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Usar ChatGPT no es entenderlo

Francisco Arri Secretario docente de la Facultad de Comunicación de la Universidad ORT Uruguay

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Uruguay figura entre los países que mejor preparados están en Latinoamérica para enfrentar el reto de la IAG. Los estudiantes la tienen a mano en su entorno digital. Sin embargo, los datos muestran que el verdadero desafío educativo no es solo el acceso sino el criterio de uso.

22 Junio de 2026 11.09

La tercera edición del Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA, 2025), que toma una fotografía del estado de avance de esta tecnología en 19 países de la región, muestra que Uruguay está en la tercera posición en la preparación para la IA, por detrás de Chile y Brasil.

En términos generales, esto representa una buena noticia, aunque las condiciones infraestructurales o técnicas, si bien son importantes, no implican necesariamente una adopción plena dado que ese matiz interpela directamente a la educación superior universitaria.

En la Encuesta Nacional sobre Consumo Informativo y Tecnologías Digitales realizada el año pasado por el Núcleo de Investigación en Comunicación de la Facultad de Comunicación de la Universidad ORT Uruguay se señala que los jóvenes y estudiantes son los usuarios más intensivos de entre todas las franjas etarias: tres de cada cuatro encuestados utilizan estas herramientas.

Los mayores usos tienen que ver con estudiar o aprender, buscar información o responder preguntas y producir texto, en ese orden. Respecto de su percepción sobre el impacto positivo de la IA en el empleo, la mirada está dividida y es escéptica (un 29% está de acuerdo y un 37% en desacuerdo). Algo similar ocurre cuando se consulta en relación con la expansión de la inteligencia artificial y afectaciones de derechos y libertades.

Estudios regionales latinoamericanos (como el de Mateus, León y Paucar, publicado el año pasado) sobre los imaginarios juveniles de la IA muestran que en la región hay un desfase entre “uso, comprensión e interpretación”. Hoy en día muchos jóvenes conviven con esta tecnología sin demasiados espacios institucionales para tener una apropiación crítica.

La literatura especializada menciona a la “conciencia algorítmica” como una capacidad en donde los estudiantes pueden advertir, a modo de percepción, que las plataformas “median” en los modos de presentar la información, reconocen la personalización informativa, las burbujas, la huella digital y la vigilancia. Es decir, supone reconocer que la automatización puede seleccionar, filtrar y jerarquizar recomendaciones de contenidos.

Sin embargo, es preciso profundizar desde el ámbito educativo en la agencia algorítmica entendiendo que, a través de la alfabetización mediática, podemos tratar de trabajar con los estudiantes el conocimiento de estrategias para negociar, interpretar, corregir, resistir o redirigir aquello que el sistema propone. 

Esta idea está en plena consonancia con la imperiosa necesidad de seguir profundizando espacios transversales en los que la IA deje de ser una mera herramienta, sino que pase a ser parte de una reflexión metacognitiva para pensar junto a los estudiantes qué tareas le delegamos, qué actitud asumimos frente a ella, qué riesgos podemos correr con ciertos usos. No se trata de formar usuarios temerosos, sino críticos y reflexivos.

Por último, hay que abordar la dimensión de equidad. Si hay brechas de acceso o de uso por las cuales ciertos estudiantes accedan a mejores versiones (que son pagas), corremos el riesgo de que la alfabetización sea un nuevo factor de desigualdad. Los usos de la inteligencia artificial no son unívocos. Tal como cualquier proceso de enseñanza y de aprendizaje, y los contactos con otras tecnologías, son situados, dependen de contextos, hábitos, capitales simbólicos y culturales y también institucionalidad educativa.

Según el citado informe ILIA, Uruguay figura entre los países con una sólida base para la alfabetización temprana en IA, especialmente en comparación con el resto de América Latina. Sin embargo, hay que prestar atención a las brechas entre la alfabetización general y la formación especializada.

Tenemos por delante una gran oportunidad: convertir las adopciones tempranas y aprovechar las infraestructuras para proponer una apropiación reflexiva, con usuarios críticos, éticos y responsables, que puedan tomar lo mejor de la herramienta, pero que comprendan que los algoritmos no son inocentes ni ingenuos en su mediación cotidiana.

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