La escena se repite cada febrero, pero esta vez con números inéditos. Mientras millones de personas se preparan para seguir este domingo el Super Bowl LX frente a la pantalla, el dinero ya empezó a moverse mucho antes. Según proyecciones de la American Gaming Association, los estadounidenses destinarán US$1.760 millones en apuestas legales, un récord histórico para el evento deportivo más visto del país.
Pero debajo de esa cifra, visible, tradicional y regulada a nivel estatal, crece otro fenómeno menos evidente y mucho más disruptivo: el de los mercados de predicción, plataformas que convierten el deporte en un activo financiero y que empiezan a tensionar las fronteras entre apostar, invertir y anticipar.

En paralelo al circuito clásico de apuestas deportivas, plataformas como Kalshi y Polymarket concentran volúmenes que hasta hace pocos años parecían impensados. Kalshi superó los US$152 millones negociados en contratos vinculados al Super Bowl, mientras que Polymarket rozó los US$695 millones en operaciones sobre el mismo evento. No se trata de apostar contra una casa, sino de comprar y vender posiciones en función de probabilidades que cambian en tiempo real.
El crecimiento es tan acelerado que incluso genera confusión. Un relevamiento citado por la American Gaming Association muestra que el 78% de los usuarios de contratos deportivos cree que los reguladores estatales podrían intervenir ante un conflicto, aunque esos organismos no tienen jurisdicción sobre estos mercados. No es un detalle menor: estas plataformas están reguladas por la Commodity Futures Trading Commission, no por los entes que supervisan las apuestas tradicionales.
Qué son los mercados de predicciones
Para alguien que nunca escuchó hablar de mercados de predicción, la lógica puede parecer abstracta. Gonzalo Busnadiego, cofundador y co-CEO de Win Investments, lo explica en términos simples: son plataformas donde las personas compran y venden posiciones sobre eventos futuros. El precio de cada contrato refleja la confianza colectiva sobre un resultado. Si un contrato cotiza a US$0,70, el mercado está diciendo que ese evento tiene un 70% de probabilidad de ocurrir.

Ese precio no lo fija un operador central. Se construye, segundo a segundo, por oferta y demanda. Y ahí aparece la principal diferencia con una casa de apuestas. En un mercado de predicción, los usuarios pueden entrar y salir antes de que el evento se resuelva, ajustar su exposición y reaccionar ante nueva información, igual que en una bolsa.
Francisco Ferrer, cofundador y COO de Berry, profundiza esa idea: en estos mercados no se apuesta contra “la casa”, sino que se opera en un mercado abierto. Los precios que ve el usuario reflejan la probabilidad agregada que miles de personas asignan a cada resultado. Si alguien cree que el mercado está subestimando a un equipo, puede comprar contratos y capturar valor si su análisis es correcto.
La diferencia también aparece al momento de salir. En las apuestas tradicionales con cash out, el precio lo define unilateralmente el operador, incorporando su margen. En un mercado de predicción, el valor de salida lo define la liquidez real de otros usuarios. El que mejor analiza información, detecta sesgos o accede antes a datos relevantes puede generar retornos consistentes. No es azar: es ventaja informativa convertida en profit.

Los mercados de predicciones y el deporte
El deporte, además, reúne condiciones ideales para este tipo de mercados. Genera volúmenes masivos de información estructurada, tiene eventos con inicio y cierre definidos y resultados binarios. La pasión existe, pero en estos mercados debe estar respaldada por capital real, lo que filtra el ruido y empuja los precios hacia evaluaciones más racionales cuando hay volumen suficiente. Cada operación es, en esencia, un voto con dinero sobre lo que realmente va a pasar.
Ese mecanismo de inteligencia colectiva explica por qué estos mercados vienen demostrando una capacidad predictiva notable. Cuando un precio está mal valuado (por sesgos, información incompleta o narrativa dominante) aparecen incentivos económicos para corregirlo. Y esa corrección incorpora información nueva al sistema casi de inmediato.
El fenómeno no pasa desapercibido para los reguladores ni para el ecosistema deportivo. El presidente de la NCAA, Charlie Baker, pidió a la CFTC que pause los mercados de predicción vinculados al deporte universitario hasta contar con reglas más estrictas. Argumenta que, a diferencia de las apuestas tradicionales, estos mercados carecen de salvaguardas clave y que eso ya derivó en episodios de acoso a atletas.

Aun así, las proyecciones apuntan alto. Un informe de Eilers & Krejcik estima que los mercados de predicción podrían alcanzar un billón de dólares en volumen anual hacia el final de la década, con el deporte explicando cerca del 44% de ese total a medida que el segmento madura. Los desafíos legales existen, pero el crecimiento parece difícil de frenar.
Eventos globales actúan como catalizadores. Las elecciones presidenciales de Estados Unidos ya movieron cientos de millones de dólares y mostraron que estos mercados pueden ser más precisos que las encuestas tradicionales. El deporte va por el mismo camino. En Berry, el volumen en eventos deportivos se multiplicó por diez en un solo trimestre. Cada final, cada partido decisivo, trae una nueva ola de usuarios que descubre que puede participar activamente, no solo mirar.
En ese horizonte aparece un acelerador evidente: el Mundial de Fútbol 2026, que se disputará en Estados Unidos, México y Canadá. Será el evento deportivo más grande de la década en la región, con audiencias globales, cobertura constante y una narrativa que se extiende durante meses. Para los mercados de predicción, representa una tormenta perfecta de información, liquidez y atención.
La frontera entre invertir y predecir empieza a desdibujarse. Lo que hoy muchos todavía ven como entretenimiento, otros ya lo incorporan como parte de una estrategia de inversión diversificada. En ese cruce entre finanzas, tecnología y deporte se está gestando una industria que mueve millones, promete escalar a trillones y redefine la forma en que el mundo apuesta (o invierte) sobre el futuro.