Durante años, el liderazgo pareció reservado a quienes tenían todas las respuestas. O, al menos, a quienes podían transmitir esa certeza. La lógica era entendible. El acceso a los puestos de mayor responsabilidad pedía una vida profesional casi dedicada por completo a un sector, conocimiento fino de sus engranajes internos y una renuncia tácita a buena parte del resto para construir autoridad paso a paso. Nadie llegaba a la oficina principal por haber probado un poco de todo. Se llegaba después de saber más que los demás y de sostener esa profundidad durante más tiempo que la mayoría.
Las posiciones ejecutivas, los cargos de SVP y las gerencias más buscadas quedaban al final de una escalera extensa, exigente y cada vez más estrecha. Quienes la subían acumulaban credenciales visibles. Quienes trabajaban bajo su mando reconocían ese recorrido. Ese tipo de líder, y las expectativas que se armaron a su alrededor, aún forman parte de muchas compañías.
Sin embargo, la irrupción de la inteligencia artificial cambió las reglas. Pretender conducir equipos con las mismas herramientas que sirvieron hasta acá difícilmente alcance para llevar a las organizaciones al lugar que ahora necesitan.
El modelo que fue y no volverá
En muchas oficinas, la escena cotidiana se parece a una línea de montaje, aunque pocos la definan así.
La entrada a esa cinta empezó temprano. Pudo ser la guardería, el jardín de infantes o la escuela primaria. El punto importó menos que el diseño del recorrido. En algún momento, una institución con buenas intenciones tomó el control y ordenó una secuencia de etapas. Cada puerta marcó una medición del progreso, una evaluación del aprendizaje y una señal de avance hacia las competencias que cada persona cargó después al trabajo.
Después llegaron la secundaria, la universidad, los posgrados, las capacitaciones corporativas y los créditos de educación continua. Así funcionó el circuito. El empleo operó como la instancia decisiva, el lugar donde esas capacidades se pulieron, se contrastaron con la realidad y ganaron espesor. Cuando el plan salió como estaba previsto, la experiencia sumó profundidad, el recorrido sumó legitimidad y apareció un cargo que parecía certificar el derecho a ejercer liderazgo.
Los equipos aceptaron esa autoridad porque reconocieron la inversión detrás de cada ascenso. Entendieron que quien ocupaba ese lugar sabía más que ellos. Esa diferencia sostuvo una autoridad silenciosa, casi automática, que no necesitaba explicaciones.
Esa postal empezó a resquebrajarse con la llegada de la IA.
Porque hoy casi ningún líder, si todavía existe alguno, puede competir con el volumen de ideas, respuestas y resultados que una persona curiosa consigue en una tarde intensa con buenos prompts. La distancia de conocimiento que durante años hizo comprensible la autoridad del liderazgo se reduce a una velocidad que ningún programa de educación ejecutiva parece capaz de alcanzar. @@FIGURE@@
La mayoría de los líderes con los que hablé percibe ese quiebre con nitidez. La idea de que “el jefe sabe” ya no sostiene la autoridad con la fuerza de antes. Tampoco alcanza con actualizarse sobre los últimos modelos de IA o leer los informes más recientes de la industria para recuperar una ventaja estable, porque el terreno cambia todo el tiempo.
Lo que hace falta es una mirada distinta. Ese giro empieza por poner el centro en las personas que dependen de cada líder y en la manera en que puede ayudarlas a aprender, crecer y hacer su mejor trabajo en un contexto marcado por una incertidumbre enorme.
Al final, siempre se trató de ellos
Algunos líderes despiertan admiración por su dominio técnico. Pero los que permanecen en la memoria, los que se recuerdan con verdadero afecto, suelen ser quienes hicieron que otros se sintieran vistos y escuchados. Fueron quienes confiaron en una versión de cada persona que todavía no aparecía del todo.
Esa verdad no es nueva. La evidencia resulta clara por su propia sencillez. Cuando un líder dedica su energía a probar que es la persona más inteligente de la sala, probablemente armó la sala equivocada.
El liderazgo, en su mejor expresión, amplifica las capacidades de los demás. Cada hora invertida en demostrar inteligencia individual es una hora menos para construir el tipo de espacio donde pueden surgir ideas mejores, decisiones más sólidas y equipos más capaces.
