Qué ver: Marty Supremo, el ganador más perdedor de la historia
Con un Globo de Oro y un premio Critics' Choice Movie Awards a la actuación de Timothée Chalamet, es la historia casi verdadera sobre un egocéntrico jugador de ping pong que tropieza contra su propio ego. Es una vertiginosa y divertida película con una buena banda de sonido.

Debido a que estamos formateados con historias de deportistas bajo el modelo de Rocky, esperamos que una película basada vagamente en la historia real de un jugador de ping pong repita el formato. Secuencias de entrenamiento, mentores, aciertos y errores, tenacidad, grandes gestas y cierta nobleza que viene de la humildad. Sin embargo, hay poco de eso en Marty Supremo, una película arrolladora.

Demasiada confianza

Timothée Chalamet es un joven vendedor de zapatos neoyorquino que sueña con triunfar en la escena del ping pong. Es bueno y cree que es el mejor. Así se lo hace saber a todo el mundo de una manera apasionada y demasiado ansiosa. Porque Marty está desesperado por salir de su vida cotidiana, en la que hay una amante que queda embarazada durante los primeros tres minutos de la película sin que él lo sepa.

Marty Supremo. Foto: Difusión.

Él está dispuesto a todo para llegar a competir en las grandes ligas. Es un don nadie, pero confía en que su nombre podría vender unas pelotas de ping pong pintadas de naranja. Y así, intenta convencer a un inversor para que financie su producción. De este modo, Marty empieza a tropezar con su propio ego.

De ahí en más, todo es una montaña rusa de tropelías, intentos desesperados de conseguir el viaje soñado para competir en Japón, estafas, robos, mentiras y enredos de todo tipo. Marty Supremo es una película extremadamente divertida y muy vertiginosa, que corre a la velocidad de una pelota de ping pong que rebota entre las paletas de dos buenos jugadores.

Es de la clase de historias en la que todos los personajes están en constante tensión, gritándose y corriendo sin parar. Es, también, de las películas que parecen haber sido hechas a la medida de sus actores y no para otros.

Junto a Chalamet está Gwyneth Paltrow, quien vuelve a  la actuación después de un retiro de cuatro años. Su vuelta es más que significativa, porque interpreta a una famosa actriz de teatro con la que Marty se cruza casualmente y ambos se enredan en una relación y un par de reveses que no hacen más que mostrar los costados oscuros de sus personajes. Porque si hay algo que caracteriza esta historia, es que casi no hay personaje que no tenga un costado manipulador.

Detrás de cámaras

El director y coescritor es Josh Safdie, realizador de Uncut gems, aquella película de Netflix en la que Adam Sandler sorprendía con un papel de los que se dicen “serios”. Del mismo modo que en aquella, en Marty Supremo el director aplica una gran velocidad a los diálogos y filma de tal manera que genera la sensación de que se está ahí, entre los personajes y en sus ambientes. 

Marty Supremo. Foto: Difusión.

En este caso, además, se permite incluir una buena cantidad de cameos y papeles secundarios para grandes figuras de diversos ámbitos. Ahí están Fran Drescher (La niñera), el director de culto Abel Ferrara, el escritor David Mamet, el histórico periodista Larry Sloman (como el tío de Marty) o el rapero Tyler the creator (como su compañero de andanzas) más periodistas y varias personalidades de Internet. 

A Safdie la caen bien los sinvergüenzas y embaucadores de ficción, los que proceden a las apuradas en algún intento por hacer más o menos dinero. Estafadores que son menos vivos de lo que se creen, que actúan torpemente y que, en parte, luchan consigo mismos. En ese sentido Chalamet hace un gran papel como este joven egocéntrico que cree que puede ser campeón mundial, aunque se vea obligado a jugar partidas casi payasescas (una es con un lobo marino, por ejemplo) para ganar algo de dinero. 

La plata, por supuesto, siempre le es escurridiza y las personas que trata de enredar para perseguir su propósito de viajar a las competencias fuera de Estados Unidos, suelen ser más listas que él. Incluso más perversas en varias ocasiones. 

Drama que provoca entusiasmo

Desde el principio lo que llama la atención es la banda de sonido. Si bien la historia transcurre en los años cincuenta, la primera canción que suena es de los años ochenta, Forever young, de Alphaville. La última es Everybody wants to rule the world, de Tears for fears. En esta película, la música le habla directamente al espectador y, además de sostener el ritmo, refuerza la historia y lo que atraviesan los personajes internamente. 

Marty Supremo. Foto: Difusión.

El recurso de utilizar música que notoriamente es de un tiempo distinto al de la ficción que se cuenta no es nuevo. Suele funcionar por contraste, como en María Antonieta de Sofía Coppola. Y en Marty Supremo le aporta mucho a la historia. 

Si bien Marty está siempre al límite o más allá de la desgracia, sus intentos desesperados llevan la trama entre la música y el ping pong, del que no hay tanto como cabría esperar. De hecho, parece que está más confiado en un talento innato que solo él identifica, que en la práctica disciplinada de un deportista. Él, junto a sus compañeros, son una suerte de marginales que intentan sobrevivir como pueden. 

El cine estadounidense y sus fórmulas saben resolver esta clase de historias con oficio. Donde podría haber solo lamento, hay risas o expresiones de asombro ante las situaciones en las que se meten. 

Donde podría haber resoluciones tristes, hay algún que otro aprendizaje que no deja la historia en el vacío. Donde podría haber solo crítica al espíritu competitivo estadounidense y su postura en el escenario internacional, hay un comentario sobre un héroe fallido y la transformación que podría atravesar.