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Millonarios

Sam Altman revela cómo planea transformar el mundo con IA, energía nuclear y hardware secreto

Richard Nieva

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Como CEO de OpenAI, el multimillonario de 40 años fue quien impulsó ChatGPT, popularizó la inteligencia artificial y construyó una empresa valuada en US$ 500.000 millones.

22 Febrero de 2026 07.00

Sam Altman asegura que la barra de uranio en su oficina no representa ningún riesgo. Está colocada en posición vertical sobre su escritorio en la sede de OpenAI, en San Francisco, y parece un Slim Jim rechoncho y oscuro. Es, tal vez, la pieza más llamativa dentro de la notable colección de artefactos históricos que fue reuniendo con el tiempo. "Eso está agotado", dice con indiferencia sobre la barra de uranio-238, el mismo elemento que se usa para generar energía nuclear. “No te va a hacer daño”, agrega. Para respaldar lo que dice, agita un contador Geiger por encima y muestra cómo funciona.

“Se hace un gran descubrimiento en física y… se libera energía prácticamente ilimitada”, comenta mientras mira la barra. “No sabíamos nada de esto, y luego teorizamos que tal cosa era posible. Un par de décadas después, fabricaron una bomba atómica. Algo increíblemente rápido”, completa.

Con unas zapatillas Adidas Lego Ultraboost y un suéter de punto gris, Sam Altman recorre uno por uno los objetos que fue reuniendo. Los examina con orden, en detalle y siguiendo una línea de tiempo. La mayoría suele estar en su oficina, lejos de las miradas, salvo la de sus amigos más cercanos. Hoy están a la vista y Altman los comenta uno por uno: un hacha de mano de 40.000 años ("una asombrosa herramienta multiusos de la Edad de Piedra"), una espada de bronce de 3.500 años ("un ejemplo interesante de tecnología con gran impacto geopolítico") y una aspa del ventilador de un compresor de motor a reacción de un Concorde ("la única pieza lo suficientemente pequeña" para poder traerla). Sin darle demasiada importancia al protocolo que imponen los museos, trasladó todos estos objetos hasta su despacho en una bolsa de lona, cada uno envuelto en una toalla de baño.

"Me sorprende constantemente cómo cada generación construye una nueva capa de andamiaje", reflexiona sobre el avance tecnológico. “Realmente lo estamos viendo ahora”, sostiene.

Cody Pickens para Forbes
Cody Pickens para Forbes.

Tan memorable como la barra de uranio, otro de los objetos más llamativos en la colección de Sam Altman es un antiguo chip GPU. Ese componente entrenó una versión temprana del modelo que impulsó el producto estrella de OpenAI: ChatGPT. Fue ese desarrollo el que llevó la inteligencia artificial al gran público en noviembre de 2022 y desató una reacción en cadena que, según algunos, podría ser tan transformadora como la Revolución Industrial.

Estados Unidos tiene una tradición larga de innovadores que no se destacaron tanto por inventar, sino por imponer la vanguardia en la vida cotidiana a fuerza de voluntad e ingenio. Ahí están los casos de Steve Jobs, Bill Gates o Elon Musk. Thomas Edison no inventó la bombita de luz: él —o, en rigor, su equipo— logró mejorarla con un filamento más duradero y después la comercializó con una agresividad inusual.

Altman es de esa clase de figuras. Funciona más como inversor y acelerador que como ingeniero o científico. Su objetivo no pasa por perfeccionar productos de consumo, sino por construir los sistemas sobre los que, dentro de poco, podría apoyarse buena parte de la economía. ChatGPT ya supera los 800 millones de usuarios semanales. OpenAI, que facturó más de US$ 13.000 millones el año pasado, alcanzó una valuación reciente de US$ 500.000 millones. Altman no tiene acciones directas en la compañía, aunque sus otras inversiones le otorgan un patrimonio estimado en US$ 3.000 millones. Ahora está en conversaciones para levantar US$ 100.000 millones más en una megaronda de financiación que podría llevar la valuación de OpenAI a US$ 750.000 millones o incluso más. Impulsadas por el fenómeno que generó OpenAI, las grandes tecnológicas podrían invertir alrededor de US$ 500.000 millones este año en centros de datos y chips de inteligencia artificial. Hoy, OpenAI es, tal vez, la empresa más importante del mundo.

