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Mark Carney (Photo by Harun Ozalp/Anadolu via Getty Images)
Liderazgo

El discurso de Mark Carney que causó sensación en Davos y resuena en todo el mundo

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Con un tono directo y sin concesiones, el primer ministro canadiense expuso las grietas del sistema internacional, denunció la manipulación económica de las grandes potencias y llamó a las naciones intermedias a dejar de simular un orden que ya no las protege.

21 Enero de 2026 10.50

El martes por la tarde, en el corazón de los Alpes suizos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció uno de los discursos más comentados del Foro Económico Mundial en Davos 2026. En un contexto internacional atravesado por tensiones geopolíticas, conflictos armados y disputas económicas abiertas, Carney cuestionó sin rodeos el poder de las grandes potencias y advirtió que el actual esquema global dejó de funcionar para los países de tamaño intermedio.

“La ruptura del orden mundial” fue la definición que eligió para describir el momento histórico. No habló de transición ni de ajustes graduales. En su mirada, el sistema que rigió durante décadas ya no ofrece previsibilidad ni resguardo. Y en ese escenario lanzó una frase que recorrió el mundo en cuestión de minutos: “Debemos actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.

La intervención ocurrió mientras el tablero global mostraba señales de máxima tensión: la presión de Donald Trump sobre Groenlandia, las revueltas en Irán, la guerra en Ucrania, la captura de Nicolás Maduro en Venezuela y crisis profundas en distintos países de África. Con ese telón de fondo, Carney eligió interpelar a las potencias intermedias y plantear un camino alternativo frente a la lógica del poder sin límites.

Una advertencia directa sobre el poder de las grandes potencias

Desde el inicio, el primer ministro canadiense puso en cuestión el accionar de Estados Unidos, China y Rusia y describió un escenario de rivalidad abierta entre grandes potencias. A lo largo de su exposición, advirtió que esos países utilizan su peso económico, financiero y geopolítico para imponer condiciones y que la integración global, lejos de garantizar beneficios compartidos, pasó a funcionar como una herramienta de presión sobre las naciones más chicas.

En ese marco, Carney sostuvo que los países intermedios no son actores pasivos ni condenados a aceptar ese rol. En una de las primeras definiciones fuertes de su exposición, afirmó: “Los otros países, especialmente las potencias intermedias como Canadá, no son impotentes; tienen la capacidad de construir un nuevo orden que abarque nuestros valores, como el respeto por los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados”.

El mensaje tuvo un destinatario claro: las naciones que durante décadas confiaron en un esquema de reglas que hoy, según Carney, se aplica de forma selectiva. Para el primer ministro, ese sistema permitió prosperidad y estabilidad durante un tiempo, pero ya no garantiza protección frente a la presión de los más poderosos.

También alertó sobre una tendencia que considera peligrosa: la de acomodarse para evitar conflictos. “Existe una fuerte tendencia de los países a seguir la corriente para llevarse bien, a acomodarse, a evitar problemas, a esperar que el cumplimiento compre seguridad. Pues bien, no lo hará”, advirtió, antes de lanzar la pregunta que ordenó buena parte del discurso: “Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?”.

Havel, la mentira y el fin de los rituales vacíos

Uno de los pasajes más citados de la exposición llegó cuando Carney apeló a la figura del ex presidente checo Václav Havel y a su ensayo El poder de los sin poder. El primer ministro recordó la metáfora del verdulero que colocaba un cartel ideológico en su vidriera sin creer en él, solo para evitar problemas.

“Havel llamó a esto ‘vivir dentro de una mentira’”, explicó Carney ante un auditorio colmado. Y agregó que el poder de los sistemas no surge de su verdad, sino de la disposición colectiva a actuar como si fueran verdaderos. En esa línea, sostuvo que la fragilidad de esos esquemas aparece cuando alguien deja de cumplir el ritual.

“Amigos, ha llegado el momento de que empresas y países bajen sus carteles”, lanzó, en una frase que generó una de las ovaciones más prolongadas de la jornada. Para el primer ministro, durante décadas países como Canadá prosperaron bajo lo que se llamó el orden internacional basado en reglas, aun sabiendo que esa historia era solo parcialmente cierta.

Carney enumeró las contradicciones que, según dijo, muchos prefirieron no señalar: reglas comerciales aplicadas de manera asimétrica, derecho internacional con distinto rigor según quién fuera el acusado y una hegemonía que se eximía de cumplir normas cuando le resultaba conveniente. “Esta ficción era útil”, reconoció, y destacó que Estados Unidos proveyó bienes públicos como rutas marítimas abiertas, estabilidad financiera y marcos de resolución de disputas.

Sin embargo, fue categórico al marcar un quiebre: “Este acuerdo ya no funciona”. En su visión, seguir invocando ese orden equivale a mantener un cartel que ya nadie cree.

