Jacob Coxon trabajó durante tres años en OpenAI y Anthropic, dos de las compañías que lideran la carrera por desarrollar los modelos de inteligencia artificial más avanzados del mundo. Tras dejar su puesto en esta última, cuestionó la velocidad que alcanzó la industria y advirtió sobre los riesgos de crear una superinteligencia sin contar antes con mecanismos para controlarla.
Coxon anunció su decisión en una publicación en X y lanzó una acusación directa contra ambas compañías. “Ninguna de las dos empresas actúa con responsabilidad”, escribió. “Corren derecho hacia una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma y apuestan con nuestras vidas”, señaló. Su mensaje ya superó las 50 millones de visualizaciones y puso en primer plano un debate que atraviesa a los propios investigadores encargados de construir estos sistemas.
La preocupación no se limitó únicamente a un exempleado. Evan Hubinger, que continúa en Anthropic y lidera un equipo que pone a prueba los modelos para detectar comportamientos inesperados o peligrosos, respaldó el diagnóstico con una respuesta pública en X: “Jacob tiene razón. De verdad creemos que la IA podría matar a todos los humanos. ”. También afirmó que Anthropic “todavía no tiene un plan para alinearnos con una ‘superinteligencia’” y que no está claro si llegará a tenerlo.
El desafío planteado por Hubinger consiste en conseguir que una IA mucho más avanzada que la actual mantenga objetivos compatibles con los intereses humanos y no actúe de una forma que sus creadores no puedan controlar.
Quién es Jacob Coxon
Coxon es británico, tiene formación en matemáticas y dedicó los últimos tres años al preentrenamiento de modelos de IA, la etapa en la que estas tecnologías procesan enormes cantidades de información para desarrollar sus capacidades. Según Business Insider, integró el equipo técnico de OpenAI entre 2023 y julio de 2026 y participó en trabajos relacionados con GPT-4o. Después pasó a Anthropic, una compañía que durante años hizo de la seguridad de la IA uno de sus principales argumentos frente a sus competidores. Su experiencia ahí duró apenas dos meses.
El investigador señaló diferencias entre las culturas de ambas compañías, aunque llegó a una conclusión crítica sobre ambas. Según escribió, en OpenAI muchos “no internalizaron lo que está en juego para la civilización”. En Anthropic, sostuvo, existe una mayor conciencia de esos peligros, pero la empresa quedó atrapada en una carrera por llegar primero porque considera que sus rivales tampoco actuarán con responsabilidad.
Si una empresa frena y las demás continúan, corre el riesgo de quedar rezagada en el desarrollo de sistemas más potentes. Si mantiene el ritmo, acepta riesgos que sus propios investigadores consideran importantes. Su veredicto fue tajante y sostuvo que entrar en esa fase final “es una apuesta soberbia que no debería lanzarse desde el Slack de una empresa privada”.

En una entrevista con The Wall Street Journal, Coxon planteó, además, un horizonte temporal cercano. “Estamos en camino a muchos de los escenarios más agresivos, donde a fines del año que viene las cosas ya podrían estar fuera de control”, afirmó. También contó que entre sus colegas se usan expresiones como “hora límite” y “fase final” para describir hacia dónde avanzan las capacidades de los modelos.
Las renuncias que encendieron alertas antes
Coxon tampoco fue el primer investigador que abandonó uno de los principales laboratorios de IA por diferencias relacionadas con la seguridad. En febrero de 2026, Mrinank Sharma, investigador especializado en seguridad de IA en Anthropic, renunció y publicó una carta sobre “lo difícil que es dejar que nuestros valores gobiernen nuestras acciones”. Otro cuestionamiento surgido dentro de una compañía que construyó buena parte de su identidad alrededor del desarrollo responsable de la IA.
En 2024, Jan Leike, entonces investigador de seguridad de OpenAI, también dejó la empresa. Al explicar su salida, cuestionó el lugar que ocupaban las políticas de seguridad dentro de la compañía y sostuvo que habían quedado “en el asiento trasero, frente a los productos brillantes”. Su renuncia se sumó a otras salidas de especialistas que, después de trabajar en el desarrollo de modelos avanzados, expresaron preocupación por la velocidad con la que avanza la carrera por la IA.

Anthropic también modificó este año su política para controlar los riesgos asociados a modelos cada vez más potentes. En febrero, la compañía presentó una nueva versión de su Política de Escalamiento Responsable, que reemplazó parte de los compromisos más estrictos por hojas de ruta con objetivos públicos e informes periódicos sobre los riesgos de sus sistemas. La decisión reflejó una de las tensiones que Coxon cuestionó al dejar la empresa, ya que Anthropic reconoce los posibles peligros de estas tecnologías mientras mantiene la competencia por desarrollar modelos cada vez más avanzados.
Una turbulencia previa a la salida a Bolsa
La renuncia llegó en un momento particular para Anthropic. La compañía detrás de Claude prepara su desembarco en Wall Street y, según las apuestas del mercado de predicciones, podría alcanzar una valuación de hasta US$ 2 billones y recaudar hasta US$ 100.000 millones en una eventual salida a bolsa, cifras que, de concretarse, la colocarían por encima de SpaceX.
Sin embargo, el calendario cambió. El 8 de septiembre, la tecnológica retrasó su OPI y avanzó con una línea de crédito por US$ 15.000 millones. La operación, encabezada por Morgan Stanley y respaldada por 17 bancos, le dio mayor margen financiero mientras define los plazos para su debut bursátil.