Eso convirtió a Altman, que ahora tiene 40 años, en el centro de una creciente mitología. El CEO de Disney, Bob Iger, asegura que Altman puede "mirar a la vuelta de la esquina" y anticipar el futuro. El cofundador de Airbnb, Brian Chesky, lo define como "una de las dos personas más ambiciosas que conozco" (la otra es Elon Musk). Jony Ive, la leyenda del diseño en Apple, lo describe con cierta ambigüedad: Altman "se siente cómodo con lo desconocido, pero no le da la mínima importancia a la responsabilidad". Más directo, Paul Graham —reconocido inversor y exmentor suyo en la incubadora Y Combinator— dice: "Se le da bien convencer a la gente. Se le da bien conseguir que la gente haga lo que él quiere".

GPU utilizada por Sam Altman
 Un chip GPU que entrenó una versión temprana de ChatGPT. “Parece anticuado, un poco cutre y diminuto”, dice Altman. Cuando el hardware se volvió demasiado viejo para usarse, les dio los chips a todos los empleados que trabajaron en el proyecto.

Aunque tiene una voz suave y un aire discreto, propio del Medio Oeste estadounidense, Altman actúa como un predicador de la inteligencia artificial. Sus proyecciones sobre el crecimiento acelerado de esta tecnología no solo buscan sostener la valuación de OpenAI, sino también justificar las enormes apuestas económicas y sociales que se están haciendo alrededor de la empresa. El problema es que no está claro cómo piensa lograrlo. ¿Podrá convertir en realidad un futuro tan ambicioso, veloz y costoso como el que promete?

“Creo que soy excepcionalmente bueno proyectando múltiples cosas —años o un par de décadas en el futuro— y entendiendo cómo van a interactuar entre sí”.

Sam Altman, cofundador de OpenAI

Forbes sigue los pasos de Sam Altman desde hace más de una década. Hoy ocupa el sexto lugar en la próxima edición de nuestra lista sobre los mayores innovadores estadounidenses vivos. En 2015, fue uno de los nombres destacados de la primera edición de Forbes 30 Under 30 en la categoría de capital de riesgo, cuando acababa de asumir el liderazgo de Y Combinator, con 29 años. "Es genial poder hacer una lista de los problemas del mundo y luego financiar empresas para resolverlos", nos dijo entonces.

Visto solo desde el prisma de sus inversiones, Altman aparece como un empresario de ambiciones enormes, que planifica con precisión quirúrgica su visión del futuro. Mientras la era móvil se afianzaba durante la década de 2010, apostó con anticipación por empresas que luego se volvieron centrales en la economía digital. Invirtió US$ 15.000 por el 2% de Stripe —cuando ni siquiera tenía nombre— y lideró una ronda de US$ 50 millones en Reddit en 2014, por citar dos casos.

Con la inteligencia artificial, vuelve a hacer lo mismo. OpenAI es el nombre más conocido, claro. Pero también está Helion, una empresa que busca aprovechar el poder casi ilimitado de la fusión nuclear —la misma energía que genera el sol—, y Oklo, que desarrolla reactores de fisión nuclear más convencionales, aunque más chicos y modulares. Ambas podrían cubrir las altas demandas energéticas que requiere la IA. Además, Altman respalda World (antes llamada Worldcoin), que trabaja en una tecnología para ofrecer una “prueba de humanidad” en un mundo que ya empieza a llenarse de deepfakes generados por IA. También financia Merge Labs, una compañía que desarrolla computación neuronal. Y, a través de la organización sin fines de lucro OpenResearch, apoyó uno de los experimentos más grandes de Estados Unidos sobre renta básica universal: una propuesta para entregar a cada ciudadano un ingreso pequeño, garantizado y sin condiciones, como posible respuesta al impacto económico que podría generar la automatización.

“Creo que soy excepcionalmente bueno proyectando múltiples cosas —años o un par de décadas en el futuro— y entendiendo cómo van a interactuar entre sí”, dice. Hay quienes se destacan por anticipar lo que viene. Otros pueden ver cómo distintos mundos están por superponerse. “Pero la combinación de ambos es lo mío”, precisa.

