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Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI).
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Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI).
Foto: X @KGeorgieva

“No pueden poner la estabilidad en el refrigerador”: Georgieva le sugirió a Uruguay desdolarizar y no apurarse con una inflación más baja

Andrés Oyhenard

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En su primera visita oficial a Uruguay, la directora gerente del FMI dialogó con el presidente del Banco Central en las Jornadas Anuales de Economía y describió un mundo con más centros de gravedad, más fragmentación comercial y una revolución de la inteligencia artificial que ya redefine el empleo.

31 Julio de 2026 09.05

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, participó este jueves en un diálogo público con el presidente del Banco Central del Uruguay (BCU), Guillermo Tolosa, en el marco de las Jornadas Anuales de Economía organizadas por la institución. 

La visita, la primera de una directora gerente del FMI al país en su cargo actual, incluyó además reuniones con el presidente de la República, Yamandú Orsi, con el ministro de Economía, Gabriel Oddone, y su equipo, y con representantes del sector privado.

Georgieva arrancó el diálogo con una broma respecto a por qué había tardado tanto en visitar Uruguay: “les está yendo tan bien” que no había sido prioridad. Pero buena parte de la conversación giró en torno a un consejo bastante más exigente: el de trabajar de forma metódica para que los uruguayos confíen más en su propia moneda.

“El peso lo pueden controlar”

Tolosa fue directo: pese a la credibilidad ganada por el régimen de metas de inflación y la ley que desde hace 30 años impide que el Banco Central financie al fisco, siete de cada diez depósitos de los uruguayos siguen en moneda extranjera, algo sobre lo cual ya había machacado en una disertación personal el día previo.

Le preguntó a Georgieva qué lección puede sacar Uruguay de la experiencia internacional para revertir esa tendencia.

La directora del FMI planteó que las personas balancean dos cosas a la hora de ahorrar. Por un lado la certidumbre y por el otro la generación de ingresos. Ante la incertidumbre, dijo, la gente tiende a sentirse más cómoda en dólares, pero si las inversiones en pesos ofrecen mejores retornos, ese cálculo puede cambiar. 

Por eso insistió en la necesidad de más instrumentos en moneda local y de comunicar mejor sus beneficios, en particular a través del sistema bancario. “En un mundo que ustedes no pueden controlar, el peso es lo único que sí”, planteó en referencia el peso de la política monetaria, y por eso lo consideró un activo demasiado valioso como para no cuidarlo.

Georgieva recurrió a su propia experiencia búlgara para graficar lo difícil que resulta torcer ese comportamiento. Contó que, tras vivir una inflación de 8.300% en los años 90 que licuó los ahorros de buena parte de la población —incluidos los de su propia madre—, Bulgaria terminó adoptando una caja de conversión atada al euro. 

Aun así, remarcó, gran parte de los búlgaros siguió prefiriendo ahorrar en euros antes que en la moneda local: el miedo acumulado, advirtió, no desaparece solo porque cambien las reglas. El 1º de enero de 2026 Bulgaria finalmente adoptó al euro como su moneda oficial.

Para el caso uruguayo, agregó una condición. La experta indicó que, para poder ofrecer retornos en pesos que compitan con el dólar, el país necesita subir su productividad. Mencionó tres frentes puntuales: seguir trabajando sobre los costos y la calidad de los servicios, cuidar que la oferta de trabajo siga siendo atractiva para que la gente pueda desarrollarse y sacarles obstáculos a las pequeñas y medianas empresas. 

Sobre este último punto contó que, en un encuentro con empresarios el día anterior, varios le describieron trabas regulatorias poco costosas de eliminar pero que funcionan “como una piedrita en el zapato”: no cuestan mucho sacarlas, pero mientras están ahí, molestan todo el camino.

La meta de inflación: “no hay apuro”

Otro de los ejes que Tolosa llevó a la conversación fue el de la meta de inflación, que Uruguay bajó hasta 4,5% tras un proceso que Georgieva calificó de duro. Consultada sobre si el país debería aspirar a converger hacia los niveles de las economías avanzadas, fue cauta: “No les aconsejo poner nuevos objetivos, déjenlo ahí”, respondió

Sugirió que Uruguay podría evaluar, recién dentro de un par de años, si tiene sentido revisar la meta hacia abajo, pero remarcó que no hay necesidad de apurarse. Para ella, lo logrado hasta ahora ya es valioso y todavía reciente.

