Luiz Inácio Lula da Silva cumple este martes 27 de octubre 81 años con una nueva victoria electoral y un desafío diferente del que enfrentó cuando llegó por primera vez al Palacio del Planalto. Dos días después de derrotar al senador Flávio Bolsonaro, el presidente de Brasil se prepara para un cuarto mandato, con un Congreso más conservador y menos margen fiscal para desplegar su agenda.
El nuevo período comenzará el 5 de enero de 2027. Lula asumirá con 81 años y su vicepresidente, Geraldo Alckmin, con 74: el exgobernador de São Paulo, nacido el 7 de noviembre de 1952, todavía tiene 73 este martes. Ambos fueron reelegidos para conducir la mayor economía de América Latina durante otros cuatro años.
La edad consolida al líder del Partido de los Trabajadores como el presidente de mayor edad en la historia brasileña, pero no lo coloca en la cima de la longevidad política mundial. Durante el siglo XXI, varios jefes de Estado y de Gobierno permanecieron en funciones después de los 90 años. Isabel II llegó a los 96; Mahathir Mohamad dejó el Gobierno de Malasia a los 94, y Robert Mugabe renunció a la presidencia de Zimbabue a los 93.
La comparación exige distinguir entre sistemas políticos y responsabilidades. Una monarquía hereditaria, una presidencia ejecutiva y una jefatura de Estado ceremonial pueden compartir edades elevadas, pero no las mismas atribuciones, controles ni mecanismos de sucesión. El dato generacional describe una característica de sus dirigentes; por sí solo, no explica cómo gobiernan.
Los 20 mandatarios de mayor edad en funciones del siglo XXI
El ranking considera la mayor edad alcanzada mientras cada dirigente ocupaba una jefatura de Estado o de Gobierno entre el 1 de enero de 2001 y el 27 de octubre de 2026. Incluye presidentes, primeros ministros, monarcas soberanos, regentes nacionales y al papa como soberano del Vaticano.
Para quienes dejaron el cargo, se toma la edad al finalizar su mandato o morir en funciones; para los actuales, la edad al cierre de esta edición. Los empates se ordenan según la fracción de edad adicional. No se contabilizan los años vividos después del retiro ni la permanencia posterior en cargos partidarios.


La clasificación -tiene tres líderes en ejercicio del poder- muestra que la longevidad en el poder no pertenece a una sola región ni a un único modelo institucional. Conviven dirigentes elegidos en sistemas competitivos, monarcas hereditarios y líderes que permanecieron durante décadas al frente de regímenes autoritarios. En el mismo sentido vale mencionar que el presidente de los Estados Unidos, el demócrata Joe Biden, dejó el cargo con 82 años y dos meses.
El reemplazante del demócrata, el actual presidente Donald Trump, cumplió el 14 de junio pasado 80 años de edad y tendrá 82 cuando finalice su segundo mandato en enero de 2029.
También permite poner en perspectiva el cumpleaños de Lula. Con 81 años, el brasileño queda fuera de estos primeros 20 puestos. Incluso Paul Biya, el mandatario en ejercicio de mayor edad, todavía no supera la edad que tenía Mugabe cuando abandonó la presidencia de Zimbabue. En el mismo sentido podemos recordar al fallecido José "Pepe" Mujica que tenía 79 años cuando dejó la presidencia de Uruguay el 1 de marzo de 2015.
Gobernar con un Congreso más adverso
Para Lula, sin embargo, el desafío inmediato no será establecer un récord, sino convertir una victoria electoral en capacidad de gobierno. El Congreso surgido de las elecciones es el más conservador desde el retorno de Brasil a la democracia, y las fuerzas de derecha cuentan con una posición dominante en el Legislativo.
Ese escenario puede complicar la aprobación de su agenda económica y las negociaciones presupuestarias. Además de su composición política, el Congreso ganó influencia sobre el gasto público durante la última década, una transformación que reduce la capacidad del Ejecutivo para decidir por sí solo el destino de los recursos.
La experiencia de Lula como negociador será puesta a prueba en un contexto distinto del de sus primeros gobiernos. Ganar la elección le permite conservar la Presidencia, pero no elimina la necesidad de construir acuerdos con sectores que rechazaron su candidatura.
La restricción fiscal agrega otra dificultad. Según el análisis de Reuters posterior a los comicios, la deuda pública superó el 82% del PIB, mientras que las tasas de interés elevadas encarecen su financiamiento. El Gobierno proyecta un crecimiento económico del 2,3% para 2027.
El dilema será sostener los programas sociales que forman parte de la identidad política del presidente sin agravar el desequilibrio de las cuentas públicas. El peso del gasto obligatorio y el costo de los intereses limitan el espacio para reducir el déficit y, al mismo tiempo, financiar nuevas iniciativas.
Alckmin y la continuidad del proyecto
La edad de Lula también vuelve más relevante el papel de Alckmin. El vicepresidente fue reelegido después de actuar como interlocutor con el empresariado y participar en las negociaciones comerciales frente a los aranceles estadounidenses. Su trayectoria como gobernador de São Paulo y su origen político en el centroderecha aportan un perfil diferente dentro de la coalición oficialista.
La fórmula comenzará el nuevo período con 81 y 74 años. Más que alimentar especulaciones sobre la salud de sus integrantes, ese dato permite plantear una cuestión institucional: cómo se distribuirán las responsabilidades y qué lugar tendrá la formación de una nueva generación de dirigentes.
Si completa el período para el que fue elegido, Lula llegará al final con 85 años. La continuidad de su proyecto dependerá, por lo tanto, no solo de su capacidad para gobernar, sino también de la construcción de un liderazgo que pueda sucederlo.
Adaptarse a una política que cambió
La campaña dejó una imagen de esa tensión entre trayectoria y renovación. Lula anunció que había recibido un celular del gobernador de Piauí, Rafael Fonteles, y que comenzaría a participar del canal de WhatsApp impulsado por el diputado André Janones. El gesto formó parte de una apuesta para reforzar la movilización digital de sus seguidores.
Después de la victoria, prometió fortalecer esa estrategia y comunicarse directamente con el electorado, sin depender de la intermediación de la prensa, según reprodujo O Globo. La intención refleja uno de los cambios que enfrenta cualquier liderazgo construido antes de las redes sociales: conservar su identidad mientras modifica la forma de llegar a los ciudadanos.
A los 81 años, Lula tiene por delante una tarea más exigente que demostrar vigencia electoral. Deberá negociar con un Congreso adverso, administrar restricciones económicas y preparar la continuidad de un espacio político que sigue encontrando en él a su principal referencia. Su cuarto mandato medirá menos la resistencia de un dirigente que su capacidad para convertir décadas de poder en resultados y dejar un proyecto capaz de sobrevivirlo políticamente.