Hoy, Altman mira los riesgos y las promesas de la inteligencia artificial desde otro lugar: la paternidad. Tiene un hijo con su esposo y esperan al segundo para fines de este año.

“La gente dice: 'Me alegra que tengas un hijo porque ahora no harás nada que destruya el mundo'”, cuenta Altman. “Antes estaba decidido a no hacerlo. No necesitaba al chico”, enfatiza.

Mano robot construida con OpenAI
Entre los recuerdos de Altman: una mano robótica construida por OpenAI para permitir que la inteligencia artificial resuelva un cubo de Rubik. "Es increíblemente frágil", dice Altman, "los tendones se rompían constantemente".

La historia de Altman ya fue contada más de una vez: creció en St. Louis, a un mundo de distancia de Silicon Valley. Desde chico se mostró como un nerd obsesionado con la ciencia, la energía y la inteligencia artificial. “He estado obsesionado con las mismas ideas toda mi vida”, dice. Según él, no cambiaron “desde que tenía unos 18 años”.

Llegó a Stanford en 2003 con la intención de estudiar inteligencia artificial, en un momento en que el clima general giraba más en torno a la Web 2.0. En su segundo año ganó un concurso de planes de negocios con lo que luego se convertiría en su primera startup: Loopt, una app para compartir la ubicación con amigos. Fue entonces cuando escuchó hablar de Y Combinator. Viajó de noche a Boston para entrevistarse con su fundador, Paul Graham. “Recuerdo haber pensado: así debía de ser Bill Gates”, dice Graham sobre aquel primer encuentro.

Graham quedó tan impresionado que, cuando se retiró en 2014, eligió a Altman —que en ese momento tenía apenas 28 años— para liderar Y Combinator. ¿El motivo? “Sam consigue lo que quiere”, dice Graham. “Así que si la única manera de que Sam tuviera éxito en la vida era que YC tuviera éxito, entonces YC tendría éxito”, agrega.

Altman participó en distintos experimentos dentro de Y Combinator, pero se obsesionó con un proyecto paralelo en particular: OpenAI, una empresa de investigación en inteligencia artificial. Fundada en 2015 como organización sin fines de lucro, OpenAI tenía como objetivo desarrollar una inteligencia artificial general (IAG), es decir, una IA capaz de “pensar” como un ser humano. Altman reclutó personalmente a Greg Brockman —por entonces CTO de Stripe— y al reconocido investigador Ilya Sutskever, una figura clave en el desarrollo de redes neuronales, para sumarlos como cofundadores. También logró convencer a Elon Musk, en ese momento uno de sus referentes, para que aportara US$ 38 millones al proyecto.

Su dedicación a OpenAI se volvió tan intensa que dejó a Y Combinator en un segundo plano, muy lejos de la vocación que Graham y Jessica Livingston imaginaban para él. En 2019, ambos quedaron desconcertados cuando leyeron en un comunicado de prensa que Altman había sido nombrado CEO de una nueva división con fines de lucro dentro de OpenAI. Livingston le pidió que decidiera: o renovaba su compromiso con YC o daba un paso al costado. Entre los recuerdos que conserva, Altman muestra una mano robótica creada por OpenAI para enseñarle a una IA a resolver un cubo de Rubik. “Es increíblemente frágil”, dice. “Los tendones se rompían constantemente”, profundiza.

“Hay algunas críticas merecidas”, reconoce ahora. “Cuando tuve claro que OpenAI iba a funcionar y que yo dirigía ambas cosas, pensé: ‘Puedo fingir que todavía me importa YC, pero esto es lo mío y tengo que hacerlo’”, dice. No fue la primera vez que las prioridades de Altman chocaron con las de sus propios colegas. Pocos días antes del Día de Acción de Gracias de 2023, la junta directiva de la organización sin fines de lucro OpenAI lo despidió, argumentando que no había sido "siempre franco". Quien encabezó el golpe interno fue el propio cofundador, Ilya Sutskever, que le dijo a la junta que "Sam exhibe un patrón constante de mentiras" y lo acusó de "crear caos, iniciar muchos proyectos nuevos y enfrentar a las personas entre sí" para alcanzar sus metas.