La directora del FMI conectó ese logro con un activo que, dijo, es todavía más escaso que la estabilidad de precios: la confianza social. Sostuvo que la estabilidad de un país no depende solo de tener buenas instituciones y políticas, sino de que exista un consenso amplio en la sociedad, algo cada vez más raro en un mundo polarizado. 

En ese sentido, calificó la independencia institucional del Banco Central como una prioridad a cuidar y elogió la ubicación geográfica de Uruguay como una ventaja para potenciar su rol logístico regional.

Un mundo más fragmentado, con la IA como viento de cola

Antes de entrar en la agenda local, Tolosa le preguntó a Georgieva cómo ve el nuevo orden mundial, tras un período largo de reglas de juego relativamente previsibles en el comercio internacional. Su respuesta fue que la diferencia más significativa de esta década frente a las anteriores es la velocidad del cambio.

Hoy hay muchos más centros de gravedad que antes y eso se traduce en más incertidumbre. Advirtió que la fragmentación económica desafía al modelo de economía abierta y que, según estimaciones del FMI, podría reducir el PIB global hasta en 7%

El fenómeno, explicó, tiene una raíz política: la globalización benefició al mundo en promedio, pero dejó sensación de exclusión en una parte de la población. Eso “alimentó el proteccionismo y el populismo”, una tendencia que a su juicio no va a revertirse pronto.

Del lado positivo, mencionó que ese mundo con más centros de gravedad también habilita a las economías más chicas a asociarse entre sí, y puso al Mercosur como ejemplo. 

Asimismo dedicó varios minutos a la inteligencia artificial. Calculó que podría sumar hasta 0,8 punto porcentual al crecimiento del PIB global en los próximos años, pero identificó dos riesgos mayores. El primero es el aumento de la desigualdad: según estudios del FMI, hasta 40% de los empleos actuales podría verse afectado en los próximos años, entre trabajos redefinidos y eliminados, con un impacto especialmente fuerte sobre los puestos de entrada para jóvenes. 

El segundo riesgo es la estabilidad financiera, en un contexto en el que los ataques cibernéticos crecieron de forma exponencial: el propio FMI pasó de recibir unos 800 mil intentos de ataque hace dos años a cerca de 17 millones en el último período.

Sobre el escenario económico de corto plazo, Georgieva planteó que el mundo está balanceando un viento de frente —la guerra y el precio del petróleo— con un viento de cola, la inversión en inteligencia artificial. Si el Estrecho de Ormuz logra estabilizarse, el impacto sobre el crecimiento global debería ser moderado; si no, advirtió, el riesgo de una recesión técnica global, con el crecimiento cayendo a niveles cercanos a 2%, sigue sobre la mesa.

“Suiza de América”, pero con la obligación de crecer

Sobre Argentina, se mostró optimista. Destacó la disciplina fiscal reciente de la administración de Javier Milei y el potencial de recursos como el litio, el cobre, el gas y el petróleo de Vaca Muerta, y sostuvo que, si el país logra sostener ese rumbo, sería una buena noticia también para Uruguay.

 Sobre la región en su conjunto, planteó que Latinoamérica tiene un potencial que hoy no está usando lo suficiente y llamó a aprovechar mejor la cooperación entre vecinos, desde infraestructura portuaria hasta coordinación de políticas.

El cierre fue, otra vez, para Uruguay. Georgieva repitió que afuera del continente lo llaman “la Suiza de América”, pero advirtió que esa estabilidad no alcanza si no viene acompañada de crecimiento.

“No pueden poner la estabilidad en el refrigerador”, planteó. 

Insistió en la necesidad de mejorar la logística, simplificar las reglas para que las empresas pequeñas puedan crecer más rápido, exigir más eficiencia a los servicios públicos y prepararse, con decisión, para la ola de la inteligencia artificial. 

El mensaje final fue, en sus palabras, una invitación a animarse a tomar más riesgos y hacerse algunos deberes frente a un mundo que, coincidieron ambos durante el diálogo, ya no se parecerá al que existía hasta hace apenas una década.

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