Stephan Meier, de Columbia Business School, desarrolla una lectura poderosa de este punto en su libro The Employee Advantage. Su tesis sostiene que los líderes y las organizaciones que ponen en el centro la experiencia y el crecimiento de sus empleados, en vez de tratar al talento como un recurso para exprimir, superan de manera sostenida a quienes eligen otro camino.
El verdadero multiplicador siempre estuvo en aquello que los líderes pueden activar en sus equipos. El salario, los beneficios y los cargos pesan, pero quedan por detrás de una necesidad más profunda. Las personas quieren sentir que su trabajo tiene sentido y que quien las lidera se interesa de verdad por ellas y por el camino que construyen.
Visto así, el momento de la IA deja de parecer una amenaza existencial y empieza a leerse como una autorización demorada durante demasiado tiempo. Un permiso para abandonar la obligación de tener todas las respuestas.
Por primera vez en mucho tiempo, el liderazgo puede volver a concentrarse en aquello que siempre hizo mejor. Ayudar a otros a desplegar su talento, tomar mejores decisiones y hacer el trabajo más importante de sus carreras.
Así se empieza.
La corona pesa. Así se lleva
Lo primero que vale la pena reconocer es que los estilos de liderazgo se forman durante toda una vida. Por eso, no se transforman con un solo artículo, una charla inspiradora en una conferencia o una declaración de valores enmarcada en el lobby.
Un cambio real en la forma de liderar requiere algo más cercano a lo que la entrevista motivacional describe como un ajuste de cuentas genuino: un reconocimiento honesto de dónde estamos, apertura a algo distinto y voluntad de convivir con la incomodidad de esa transición antes de que cualquier nueva conducta eche raíces.
Entonces, empecemos por la versión honesta de dónde estamos.
Los viejos tiempos no van a volver. Ya no te buscan, principalmente, porque sabés más. Te buscan por claridad de visión, por firmeza cuando el mar está agitado, por el coraje de marcar un rumbo cuando nadie más lo hace y por la empatía necesaria para mantener a las personas unidas mientras encuentran su propio equilibrio. @@FIGURE@@
De hecho, eso era lo que las personas buscaron desde el principio, incluso en los días en los que acudían a vos porque eras el máximo especialista entre los especialistas. Simplemente estábamos demasiado ocupados en subir la escalera como para darnos cuenta.
Esto también significa que necesitamos un vocabulario más generoso para describir lo que tantos líderes sienten ahora. El síndrome del impostor se volvió el marco por defecto, pero ya no encaja del todo con este momento, porque hoy absolutamente nadie se siente al día con todo.
La pregunta más útil es otra: ¿qué necesitan realmente de vos las personas que dependen de tu liderazgo para crecer? Y, en este momento, la respuesta es bastante clara.
Necesitan que sostengas la estrella del norte.
Definir una visión y una misión convincentes es la parte más pesada de la corona, y también la parte que ninguna IA va a cargar por vos.
Pensalo menos como dirigir una fábrica, donde cada insumo y cada resultado están definidos de antemano, y más como capitanear una expedición.
Sabés, a grandes rasgos, hacia dónde vas, pero no conocés la ruta exacta. El equipo necesita creer lo suficiente en el destino como para atravesar con vos la incertidumbre entre el punto de partida y la llegada.
Una vez definido el rumbo, tu trabajo es despejar el camino.
Dales a las personas la estrategia y el apoyo necesarios para que recorran su propio terreno. Equipalas con las herramientas y la autoridad para tomar decisiones. Resistite al impulso de planificarlo todo y controlar cada detalle; convertí a tu equipo en exploradores. Confiá en que las personas más cerca del trabajo ven cosas que vos no podés ver.
Y, si no hacés nada más, dedicá tus días a quitar obstáculos.
Reducí la fricción burocrática. Protegé el tiempo y la concentración de tu gente. Defendé lo que necesitan. En este momento en particular, un líder que hace eso bien hace algo realmente difícil y realmente valioso.
Las escaleras de la experiencia volverán a importar. Cuando las aguas se calmen, el conocimiento acumulado que te llevó años construir volverá a encontrar su lugar.
Pero, por ahora, fijá la vista en la estrella del norte y guiá hacia ahí a las personas que cuentan con vos.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com