Solo cinco días después, Altman volvió al cargo, tras lo que muchos consideran el episodio corporativo más insólito en la historia reciente de Silicon Valley. En esa saga, los empleados de OpenAI se rebelaron y amenazaron con renunciar en bloque si no lo reincorporaban. Microsoft intervino y llegó a anunciar su contratación. Al mismo tiempo, circularon versiones sobre un modelo de inteligencia artificial tan potente que habría asustado incluso a quienes lo probaron.

Todo ocurrió en medio de un torbellino de acusaciones cruzadas por falta de transparencia y actitudes imprudentes. Una investigación posterior de la junta concluyó que Altman era, sin dudas, la persona indicada para liderar OpenAI. Sin embargo, el episodio dejó una marca difícil de borrar en su imagen.

Tampoco ayudó que, tres años antes, una interna de poder dentro de la empresa empujara a un grupo de empleados clave —entre ellos, los hermanos Dario y Daniela Amodei— a romper con la organización y fundar Anthropic, una compañía rival centrada especialmente en la seguridad de la inteligencia artificial. Hoy, con una valuación cercana a los US$ 350.000 millones y proyecciones de ingresos por US$ 4.500 millones en 2025, se convirtió en uno de los competidores más fuertes de OpenAI.

Más explosiva aún que la salida de los Amodei y la creación de Anthropic fue la decisión de OpenAI de reestructurar su organización e incorporar una rama con fines de lucro. Ese cambio le permitió operar de manera más parecida a una empresa tradicional y acceder a inversiones externas, incluida una inyección clave de US$ 13.000 millones por parte de Microsoft desde 2019. El movimiento generó un quiebre con Elon Musk, que se opuso con fuerza y abandonó la organización en señal de protesta, sin quedarse con participación alguna en la nueva estructura. Las versiones sobre su salida son contradictorias. En una demanda, Musk afirma que se fue porque OpenAI traicionó su misión original —crear inteligencia artificial para beneficiar a la humanidad— y pasó a priorizar el lucro. Desde OpenAI aseguran que, en realidad, se fue porque no logró obtener el control de la división comercial.

Musk reaccionó con rapidez y en 2023 lanzó xAI, su propio competidor, hoy valuado en US$ 250.000 millones. Se espera que el juicio por el conflicto con OpenAI se celebre durante esta primavera. “No es como elegiría pasar los días que sean necesarios. Pero me siento bien con nuestra postura”, dice Altman.

Si bien Altman sostenía que la creación de una empresa con fines de lucro era necesaria para que OpenAI tuviera éxito, está claro que también lo benefició. Aumentó su influencia y su poder dentro del proyecto. Aunque, para sorpresa de muchos críticos, no incrementó su riqueza. Altman no tenía participación directa en OpenAI cuando se fundó, y aún hoy sigue sin tenerla, a pesar de que podría haberla adquirido durante la reestructuración. ¿Por qué no lo hizo? “No lo sé. No tengo una respuesta definitiva”, dice, “probablemente debería [adquirir una], solo para no tener que responder a esa pregunta”. Y agrega que su falta de capital “es algo superconfuso y descabellado que genera teorías conspirativas”.

Si Altman detecta una oportunidad que nadie está aprovechando, le resulta casi imposible dejarla pasar. Apostaría a que también le cuesta resistirse a comprar propiedades comerciales en San Francisco.

Paul Graham, cofundador de Y Combinator

La reestructuración terminó por convertir a Elon Musk —antes uno de los referentes de Altman— en su enemigo más feroz. Usó xAI, su nueva compañía, para lanzar Grok, un competidor directo de ChatGPT. Presentado como un modelo de inteligencia artificial que busca “la verdad”, Grok quedó envuelto en múltiples polémicas: desde repetir teorías falsas sobre el llamado genocidio blanco, hasta autodenominarse “MechaHitler” y, según reportes, generar imágenes sexualizadas de menores (la empresa pidió disculpas más tarde). “Ojalá hicieran las cosas de otra manera. Me parece increíble la cantidad de tiempo que dedica a atacarnos”, dice Altman, en referencia a las acusaciones de Musk sobre la supuesta falta de seguridad en OpenAI. “Su propia casa está en llamas constantemente con estas cosas”, sostiene.