Mark Carney (Photo by Harun Ozalp/Anadolu via Getty Image)
Mark Carney (Photo by Harun Ozalp/Anadolu via Getty Image)

La ruptura global y la economía como arma

Lejos de suavizar el diagnóstico, Carney profundizó su análisis y afirmó: “Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición”. Para el primer ministro, las crisis de las últimas dos décadas expusieron los riesgos de una integración global extrema, pero el problema se agravó cuando las grandes potencias comenzaron a usar esa integración como arma.

Aranceles, infraestructura financiera y cadenas de suministro aparecieron en su discurso como instrumentos de coerción. “No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”, afirmó.

También puso bajo la lupa a las instituciones multilaterales tradicionales. Según señaló, organismos como la OMC, la ONU y las cumbres climáticas atraviesan una etapa de debilidad que deja a muchos países sin resguardo efectivo. En ese contexto, explicó por qué crece la búsqueda de autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y logística.

Carney no negó que ese impulso resulte comprensible, pero advirtió sobre sus consecuencias. “Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible”, afirmó, al tiempo que remarcó que la gestión de riesgos tiene costos altos cuando cada país actúa en soledad.

En otro tramo central del discurso, sostuvo que las grandes potencias pueden permitirse actuar solas por ahora, gracias a su tamaño de mercado y capacidad militar. Las potencias intermedias, en cambio, enfrentan un dilema: competir entre sí por el favor de los hegemones o coordinarse para construir un tercer camino con impacto real.

El giro estratégico de Canadá y el realismo basado en valores

Carney dedicó una parte sustancial de su exposición a detallar el cambio de rumbo de Canadá. Afirmó que el país escuchó la llamada de atención antes que otros y modificó su postura estratégica de manera profunda. “Las viejas y cómodas suposiciones ya no son válidas”, señaló, en referencia a la idea de que la geografía y las alianzas garantizaban prosperidad y seguridad.

El primer ministro definió el nuevo camino como un “realismo basado en valores”, una expresión que atribuyó al presidente de Finlandia, Alexander Stubb. Según explicó, esa mirada combina principios firmes con pragmatismo. Canadá, dijo, mantiene su compromiso con la soberanía, la integridad territorial, los derechos humanos y la prohibición del uso de la fuerza fuera del marco de la ONU, pero reconoce que los intereses no siempre coinciden y que el progreso suele ser gradual.

“Ya no nos basamos solo en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fortaleza”, afirmó. En ese punto, enumeró medidas concretas: reducción de impuestos sobre ingresos y ganancias de capital, eliminación de barreras federales al comercio interno y aceleración de inversiones por US$ 1 billón en energía, inteligencia artificial, minerales críticos y nuevos corredores comerciales.

También anunció que Canadá duplicará su gasto en defensa antes de que termine la década y que esas inversiones fortalecerán industrias nacionales. En política exterior, destacó la diversificación acelerada, con acuerdos estratégicos con la Unión Europea, China y Qatar, además de negociaciones de libre comercio con India, ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur.

Coaliciones flexibles, soberanía y una advertencia final

En el tramo final, Carney explicó la estrategia de “geometría variable”, basada en coaliciones distintas para cada tema. Citó el caso de Ucrania, donde Canadá integra la coalición de países que apoyan su defensa, y la postura firme junto a Groenlandia y Dinamarca en materia de soberanía en el Ártico.

También reafirmó el compromiso con la OTAN y detalló inversiones sin precedentes en radares, submarinos, aeronaves y tropas. En comercio, habló del impulso para tender puentes entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, con la creación de un bloque de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, mencionó clubes de compradores anclados en el G7, y en inteligencia artificial, la cooperación entre democracias para evitar dependencias extremas.

La frase que condensó ese razonamiento volvió a escucharse cerca del cierre: “Las potencias intermedias deben actuar juntas porque, si no estamos en la mesa, estamos en el menú”. Para Carney, negociar de forma bilateral con un hegemón implica aceptar la debilidad y competir por complacencia, una situación que definió como una representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.

En la sesión de preguntas y respuestas, un entrevistador le consultó sobre la vulnerabilidad de Canadá frente a la presión comercial. Carney respondió sin rodeos: “No, eso no es así, hay bolsillos de presión extrema sin duda en Canadá, pero en términos generales estamos reaccionando”. Y agregó que el país puede darse mucho más a sí mismo de lo que cualquier actor externo puede quitarle.

Consultado sobre si esperaba un regreso al mundo previo, fue claro: “El mundo antiguo no va a volver”. Según explicó, Canadá no se quedará lamentando esa pérdida, sino que actúa para construir, junto con otros, un sistema nuevo, imperfecto y gradual, pero funcional.

Hacia el cierre, Carney enumeró los activos que, a su entender, posicionan a Canadá en este escenario: potencia energética, reservas de minerales críticos, población altamente educada, fondos de pensión de peso global y capacidad fiscal para actuar. A eso sumó un sistema democrático pluralista y un compromiso sostenido con la sostenibilidad.

“Estamos sacando el cartel de la vidriera”, afirmó. Y dejó una definición que sintetizó el espíritu de su discurso en Davos: la nostalgia no es una estrategia, pero la honestidad y la acción colectiva pueden abrir un camino distinto en un mundo atravesado por la ruptura.

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