Sofía Bustin no tenía pensado montar una cafetería en Madrid. Tampoco que, si lo hacía, iba a funcionar así. "Era tan improbable que pasara lo que pasó que armamos todo un plan financiero muy conservador", contó en diálogo con Forbes Uruguay. El plan contemplaba un equipo de tres personas. Hoy son más de 15.
La uruguaya —hija del empresario Carlos Bustin, modelo y creadora de contenido con más de 127.000 seguidores— cofundó Casto junto a su pareja Sara Giménez, conocida en Instagram como @Sareur, con más de 700.000 seguidores.
Lo que empezó como una cafetería de 40 metros cuadrados en el barrio Chueca, a 100 metros de la Gran Vía, se convirtió en menos de un año en uno de los locales más demandados de Madrid: filas constantes, colaboraciones con marcas como Uniqlo, Vaseline, entre otras, y una expansión que hoy incluye un segundo local en apertura y un tercero en camino.
Del teléfono a la harina
El punto de partida no fue gastronómico sino digital. Bustin y Giménez venían del universo de las redes sociales, con audiencias construidas y experiencia en creación de contenido; la uruguaya, incluso, tenía su propia marca de indumentaria en Uruguay. Eso funcionó como amplificador desde el día uno, pero también trajo algo que no esperaban: una presión extra que una cafetería de barrio no tiene.
"Las redes generan expectativas muy altas que después son difíciles de cumplir", explicó Giménez. “La gente no viene solo a comer. Viene a vivir una experiencia”, agregó. Cada reseña, cada historia, cada visita cargada de expectativa previa es también una oportunidad de defraudar. En Casto lo saben y lo gestionan como parte del negocio.

El salto de creadoras a empresarias implicó además un cambio estructural más profundo. "Pasás de estar sola con tu teléfono a un mundo completamente analógico, de contacto constante con personas. Es un cambio abrupto", resumió Bustin. Pero aclara enseguida: "Muy positivo. Nos despertamos con ganas de venir todos los días, por más que haya mil dramas."
En ese proceso, el padre de Bustin funcionó como referencia. "Nunca me empujó a emprender, pero es una inspiración constante", contó. "Poder levantar el teléfono y consultar a alguien que ya recorrió ese camino te da perspectiva. A veces con dos frases te ayuda a resolver algo que para vos era un drama", dijo. Una guía más estratégica que operativa, que en los momentos de incertidumbre marcó la diferencia.
Crecer rápido, decidir sobre la marcha
Casto es también un caso de adaptación permanente. El segundo local —de casi 200 metros cuadrados, cinco veces el tamaño del original— nació con un concepto distinto al que tenían en mente. La idea original era combinar una baking school con punto de venta desde el arranque. La obra lo cambió todo.
"La obra nos comió", cuenta Bustin sin vueltas. Sin empresa constructora disponible —la demanda en Madrid no daba margen—, coordinaron todo por partes: fontanería, electricidad, carpintería, cada rubro con su propio proveedor. Más carga, más tiempos, más imprevistos. "Decidimos empezar por lo que ya sabemos hacer: vender al público. Y la escuela la desarrollamos tranquilamente después."
El aprendizaje fue directo: para el tercer local, para el que empiezan las obras en las próximas semanas, ya tienen empresa constructora desde el inicio.
Los números que no mienten
El primer Casto implicó una inversión de entre 70.000 euros y 80.000 euros, que incluía reforma y maquinaria. "Compramos la más barata que había en el mercado", reconoce Bustin. La apuesta era contenida a propósito: probar el modelo antes de ir all in.
El segundo implica una inversión significativamente mayor —prefieren no dar cifras exactas— tanto por la escala como por la infraestructura. Y hay un límite claro que el mercado inmobiliario madrileño impone: las mesas.
"Un traspaso con mesas no baja de 100.000 euros. Es inviable para nosotras en este momento", explicó Giménez. La solución es un formato de consumo rápido con barras, sin servicio de mesa, que se adapta a la dinámica local y permite sostener el crecimiento sin comprometer la rentabilidad. No es el formato ideal, aclaran, pero es el que permite seguir creciendo.
Una marca que no quiere ser lo que no es
Si hay un eje que atraviesa todo el proyecto es la autenticidad. Casto no intenta replicar modelos ni seguir las tendencias del specialty coffee más aspiracional, ese universo frío donde, según Bustin, "parece que te están haciendo un favor".
"Queríamos que gente de nuestra edad, cosmopolita, lo vea cool. Pero que la madre de alguien entre y se sienta en casa", definió. Esa tensión —accesible sin dejar de ser relevante— es una decisión de negocio tan deliberada como el diseño del local o la selección del equipo.
La cocina abierta, el contacto directo con quien elabora el producto y la puesta en escena del trabajo artesanal forman parte de esa lógica. "Queremos que se vea quién hace el producto. Darle valor a las personas, no esconderlas", sostuvo Giménez.
El equipo —hoy 15 personas, pronto más con la apertura del segundo local— también refleja esa cultura. "En el rubro siempre se quejan del equipo. Nosotras no tenemos nada para decir. Al contrario", dijo Bustin. "Si hay buen ambiente, se contagia".
A menos de dos años del inicio, Casto tiene tres locales en distintas etapas —uno operando, uno en apertura, uno en obra— y una marca que claramente superó cualquier proyección inicial. El vértigo, dicen, es real.
Pero hay una decisión consciente de no frenarse. "Si estás en la cresta de la ola, hay que aprovecharlo", consideró Bustin. "No sé si esto va a ser siempre así. Ojalá que sí. Pero mientras dure, hay que estar", concluyó.