Es cierto que la costumbre de Altman de adelantarse con ideas que lo entusiasman le trajo algunos dolores de cabeza. Pero también fue una de las claves de su éxito.

Un buen ejemplo es el lanzamiento de ChatGPT. En 2022, la dirección de OpenAI dudaba en publicarlo. Algunos creían que era mejor esperar a un modelo más potente. Fue Altman quien los convenció de hacerlo de inmediato. “Sam dijo: ‘Intentemos publicar esto’”, recuerda Greg Brockman, cofundador y presidente de OpenAI. La noche anterior al lanzamiento, el equipo hizo sus apuestas sobre lo que podía pasar. “Pensé que sería algo un poco efímero”, admite Brockman, “Sam siempre tuvo la convicción”.

La valuación actual de OpenAI y las proyecciones sobre el tamaño del mercado de la inteligencia artificial demuestran que el momento del lanzamiento de ChatGPT no podría haber sido más oportuno. “Es extremadamente vanguardista”, dice Bob Iger, CEO de Disney, al hablar de Altman. “Combina paciencia e impaciencia”.

Pero también hay algo más en juego: Altman estudia la historia. Su impulso por lanzar productos de forma rápida está influido por el caso de Xerox PARC, el legendario laboratorio de Silicon Valley que inventó la interfaz gráfica moderna, las impresoras láser y el mouse, pero no supo comercializar ninguna de esas innovaciones. “Es necesario un motor económico en el ciclo”, explica. “Creo que probablemente hay mucha innovación excelente que nunca ha salido del laboratorio porque alguien no se esforzó por ponerla a disposición de la gente”, completa.

Eso es justamente en lo que está trabajando ahora. La interfaz de texto de ChatGPT, todavía rudimentaria, recuerda a Eliza, un chatbot creado en los años 60 que —de forma tan famosa como errónea— se hacía pasar por psicoterapeuta. Altman quiere ir mucho más allá: busca crear un paradigma completamente nuevo, con dispositivos que integren la inteligencia artificial en la vida cotidiana de forma esencial.

Sam Altman (izq.) y Masayoshi Son (der.)
El conglomerado tecnológico japonés Softbank ha invertido miles de millones en OpenAI y ha anunciado una empresa conjunta para llevar la IA a las industrias de todo Japón. El fundador de Softbank, Masayoshi Son (arriba a la derecha), afirma que Altman piensa en décadas. (Getty Images)

Para avanzar en esa dirección, OpenAI compró IO —la empresa de hardware de Jony Ive, diseñador del iMac, el iPhone y el Apple Watch— por US$ 6.500 millones en julio. “Sam entiende que la interfaz de usuario no es un adorno”, dice Ive. “Define la experiencia humana”, precisa.

Altman está entusiasmado con el proyecto, aunque evita dar detalles. El equipo trabaja en una oficina secreta en el barrio de North Beach, en San Francisco. Cuando habla del tema, lo hace con una abstracción casi fantasmal: imagina una familia de dispositivos capaces de ofrecer “conciencia contextual extrema y asistencia proactiva”. Podría haber, por ejemplo, un “pequeño compañero amigable” que te observa, agiliza tareas y mejora tu experiencia cotidiana. En un momento, describe un dispositivo que podría haber elegido por sí solo los artefactos que mostró al inicio. “Diría: ‘Sé en qué ha estado pensando Sam últimamente, qué es lo que probablemente le entusiasma’”, dice. “También he observado adónde se dirige su mirada en la habitación”, comenta.

Todo esto podría no ser más que una distracción. Altman tiene fama de sufrir el síndrome del objeto brillante: salta rápidamente detrás de lo que capta su atención. Y el desafío de diseñar los dispositivos que podrían definir la experiencia humana también implica riesgos. Silicon Valley está lleno de fracasos con ambiciones grandilocuentes: el patinete Segway, la realidad aumentada de Magic Leap con promesas infladas, y más recientemente el fallido pin de asistencia con inteligencia artificial portátil creado por Humane —una empresa que, de hecho, cuenta con el respaldo de Altman—. “Podría fracasar”, admite. “Pocas veces en la historia se logró crear una interfaz informática verdaderamente nueva”, asegura.

