Mucho antes de que existiera en concepto de IP, o propiedad intelectual, hubo personajes que lo fueron y que dieron vida a adaptaciones lucrativas en diversos medios. Drácula fue uno de los más famosos de comienzos del siglo XX. El otro fue Sherlock Holmes. Más de un siglo después de que su autor, Sir Arthur Conan Doyle, quisiera matarlo para quitarse el peso de su fama, el detective sigue fresco como una de las principales IP de occidente.
Su nueva versión, estrenada hace poco en Prime Video con dirección y producción de Guy Ritchie, lo demuestra. El joven Sherlock muestra, a su modo, que el personaje es inagotable. ¿Vale la pena, entonces, ver sus ocho capítulos?
Con los elementos necesarios para el folletín
Lo vale, por eso aparece en esta sección. El Sherlock de esta versión es un estudiante de Oxford de 19 años bastante distinto a la versión adulta de los cuentos de Conan Doyle y de muchas versiones del cine y Tv.
Es algo tosco, desordenado e impulsivo y, de hecho, los puristas podrán decir que no hay nada en él que anticipe el superdetective en el que se convertirá.
La historia se dispara, como en toda intriga policial, con un asesinato. La muerte de un profesor hace que Holmes se involucre en la investigación, más bien movido por motivos personales. En ese camino, entabla amistad con un compañero llamado James Moriarty, con quien emprende la aventura. Aparecen también el célebre hermano de Holmes y el inspector de Scotland Yard, el inspector Lestrade.

A partir de ahí se suman personajes creados originalmente para esta serie. Está el padre de Sherlock, interpretado por Joseph Fiennes, la madre, encarnada por Natasha McElhone, y la hermana. También están involucrados una princesa china, un misterioso agente turco y una red de figuras que esconden un plan con varias capas.
La historia tiene muchos ingredientes divertidos de las clásicas novelas en episodios (que, en definitiva, son el antecedente letrado de las series). Hay personajes con identidades dobles que son maestros del disfraz, malos de una sola pieza, personajes sospechosos que ocultan secretos, pasadizos tras las paredes, puertas escondidas en bibliotecas, muertes casi inexplicables y, por supuesto, un gran complot de fondo.
Sin embargo, del Sherlock Holmes tradicional, por decirle de algún modo, no tiene nada.
Un director exitoso y un canon que no importa
El Holmes original, el de las historias escritas por Conan Doyle, es fascinante y raro, pero poco creíble para el cine o el streaming actual. Es un personaje que dedica mucho a observar, a pensar en un sillón y a emitir deducciones que lindan con la adivinación y que la policía toma como sagradas.
El director Guy Ritchie ya había hecho suyo al personaje del detective, con un tratamiento que lo mostraba como un pendenciero héroe de acción y no tanto como un sesudo y elegante detective con mente prodigiosa.
Conocido por sus ágiles y divertidas películas de malandros y mafiosos británicos como Snatch y RocknRolla (además de otras historias de aventuras como Rey Arturo y Aladino), Guy Ritchie parecía tener la fórmula del éxito. Además, para hacer del detective contaba con Robert Downey Jr. en su pico de popularidad gracias a Marvel.
A pesar del éxito comercial que tuvieron esas dos películas de Sherlock, ni Guy Ritchie ni Robert Downey Jr. lo continuaron. El director pudo retomarlo para el streaming con otro enfoque distinto, más aventura y menos acción de explosiones.

Para hacer esta serie se tomó como base una saga de novelas llamadas también El joven Sherlock Holmes. En ellas, el escritor británico Andrew Lane creaba misterios y aventuras con una versión del detective de catorce años, explorando todo lo que las historias de Conan Doyle no contaban.
De todos modos, lo que se ve en Prime toma esa referencia y crea su propia trama. El primer cambio sustantivo sobre la tradición del personaje (es decir, la que incluye películas, radioseries, historietas, una película de 1986 llamada igual que esta serie y hasta juegos de mesa) es que este Sherlock no deduce gran cosa y quien en muchos momentos lo aventaja es su compañero, James Moriarty.
Ahí aparece el otro cambio, porque Moriarty es el enemigo de Holmes por antonomasia. Lo que sucede aquí es el equivalente a hacer una serie con un joven Batman en la que su aliado sea un joven Guasón.
Es cierto que a esta altura a nadie le importa el canon de lo que escribió Conan Doyle hace más de un siglo, en cuyas historias queda claro que Holmes y Moriarty no se conocían de antes y no se hace referencia a una hermana ni a sus padres. Por eso mismo hubo dos películas (también basadas en novelas) llamadas Enola Holmes, con otra hermana que no aparece en las novelas originales.
Tal como Batman o James Bond, el personaje es una IP que tiene la virtud y, por lo tanto, el poder de ser siempre atractivo más allá de las versiones. Puede ser Benedict Cumberbatch en otra serie, o Robert Downey Jr. o Basil Rathbone, el clásico del cine blanco y negro. Al final de cuentas lo que interesa es el misterio y la intriga, las vueltas de tuerca y la evolución de los personajes. En el octavo capítulo el misterio se soluciona y todos se van a casa, pero quedan unas cuantas puertas abiertas para la segunda temporada.


