Valeria Csukasi no suele ocupar las primeras planas, pero su nombre es conocido y respetado tanto dentro como fuera del ámbito público, cuando se habla de negociación internacional. Funcionaria de carrera en Cancillería desde 2002, su recorrido profesional se construyó en espacios donde las decisiones no siempre son visibles, pero sí determinantes para la inserción internacional de Uruguay.
Desde sus primeros años quedó vinculada a temas económicos y comerciales, en particular en ámbitos multilaterales como la Organización Mundial del Comercio (OMC), que marcaron buena parte de su formación, algo que también agradece a los jefes que tuvo y que apostaban por el talento joven.
Esa experiencia, sumada a los destinos que ocupó durante su carrera, moldearon un perfil claramente orientado a la negociación, donde la capacidad técnica, la lectura del contexto y la construcción de confianza son elementos centrales.
Ese camino tuvo uno de sus puntos más altos en la gestión del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, un proceso que llevó casi tres décadas —se cerró en 2019—, y que recién en enero de 2026 logró tener el respaldo político de ambos bloques.

Csukasi fue la jefa negociadora por Uruguay en la etapa final, una instancia donde los equilibrios entre intereses productivos, sensibilidades políticas y estrategias de largo plazo exigieron un trabajo fino y sostenido.
Reconocida por el sector privado como una negociadora sólida, con consistencia técnica y capacidad de diálogo, defiende el rol de los equipos profesionales en un terreno donde muchas veces predominan las decisiones políticas.
Hoy, desde la vicecancillería, sigue de cerca la implementación del acuerdo y una agenda comercial más amplia, en un escenario internacional más fragmentado y exigente para países como Uruguay. A continuación, extractos del diálogo que mantuvo con Forbes Uruguay.
¿Cómo se forma un negociador? ¿Se aprende o se tiene?
No es algo que puedas estudiar solamente, porque muchas veces lo que te enseñan está bastante alejado de la realidad. Se adquiere con la práctica, aprendiendo de quienes lo hacen bien y de quienes lo hacen mal. La particularidad del ámbito multilateral es que estás sentado con 150 o 160 países y ves todos los estilos posibles.
Ves cómo los grandes logran resultados, muchas veces por su propio peso, pero también aprendés mucho de los medianos o chicos, que encuentran la forma de hacerse escuchar y de incidir en las decisiones. Por eso, más allá de que uno pueda tener cierta inclinación personal, es una formación constante. Y ahí la Cancillería tiene un rol clave en formar negociadores, porque es algo que se construye con los años.
De todos los procesos en los que participaste, ¿el acuerdo UE-Mercosur fue el más complejo?
El multilateralismo aún es lo más difícil y frustrante. Haber estado recientemente en una conferencia ministerial de la OMC lo vuelve a confirmar. Son ámbitos donde es muy difícil avanzar. Mercosur-Unión Europea tuvo una significancia especial. Fueron 27 años de negociación y muchas veces fue catalogada como una de las más difíciles de concluir, por las diferencias entre países agroexportadores e industriales. Haber estado en las etapas más definitorias hace que lo viva como un proceso muy cercano.

¿Cómo ves hoy el estado del multilateralismo?
Es difícil para un país como Uruguay imaginar que no va a haber un nuevo multilateralismo, reforzado o modernizado, porque es evidente que el esquema actual no funciona. Pero también hay cuestiones complejas: hoy el sistema puede quedar rehén de uno o dos países que bloquean avances, incluso cuando hay una mayoría clara. Eso hace que muchos empiecen a buscar alternativas en acuerdos regionales o bilaterales. Es un proceso que ya lleva varios años, diría dos décadas. En esa búsqueda, Uruguay quedó algo rezagado frente a otros que compiten con nosotros y que sí avanzaron en acuerdos. Por eso hoy el desafío es estar en los ámbitos donde se discuten las reglas del comercio. Después veremos en qué se transforma ese sistema, pero lo importante es no quedar afuera.
El acuerdo con la Unión Europea entra el 1º de mayo en fase de implementación. ¿Qué cambia hacia adelante?