También podría tener consecuencias graves. OpenAI recibió críticas por lanzar productos sin pruebas de seguridad suficientes y por ofrecer funciones que priorizan la interacción por sobre el bienestar psicológico. La empresa fue mencionada en varias demandas por homicidio culposo en las que se alega que ChatGPT incitó o facilitó actos de autolesión y suicidio. A eso se suman las denuncias ambientales: muchos aseguran que los enormes centros de datos que sostienen el sistema consumen cantidades desmesuradas de energía y agua. Desde OpenAI ofrecieron disculpas en cada caso y prometieron mejorar. Pero cuesta no ver un patrón que se repite.

En diciembre, Sam Altman y Bob Iger sacudieron Silicon Valley y Hollywood al anunciar un acuerdo entre OpenAI y Disney. La alianza permite que OpenAI utilice personajes icónicos del universo Disney —como Mickey Mouse, Darth Vader y Cenicienta— en su aplicación Sora, una herramienta que genera videos realistas a partir de simples instrucciones mediante inteligencia artificial. El acuerdo sorprendió a muchos, dado que Disney es famosa por proteger con celo su propiedad intelectual y que buena parte de Hollywood ve a la IA como una amenaza existencial. Las negociaciones duraron más de un año y habilitaron, entre otras cosas, que Disney pueda incluir videos creados con Sora en su plataforma de streaming, Disney+. Además, Altman convenció al gigante del entretenimiento para invertir US$ 1.000 millones en OpenAI. Ese respaldo representó, en términos simbólicos, la mayor bendición que Hollywood pudo darle a la inteligencia artificial. “Sam quería eso como muestra de confianza y, en esencia, para reforzar la colaboración”, explica Iger, “y para crear una situación en la que Disney tuviera un poco más de participación”.

También es un reflejo del nivel de influencia que alcanzó Altman, que creció a la par del ascenso de OpenAI. En el primer día completo del segundo mandato del presidente Donald Trump, Altman apareció en la Casa Blanca junto al mandatario, al cofundador de Oracle, Larry Ellison, y al magnate tecnológico de SoftBank, Masayoshi Son. Juntos anunciaron el Proyecto Stargate: un ambicioso compromiso de US$ 500.000 millones para desarrollar infraestructura de inteligencia artificial en Estados Unidos.

La propuesta fue extravagante, típica de un presidente con una visión maximalista y de un inversor con alto apetito por el riesgo como Son. Pero fue Altman quien quiso empujar aún más. “Lo discutimos y él dijo: ‘Más es mejor’”, cuenta Son. “Más es mejor”. Altman asegura que trabajar con Trump en temas de inteligencia artificial resultó sencillo, aunque admite que las posturas nacionalistas del gobierno no coinciden del todo con las de él ni con las de OpenAI. “Su trabajo es asegurar que Estados Unidos gane. Y considero que nuestra misión es para toda la humanidad”, afirma. 

Dicho esto, mientras OpenAI avanza y gana terreno hacia el futuro, también hay una lógica detrás de su impulso expansivo. Además de ChatGPT, Sora y el proyecto —todavía en secreto— que desarrolla Jony Ive, la compañía trabaja en un chip de inteligencia artificial propio, una app de redes sociales para competir con X e incluso analiza la posibilidad de fabricar robots humanoides para líneas de producción. En enero, OpenAI anunció un paquete de herramientas de software para organizaciones del sistema de salud y un modelo de negocio freemium con publicidad para ChatGPT. Mark Chen, director de investigación de la empresa, dijo a Forbes que el objetivo para el próximo año es crear un “investigador en prácticas”: una IA capaz de asistir al equipo en el desarrollo de nuevas ideas.

“Nos encaminamos hacia un sistema capaz de innovar por sí solo”, advierte Altman. “No creo que la mayor parte del mundo haya asimilado lo que eso significará”, admite.

Los críticos miran todo este despliegue y aseguran que Altman solo busca que OpenAI se vuelva demasiado grande para caer. Sus aliados, en cambio, rechazan esa idea. “No creo que haya un plan secreto”, dice Bret Taylor, presidente de OpenAI. “La gente simplemente está muy entusiasmada con el impacto que puede tener la inteligencia artificial en la humanidad”, subraya.

