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El síndrome del "éxito moderno": cada vez más personas son infelices en pleno éxito laboral

Nell Derick Debevoise Colaborador

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Aunque acumulan logros visibles, sueldos altos y reconocimiento profesional, muchos trabajadores de alto rendimiento sienten un malestar persistente que no se resuelve con más esfuerzo ni cambios superficiales. Qué hay detrás de esta insatisfacción que crece en silencio.

26 Enero de 2026 10.47

"Definí el éxito por tu cuenta". Es uno de los consejos más repetidos para personas de alto rendimiento que no terminan de sentirse cómodas con sus vidas. Y, a simple vista, suena alentador. ¿Quién no querría ser el autor de su propia historia de éxito? Pero para muchas personas capaces y lúcidas, esa frase puede golpear más de lo que ayuda.

Hicieron el trabajo. Tienen claros sus valores. Pusieron límites. Esquivaron las trampas más obvias del apuro constante. Sin embargo, algo no encaja. No está todo mal, pero hay una incomodidad que persiste.

En teoría, tienen éxito. En la práctica, la satisfacción no se manifiesta del todo. Esa distancia no es un fracaso individual. Es algo estructural.

Los límites de “definí el éxito por tu cuenta”

El problema de ese consejo es que plantea el éxito como una decisión individual e interna, como si se definiera en el vacío.

El éxito se moldea según el contexto. Depende de los sistemas en los que trabajamos, de las personas a las que respondemos y del momento histórico que nos toca atravesar.

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El éxito se moldea según el contexto. 

Hoy convivimos con crisis que se enciman: incertidumbre económica, agotamiento generalizado, problemas de salud mental cada vez más extendidos, estrés ambiental y una fragmentación social que no se detiene. En ese escenario, las ideas simples sobre qué significa tener éxito no solo resultan insuficientes. Se caen a pedazos.

Podés definir el éxito como quieras. Pero si esa definición no tiene en cuenta la realidad, no va a sostenerse.

Las historias de éxito que heredamos

La mayoría de los modelos de éxito con los que crecimos arrastran algunas ideas implícitas. Que el éxito depende de lo individual, que se alcanza a través del esfuerzo personal. Que es algo estático: una vez que se logra, debería mantenerse estable. Y que es infinito: cuanto más, mejor.

Quizás esas suposiciones hayan servido en contextos más simples. Pero no funcionan en sistemas complejos.

Cuando el éxito se apoya en una sola dimensión —ya sea dinero, estatus, impacto o incluso bienestar personal—, se vuelve frágil. Requiere un esfuerzo permanente para sostenerlo. Y muchas veces termina sacando más de lo que da.

Esa fragilidad se expresa como culpa ("¿Por qué no soy más feliz?"), como inquietud ("¿Esto era todo?") o como una presión constante por seguir actuando, incluso cuando los resultados ya no acompañan.

Por qué la satisfacción se desvanece a medida que te acercás

Una de las experiencias más desconcertantes para quienes tienen un alto rendimiento es esta: cuanto más cerca están de aquello que creían desear, peor se sienten.

No se trata de que el éxito sea vacío. El problema es que está incompleto.

La satisfacción no nace solo del logro. Aparece cuando el esfuerzo se reparte entre distintas áreas de la vida: la forma en que trabajamos, cómo nos vinculamos y cómo descansamos.

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Cuando el éxito se apoya en una sola dimensión —ya sea dinero, estatus, impacto o incluso bienestar personal—, se vuelve frágil.

Cuando una de esas partes se sobrevalora, todo el sistema pierde estabilidad. Y si se descuida una, el desgaste es inevitable.

En sistemas complejos, el desequilibrio no suele hacer ruido. Se presenta de forma silenciosa: como fatiga, irritabilidad, falta de perspectiva o esa sensación persistente de estar sosteniendo algo en vez de vivirlo.

El éxito es relacional, no individual

Otro mito que conviene dejar atrás es la idea de que el éxito se construye en soledad.

Incluso las trayectorias más autodidactas dependen de redes de apoyo invisibles: colegas, familiares, mentores, sistemas y comunidades. Ignorar esas interdependencias mientras se busca el éxito suele llevar al aislamiento.

Un éxito más duradero se apoya en los vínculos. Fortalece a las personas y a los sistemas que alcanza, en lugar de debilitarlos. Entiende que el impacto no es una consecuencia tardía, sino que forma parte de cómo se construye el éxito desde el inicio.

Esto cobra más relevancia —no menos— en contextos de tensión generalizada. En medio de una policrisis, un éxito limitado termina generando costos que, tarde o temprano, hay que pagar.

Una definición más viable del éxito

Una forma más realista de pensar el éxito es entenderlo como algo multidimensional.

Esa mirada se plantea preguntas distintas:

  • ¿Esto sostiene mi energía, no solo mi capacidad de producir?
  • ¿Fortalece mis vínculos en lugar de desgastarlos en silencio?
  • ¿Aporta a algo más grande sin que yo tenga que desaparecer en el intento?
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Una forma más realista de pensar el éxito es entenderlo como algo multidimensional.

Ese tipo de éxito no es rígido. Se adapta. Cambia cuando cambian las condiciones. Y está pensado para resistir el contacto con la vida real, no para funcionar solo en escenarios ideales.

La pregunta, entonces, no es si vas a tener éxito. La cuestión es si tu éxito puede sobrevivir a tu vida real. Si la respuesta no está clara, no significa que tengas que dejar de lado la ambición. Es una señal para rediseñar el éxito de forma que pueda sostenerse en medio de la complejidad, la responsabilidad y el cambio.

En una cultura que insiste en ofrecer respuestas firmes y definitivas, tal vez lo más radical sea hacerse una mejor pregunta y darse el permiso de construir algo que, de verdad, pueda durar.

*Con información de Forbes US.

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