Durante mucho tiempo se dijo que el hecho de no cerrar el acuerdo con la UE funcionaba como una excusa para no avanzar en otras negociaciones. De alguna manera, este acuerdo destraba esa situación y deja la agenda más limpia. Hoy hay expectativas de avanzar con Canadá, Emiratos Árabes Unidos, retomar Corea y eventualmente explorar nuevos vínculos con países del sudeste asiático. También hay que pensarlo en conjunto con otras alternativas, como el Transpacífico o convenios más amplios en Asia como el RCEP. Es un escenario donde hay muchas fichas en juego. Tenemos que avanzar en todas porque necesitamos tener cada vez más comercio cubierto por acuerdos, tanto por una cuestión arancelaria como por la necesidad de reglas claras.
¿La Cancillería tiene hoy los equipos técnicos para sostener esa agenda?
No es solo Cancillería. Participan también los ministerios de Economía, Ganadería, Industria y otras instituciones. Los equipos negociadores se mantuvieron bastante estables en los últimos 20 años y los jóvenes se siguen formando. Lo importante es continuar esa apuesta, porque con una agenda cada vez más intensa necesitás más personas. Lo que no puede pasar es que Uruguay no avance por falta de recursos o de equipos. Eso en el pasado ocurrió y sería un error repetirlo.
En una entrevista cuestionaste la cantidad de embajadores políticos en la Cancillería. Luego trascendió que hubo cierto malestar en Presidencia, ¿te llegó algún comentario sobre este tema?
Para nada hubo ningún tipo de llamado ni cuestionamiento. En realidad, a veces hay confusiones sobre lo que se planteó. La propuesta de reducir la cantidad de embajadores políticos no es algo personal, sino que forma parte de una iniciativa de este propio gobierno. Lo que se propuso en la Ley de Presupuesto fue, en un plazo de diez años, reducir esas posiciones para llegar a un máximo de cinco (hoy son 20 aproximadamente) en 2035. La idea es que sea una política de Estado, no de un gobierno en particular, y avanzar hacia una mayor profesionalización del servicio exterior.
Esa propuesta finalmente no prosperó. ¿Cuál es tu lectura al respecto?
El Ejecutivo cumplió con presentar la propuesta, pero no fue acompañada en el Parlamento. Hoy está en la Comisión de Asuntos Internacionales del Senado, para ser discutida en el momento que se entienda conveniente.
En estos días se discute el reparto de cuotas dentro del Mercosur con la Unión Europea. ¿Cómo está ese proceso?
La discusión recién empezó y es esperable que se resuelva cerca de la fecha límite. Hay muchos trascendidos, pero no hay que guiarse por eso. Uruguay tiene una ventaja importante, que es el contacto permanente con quienes están participando en las discusiones, tanto dentro del gobierno como con el sector privado. Eso permite seguir de cerca el proceso sin caer en la ansiedad. El Mercosur tiene que llegar con una definición antes del 1º de mayo. No hacerlo sería una pérdida de credibilidad muy grande y un golpe para el sector exportador que esperó este acuerdo durante años.
¿El Mercosur necesita cambios en su estructura para negociar mejor?
Creo que no necesita más supranacionalidad. Al contrario, necesita más pragmatismo y más espacio para que los países puedan avanzar en sus propias agendas. El Mercosur no aspira a ser la Unión Europea y no tendría sentido forzar ese modelo. En el pasado se intentaron figuras más centralizadas y no funcionaron. Lo que se requiere es que el bloque funcione mejor en lo que se propuso.
Más allá de la agenda externa, el bloque todavía tiene problemas internos.
Es cierto que aún hay dificultades en la libre circulación de bienes y servicios. Eso genera frustración y es parte de las deudas pendientes del proceso de integración. La expectativa es que acuerdos como el de la Unión Europea ayuden a ordenar esa agenda interna y a avanzar hacia una integración más efectiva.
¿Qué te gustaría dejar como balance de tu gestión?
Hay un plano interno y uno externo. En lo interno, hay una deuda importante en términos de modernización de la Cancillería, de desburocratización y de adaptar la estructura a los desafíos actuales y no a una Cancillería de hace más de 100 años. En lo externo, me gustaría ver un Uruguay más presente en el mundo, que recupere su lugar como referencia en temas como derechos humanos y en la defensa de reglas claras. Un Uruguay que dialogue, construya y que esté en los espacios donde se toman decisiones.