Paul Graham cree que todo se reduce a la personalidad de Altman. “Si ve una oportunidad que no se está aprovechando, le resulta muy difícil dejarla pasar”, dice, y agrega que su exaprendiz tiene una debilidad especial por las cosas subestimadas. “Apuesto a que le cuesta resistirse a comprar propiedades comerciales en San Francisco”, sostiene.

“Creo que el término ‘frenemies’ es una buena manera de caracterizar [la relación]”, dice Altman, con una mezcla de ironía y resignación.

Satya Nadella, director ejecutivo de Microsoft

Altman tiene participación en más de 400 empresas, algo que para muchos refleja cierta falta de foco. Algunos empleados de OpenAI contaron a Forbes que temen que la empresa esté intentando hacer demasiado y demasiado rápido. Les preocupa que no logre sostener el liderazgo en la carrera por los modelos más avanzados, sobre todo después del lanzamiento de GPT-5, que fue ampliamente considerado como decepcionante.

Además, varios quedaron sorprendidos cuando Apple eligió los modelos de inteligencia artificial de Google para potenciar la nueva versión de Siri. OpenAI, que ya colaboraba con Apple en su sistema Apple Intelligence, parecía tener ese acuerdo asegurado. “Sí, no fue gran cosa”, dijo un ingeniero. “Muchos pensábamos que era un hecho consumado”, aseguró.

Altman, por su parte, insiste en que está “al 110%” concentrado en OpenAI y en su objetivo principal: la inteligencia artificial general. Un concepto que, convenientemente, es difícil de definir y podría demorar entre tres y treinta años... o nunca concretarse. En un momento, suelta con naturalidad: “Básicamente, hemos construido la IA general, o casi”.

Al hablar sobre esa afirmación de Altman, Satya Nadella —CEO de Microsoft y uno de los socios más importantes de OpenAI— ofrece una dosis de realismo. “No creo que estemos ni cerca de la inteligencia artificial general”, dice con una pequeña risa. “Tenemos un buen proceso establecido. No se trata de que Sam o yo lo declaremos”, remarca. Nadella también reconoce que existe cierta “fricción” natural mientras las compañías compiten en el terreno de la inteligencia artificial. “Habrá zonas grises”, advierte, "así que creo que el término ‘amienemigos’ es una buena manera de describir la relación”.

Unos días después, Altman baja un poco el tono. “Lo dije como una declaración espiritual, no literal”, aclara. Admite que alcanzar la inteligencia artificial general requerirá “muchos avances de tamaño mediano. No creo que necesitemos uno grande”.

Altman sabe que sus motivaciones pueden resultar difíciles de descifrar. “Es difícil saber qué pasa por su cabeza”, dice Paul Graham, su mentor de toda la vida, alguien que, en teoría, debería tener al menos una idea general. La insistencia del CEO de OpenAI en escalar de manera inmediata y agresiva suele generar críticas.

Un ejemplo claro es su promesa —que acaparó titulares— de invertir US$ 1,4 billones en los próximos ocho años, sobre todo en chips de inteligencia artificial y centros de datos. Para Altman, es “obvio” que se necesitará ese nivel de recursos y potencia computacional para seguir el ritmo del crecimiento exponencial del uso de la IA. “Entonces, el resto del mundo piensa: ‘la realidad financiera’. Y no creo ser el más fuerte a la hora de mantener esas perspectivas contrapuestas en mente”, reconoce.

Su plan de sucesión para OpenAI también es llamativo: quiere que la empresa, llegado el momento, sea dirigida por un modelo de inteligencia artificial. Si el objetivo es desarrollar una IA lo suficientemente avanzada como para dirigir compañías, plantea, ¿por qué no permitirle gestionar la suya? “Nunca me opondría a eso”, dice. “Debería ser el más dispuesto a hacerlo”, complementa.

¿Y después qué?

Altman dice que no tiene ambiciones profesionales más allá de OpenAI, con una excepción: en un mundo posterior a la inteligencia artificial general, podría encontrar entusiasmo en un tipo de trabajo que todavía no existe. “Lo que realmente quería lograr, ya lo he logrado en su mayoría”, afirma. “Siento que estoy jugando por puntos extra en este momento”, cierra.

*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com

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