un jardín al aire libre iluminado por el sol, vistiendo un sombrero y una camisa de cuadros.
Un estudio de Yale asoció la participación en acciones colectivas con menores niveles de ansiedad climática. (Foto: Pexels)

Estas iniciativas no resuelven por sí mismas los desafíos ambientales globales. Su valor también radica en que permiten recuperar la sensación de control y alientan a los jóvenes a transformar sus comunidades.

El liderazgo juvenil ya produce cambios

Activistas veinteañeros con posiciones políticas diferentes, como la sueca Greta Thunberg y el ambientalista conservador estadounidense Benji Backer, consiguieron instalar los desafíos ambientales en el debate público. Sus trayectorias muestran que la preocupación por el futuro puede superar las divisiones ideológicas.

En las universidades, los estudiantes también participan en conversaciones sobre soluciones concretas. "Creo que es el momento de actuar y que mi generación comparte esa opinión", afirmó Grace. Para ella, los jóvenes pueden impulsar cambios a través del diálogo. Además, ella y sus compañeros proponen alternativas vinculadas a la infraestructura, la conservación y la planificación a largo plazo. Su trabajo permite observar cómo una preocupación personal puede convertirse en una iniciativa de alcance colectivo.

En las escuelas secundarias de Tennessee, el Programa Climático Juvenil del Pacto del Río Cumberland capacita a los estudiantes para definir prioridades, educar a sus comunidades y asumir responsabilidades en proyectos ambientales locales. También existen organizaciones y programas comunitarios que combinan la educación ambiental con la experiencia práctica. Uno de ellos es 4-H, un programa nacional de desarrollo juvenil de Estados Unidos que trabaja con actividades como la cría de animales, el cultivo de huertas y el estudio del suelo, el agua y los ecosistemas.

La participación comienza incluso en la escuela primaria. En la institución Julia Green de Nashville, un grupo de alumnos creó el "Equipo Verde" para promover prácticas sustentables y fomentar conversaciones entre las familias y los docentes. Durante un simposio realizado en septiembre de 2025 por SCORE, una organización de Tennessee dedicada a promover mejoras educativas, esos estudiantes organizaron el compostaje de los residuos generados durante el almuerzo.

Qué pueden hacer los adultos

Una mano sostiene suavemente un brote joven en la tierra, simbolizando el cuidado y el crecimiento.
Las iniciativas ambientales lideradas por estudiantes ya alcanzan a escuelas primarias y secundarias de Tennessee. (Foto: Pexels)

Los jóvenes ya aportan ideas, energía y voluntad de liderazgo. La responsabilidad de educadores, directivos escolares, familias y referentes comunitarios es garantizarles espacios en los que su participación tenga consecuencias concretas. Con frecuencia, los adultos intentan resolver los problemas complejos sin incluir a quienes vivirán durante más tiempo con sus resultados. Incorporar a los estudiantes mejora las soluciones y fortalece su confianza y bienestar emocional.

Hay tres maneras concretas de acompañarlos:

  • Escuchar: los adultos no tienen que coincidir con cada propuesta, pero prestar atención demuestra que las perspectivas y los temores de los jóvenes son válidos. Antes de actuar, necesitan espacios en los que puedan procesar emociones como la desesperación, el dolor o la ira.
  • Crear oportunidades reales de participación: las escuelas y organizaciones comunitarias pueden formar consejos estudiantiles, impulsar proyectos de sustentabilidad y generar alianzas con gobiernos locales o con entidades conservacionistas. 
  • Reforzar los valores compartidos: los programas de reciclaje, las huertas escolares y las propuestas de conservación suelen reunir a personas con posiciones distintas en la política climática. El cuidado de la comunidad puede convertirse en un punto de encuentro.

El cambio ambiental tiene consecuencias reales para la salud física, emocional y psicológica. Para Bill Frist, cirujano cardíaco y pulmonar, legislador y fundador de SCORE, esas dimensiones deben abordarse de manera conjunta. Según explicó, los jóvenes líderes con los que conversó organizan limpiezas comunitarias, cultivan alimentos, educan a sus compañeros y orientan sus decisiones profesionales hacia actividades que les permitan generar cambios. Comprenden la magnitud del problema, pero también identifican lo que está a su alcance.

Cuando reciben oportunidades para liderar, el estrés puede transformarse en motivación y la ansiedad puede dar paso a la acción. El futuro deja de percibirse como algo que simplemente les ocurrirá y empieza a convertirse en algo que también pueden construir. La próxima generación está preparada. La responsabilidad de los adultos es garantizarle la oportunidad de participar.

*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com.

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